Marcelo Morán: Un periódico de ayer

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No todas las veces es una pérdida de tiempo leer un periódico de ayer, sobre todo cuando su edición se remonta a casi dos décadas. Siempre hay  una curiosidad aleteando que traslada expedito a los feudos de aquel tiempo como si se descubriera por vez primera.

Mi hermano Carlos, buscando espacio para darle un nuevo ambiente a su taller de radios, removió trastos y cajas  con restos de transistores, cables y cornetas desvencijadas. Aspiraba comenzar el 2016 libre de cachivaches y dejar solo lo necesario. Entre  esos pocos objetos elegidos destacaba un ejemplar del diario Panorama.  Estaba intacto y conservaba el mismo pliegue o doblez de cuando fue vendido el viernes 24 de enero de 2003. Tenía dos cuerpos de 12 páginas. Carlos lo sacó de una carpeta manila, también muy bien conservada y me la entregó:

—Ahí tenéis, pá que leáis.  Acordate que en este monte no hay Internet.

Se refería a su pequeña granja en Las Parcelas de Mara donde es muy precaria la señal para teléfonos celulares y donde solo sirven para mirar la hora.

Carlos vive en un bohío con techumbre de zinc y completado de manera irregular con palmas. Lo acompaña un enorme gato amarillo llamado Miso. El bohío se halla rodeado por un frondoso níspero, una mata de tapara y una  acogedora ceiba. Un poco más allá, hay un tupido cotoperí cuyas ramas rozan casi el suelo y se vuelve en el mejor sitio para colgar un chinchorro guajiro y comenzar una buena lectura.

Antes de ojear el periódico le di unas palmadas por los bordes como precaución, pues es común encontrar en este tipo de material añejado un alacrán adormecido.

El diario abría con un título a dos columnas a la izquierda: “Debaten hoy las dos propuesta de Carter”, mientras las cuatros columnas restantes a la derecha, la conformaba una foto con la siguiente leyenda:

“Multitudinaria concentración en apoyo al presidente Chávez en Caracas.”

En el extremo izquierdo inferior había un recuadro con otra nota que pese a trascurrir trece años de su publicación no ha dejado de ser noticia: “792 nuevos despidos en PDVSA  Occidente”. Esa notificación tenía llamado en la página 11 del cuerpo A. Era una de las tantas que se publicaron en la prensa nacional para  humillar con un despido sin precedentes a 23 mil trabajadores que se aglutinarían después en la figura de “Gente del petróleo”.

Luego de comentarle la información a mi hermano,  enseguida recordó la razón por la que había guardado  el ejemplar de esa fecha: “En esa lista de 792 botaos de PDVSA, también estáis vos, ¿no te acordáis?, me dijo.

Y era así. Sin embargo, mi mente se encausó por otro camino. Aquel formato tipo estándar me hizo  transportar a treinta años atrás, cuando laboraba al lado de Elías Troconis  en el hoy desaparecido Diario Crítica de Maracaibo. Elías Troconis era un hombre taciturno y  pequeño de estatura. Era miope y para ello usaba lentes de portentoso grosor que aumentaban de manera grotesca sus ojos de hormiga.

 Había comenzado como diagramador en 1967 cuando el periódico salió por primera vez a la calle. Luego pasó como diseñador y montador de arte  hasta que el periódico dejó de circular en 1990. Elías había acumulado tanta práctica en su rutina que no necesitaba contar las líneas de un texto para insertarlo con la precisión de un relojero en las columnas reservadas en la maqueta. Hojeaba el texto original y anotaba las unidades: picas y puntos en que debía de ser levantado por las transcriptoras.

En los diez años que trabajé en el Diario Crítica recorrí a la inversa los pasos de mi mentor Elías Troconis. Comencé montando arte, páginas y terminé como diagramador y dibujante de la tira cómica “El padre Licker”. En ese tiempo el diseño de una página de periódico era un trabajo artesanal muy laborioso y muy cercano a la carpintería. Cometiendo errores de cálculo en el montaje de arte aprendí a diagramar y fui absorbido por el departamento de redacción. Ya no tendría que lidiar con engorrosos avisos sino con las notas que levantaban los esforzados periodistas en máquinas de escribir convencionales, de rodillos, marcas Olivetti o en algunos casos Rémington. Era una obligación contar cada línea de la nota escrita  y apoyarse siempre en el tipómetro: la regla que usaba unidades llamadas “picas” y «puntos» para contar tipos o caracteres. Una vez obtenido los valores, el diagramador sabía el espacio que iba a cubrir el texto dentro de una columna o las columnas requeridas para la información. No solo eso, también debía considerar si la nota debía estar acompañada de una foto. En ese caso, se trazaba una línea diagonal detrás de esta con una regla y se determinaba el tamaño que debía llevar en centímetros, según el requerimiento. Este modo era igual para las siguientes notas que debían llenar  página.

 Si una foto rebasaba el tamaño de las columnas no podía reducirse con tijeras porque se eliminaría parte de la imagen. El montador llevaba la foto para el departamento de fotocomposición y el operador de turno la reducía por cámara a través de un papel llamado copy proof, y asunto resuelto: se montaba al lado de su nota.

 Las cuartillas periodísticas eran resaltadas con sugerencias o suerte de instrucciones para que un equipo de transcriptoras procediera a levantarlos y de allí enviados  a una fotocomponedora de textos que se encargaba de reproducirlos en largos chorizos de papel fotográfico. Después, era pasado a manos de un montador de páginas que se encargaba de distribuirlo en una maqueta de 8 columnas (formato estándar) siguiendo el pre diseño presentado por el diagramador.  En este caso, recuerdo a Diana Guevara; una espigada periodista que dirigía el departamento con el mismo rigor con que diagramaba una página.

 Allí empezaba el verdadero trabajo de carpintería que el hábil artista debía desglosar con pegamento, tijeras y paciencia sobre una mesa de dibujo, trasparente  e iluminada para no obviar ni un detalle de la página que se aprestaba a montar siguiendo la rigurosa instrucción de Guevara. De allí pasaba al departamento de fotolito para hacer el negativo que se iba a quemar sobre una plancha y debía ser ensamblada luego en cilindros, ya salpicados con tintas de diferentes colores para que el papel impulsado desde una bobina hiciera el recorrido como una montaña rusa sobre la rotativa hasta reproducir la edición del día con bastante fidelidad.

Así se imprimía un periódico todavía en 1986.

A finales de 1989 el también extinto Diario La Columna de Maracaibo estrenó la plataforma digital con los computadores Macintosh  de Apple que acababan de salir al mercado de manos de Steve Jobs. Y así comenzaba una nueva era en la edición de periódicos en Venezuela.

En 1990 empecé a laborar en el diario El Regional del Zulia en la Costa Oriental del Lago quien había nacido en pleno auge de esta tecnología que cambió por completo aquella romántica y artesanal manera de hacer periódicos. Al principio me costaba creer cómo una computadora Mac, por medio de tres aplicaciones llamadas Page Maker, Quark Xpress y Photochop podían simplificar en escasos minutos el montaje de una página que le llevaba al recordado Elías Troconis y a los montadores de páginas largas y tediosas horas de trabajo. Y así, a lo largo de cuatro años lo fui descubriendo y hacer de ellos una nueva herramienta de trabajo.

A pesar de las bondades de estos recursos que avanzan a pasos vertiginosos en el campo de la comunicación, pienso que aún falta tiempo para que los periódicos impresos desaparezcan. Aunque en Venezuela ya la mayoría ha corrido con esa suerte, no porque los lectores se hayan erigido como los pioneros de esta modalidad en el mundo sino por dificultades económicas y presiones del gobierno de Maduro para anular aquellos que mantienen una línea dura o crítica contra su régimen. Para ese fin creó en 2013, mediante Decreto Presidencial No. 104, el Complejo Editorial Alfredo Maneiro “Considerando la importancia de difundir información sobre la gestión gubernamental para generar una nueva conciencia ciudadana, como un pilar en la construcción del hombre nuevo”. Desde entonces  tiene el monopolio de la venta del papel periódico en el país.

Al margen de eso, es muy difícil quitarle la comodidad a una persona que acostumbra instalarse en un chinchorro guajiro bajo las sombras de un cotoperí, para leer con deleite un diario, así se trate como dice la canción de Héctor Lavoe de “Un periódico de ayer”.

@marcelomoran