Luis Ugalde: La hora de José Gregorio

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Los tiempos de Dios son misteriosos, a veces se detienen y otras se aceleran. Ahora llega apresurada la hora de la proclamación de la santidad de José Gregorio. Hubo tiempos en que parecía definitivamente estancada. En el mundo católico los santos son ejemplos de vida y protectores especiales de determinados oficios y sectores. La beatificación del santo de Isnotú llega cuando más necesitamos su ejemplo y protección para los enfermos del país y para nuestro país gravemente enfermo. Su próxima beatificación coincide con el pico más alto de las cifras oficiales del covid-19 y con la expansión alarmante (muy superior a las cifras oficiales) de contagios y muertes que hacen estragos en la población indefensa y se lleva la vida de cientos de sanitaristas heroicos y desprotegidos.

El médico de los pobres. Ya en vida José Gregorio sirvió voluntariamente también a los pobres que no podían pagar por su salud. La gratitud de estos se apoderó de él antes de que la Iglesia lo proclamara. Todo buen médico y sanitarista tiene el don de asumir como suyas las zozobras de salud de cada enfermo. José Gregorio aprendió de Jesús a hacer presente el amor de Dios en la curación del enfermo y sabía también que si el médico no es estudioso y profesional competente, se vuelve un matasanos irresponsable. Por eso lo vemos haciendo estudios de postgrado en el extranjero, como docente e investigador universitario, y miembro fundador de la Academia Nacional de Medicina. Todo necesario para llevar la salud a la gente con los conocimientos animados con la Sabiduría del corazón. Ahora el país está en descomposición y todo se ha vuelto pobreza, desde los sistemas sanitario y educativo hasta las pobres oportunidades de trabajo, pobrísimos salarios y lamentables servicios públicos vitales. Incluso la riqueza petrolera ha sido convertida por el régimen en indigencia y ruina. El primer enfermo y pobre es la propia universidad pública despojada de su autonomía y del presupuesto mínimo necesario. Cerrar la universidad es condenar un gran laboratorio de esperanza y futuro. Este régimen ha fracasado a la vista del mundo entero, pero lamentablemente lejos de corregirse se aferra al poder blandiendo la mentira y el fusil.

En esta realidad José Gregorio nos enseña dos virtudes que fueron sobresalientes en él: el amor al prójimo y solidaridad con el necesitado y el desarrollo del talento para el óptimo desempeño profesional. Él no tenía otra riqueza -como no la tiene hoy Venezuela– más que su talento y el deseo de servir. Es santo porque supo cultivar esas dos virtudes que Dios le dio. Es el ejemplo que Venezuela entera necesita seguir.

Política y vacunación. El primer milagro que necesitamos es la entrada de 30 millones de dosis de vacunas mundialmente reconocidas. Es un escándalo increíble que por barreras politiqueras se le mienta al país y no lleguen las vacunas, o que las pocas recibidas se apliquen con discriminación partidista. No menos inconcebible sería que la mayoría pobre quedara excluida por no poder pagarla. Contra esto el país clama: que gobierno y oposición, Fedecámaras y empresas, iglesias y universidades, sanitaristas y ciudadanos todos, superando barreras se unan para la entrada de las vacunas necesarias con el mecanismo Covax. Buscarlas en el mundo, juntar recursos para financiarlas y conseguir la cadena de frío necesaria hasta el rincón más apartado, y aplicarlas con un plan nacional eficiente, transparente y equitativo con criterios de prioridad. ¡Frente a eso se anuncia la burla de producir la cubana Abdala, que no es vacuna reconocida!


Me dirán que este acuerdo nacional necesario es un milagro. Ciertamente lo es y pedimos con José Gregorio la conversión de quienes tienen el poder de abrir o cerrar esta puerta a la vida. La Conferencia Episcopal se ha manifestado de manera rápida, clara y valiente exigiendo una política seria, urgente y unitaria (8-4-21). En el Pregón que anuncia la beatificación (11-4-21) nuestros obispos exigen en nombre de Dios a las autoridades y dirigentes diversos que superen todas las barreras y atiendan “la urgencia de la vacunación masiva, de manera equitativa, transparente, despolitizada y eficiente. No ponerse de acuerdo o negarla es un acto criminal que clama al cielo”.

Venezuela entera levántate y camina. Ni José Gregorio, ni la Iglesia tienen oro y plata. Venezuela tampoco. Pero la Iglesia en estos días nos pone el ejemplo de S. Pedro al encontrarse con un mendigo paralítico a la entrada del templo de Jerusalén: “No tengo plata ni oro pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, levántate y camina. Y tomándolo de la mano derecha lo levantó”. El paralítico “se levantó de un salto y comenzó a caminar” (Hechos 3,6-8). Es el milagro de José Gregorio, que hoy más que nunca necesitamos e imploramos para superar esta parálisis que nos mata.