Es muy probable que en pocas semanas el mundo sea testigo de la intervención de Estados Unidos en Venezuela para derribar el régimen de Nicolás Maduro. Durante los últimos meses de 2025, la administración del presidente Donald Trump ha hecho alarde de sus ataques a narcolanchas en el Caribe para mandar un mensaje a Maduro y sus aliados: Estados Unidos va en serio. En 2019, Washington ya se planteó la intervención militar en Venezuela para apoyar al presidente encargado Juan Guaidó. El fracaso de Guaidó a la hora de reunir apoyo de los militares leales a Maduro desalentó al presidente norteamericano entonces. Pero esta vez parece que Trump está dispuesto a reafirmar la primacía de los Estados Unidos en el hemisferio occidental acabando de una vez por todas con un régimen títere de China y Rusia y que actúa como un cártel de droga estatal.
Que la dictadura de Maduro es de una brutalidad descarnada sólo lo niegan a estas alturas sus homónimos sátrapas en Latinoamérica (Díaz-Canel en Cuba, Petro en Colombia y Ortega en Nicaragua) y sus apologetas José Luis Rodríguez Zapatero y Juan Carlos Monedero en España. (Merece la pena recordar el gesto perverso de Monedero al impartir una conferencia sobre derechos humanos en la Helicoidal de Caracas, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia, en cuyas mazamorras se tortura y asesina a presos políticos). Sin embargo, la invasión con la que Trump pretende poner fin al deleznable Maduro empujaría a Estados Unidos a una posición de abierta rebeldía contra el derecho internacional y el orden mundial basado en reglas.
La soberanía de un país no puede violentarse aun cuando sea para librar a dicho país de la tiranía. Esta máxima de las relaciones internacionales tiene sus orígenes no en nuestro orden mundial actual sino en el del siglo XIX. Ya en su doctrina de no-intervención de 1820, lord Castlereagh, secretario de asuntos exteriores británico, artífice del orden del Congreso de Viena, advertía en contra de este movimiento atendiendo a dos elementos principales. El primero, el peligro del precedente. ¿Por qué intervenir contra la tiranía en, pongamos Venezuela, y no en otro país igualmente castigado por la dictadura? El segundo, el llamado «problema del día después»: ¿qué sucede cuando el tirano ha caído? ¿tienen las tropas que lo derrocaron obligación de organizar un gobierno legítimo? ¿cómo hacerlo si ellas mismas son invasoras? ¿y si son percibidas como tales por la población, en vez de como libertadoras? Ignorar las consigas de Castlereagh ya llevó a Estados Unidos a una de las intervenciones más desastrosas de su historia en Irak, en 2003, contra el régimen brutal de Saddam Hussein.
Las consecuencias de una invasión de Venezuela pueden ser igualmente drásticas. Analicemos los posibles escenarios dentro de Venezuela, primero.
Maduro puede huir o morir en la invasión y que ésta se salde con una ocupación estadounidense del país para garantizar la transición a la democracia. Sería el más positivo de los finales, sin duda, pero ¿cuántos morirían para ello?, y ¿qué legitimidad tendría un gobierno venezolano, por democrático que fuera, que tomara el poder apoyado por una invasión extranjera?
Otro escenario más ominoso: Maduro se queda y planta batalla. Las fuerzas armadas venezolanas están incuestionablemente de su lado. El dinero de la droga y la represión ayudan a que así sea. Maduro es además un títere de potencias poderosas: Rusia, China y Cuba no dejarán que un país tan importante en la geopolítica mundial como Venezuela (el país con más crudo del planeta) caiga del lado de Estados Unidos. Venezuela se asomaría en ese escenario a una guerra de invasión, quizá también a una guerra civil que comportaría miles de muertos, devastación económica y una ola de refugiados mayor de la que hasta ahora ha producido el chavismo (7 millones de diáspora). ¿A qué clase de conflicto se enfrentaría Washington y durante cuánto tiempo en el Caribe?
Y, en el plano internacional, pensemos ¿cómo respondería Rusia a la caída de su peón caribeño? Las maniobras de drones rusos sobre espacio aéreo de Dinamarca y Polonia en septiembre y octubre, que tanto alarmaron a la OTAN, coincidieron con los primeros ataques estadounidenses sobre narcolanchas. Fueron un aviso de Putin a Trump: si amenazas a mi aliado, amenazo a los tuyos. Claro que, si las conversaciones entre rusos y americanos sobre Ucrania concluyen con la cesión de territorio y el aval estadounidense a que Rusia erija su esfera de influencia en Europa oriental, seguramente Trump a cambio obtenga vía libre contra Maduro en el Caribe.
Aquí radica el último problema derivado de la invasión: el fin del orden liberal basado en reglas. Si Estados Unidos invade ilegalmente Venezuela, saltándose el derecho internacional, habrá legitimado las acciones de Rusia en Ucrania, las de Israel en Gaza y las probables acciones futuras de China sobre Taiwán. El precedente será inquebrantable. Quedará de facto instaurado un orden internacional basado en la fuerza y constituido un mundo de esferas de influencia en el que las grandes potencias ejercen su dominio sobre las pequeñas.
@alfonsogoizueta




































