Editorial El Nacional: Washington-Venezuela: ¿y ahora qué? (3)

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Joe Biden y su equipo enfrentan un panorama internacional desafiante. Si bien Venezuela y su destino son importantes para Washington, existen prioridades de mayor envergadura. Sin embargo, las cosas podrían complicarse de manera acelerada, y América Latina convertirse en un foco de tensiones de una gravedad que aún nos es difícil imaginar a plenitud. La ofensiva de la izquierda radical, impulsada desde La Habana y Caracas con apoyo de actores externos al hemisferio, pronto desatará todas sus ambiciones sobre otros objetivos, que incluyen Colombia, Brasil y Chile. En tiempos de la Guerra Fría, Washington reaccionaba con una celeridad y contundencia que ya no operan en las vigentes circunstancias, y sería iluso esperar un retorno a ese pasado. Pero los fantasmas del pasado a veces deambulan como si nada hubiese cambiado, y ello se aplica de manera particular a la izquierda latinoamericana y sus socios internacionales, empeñados aún en la lucha global contra el “imperio”.

¿Qué harán Biden y su equipo frente al reto venezolano? Como apuntamos en una previa nota editorial, los pronunciamientos de algunos representantes del nuevo gobierno han apuntado hacia una continuidad esencial, con algunos ajustes, de las políticas de Trump. No obstante, tres serios peligros acechan a los decisores que se reestrenan en Washington. El primero se deriva del deseo de hacer algo distinto y novedoso a toda costa, y diferenciarse claramente de lo que hicieron Trump, Pompeo y Abrams, perdiendo de vista lo mucho que se ha movido el terreno desde los tiempos de Obama. El segundo peligro consiste en ceder a las presiones de los sectores radicales del Partido Demócrata, cuya actitud hacia Cuba y la izquierda internacional en general es blanda y condescendiente. El tercero es confundir negociaciones con apaciguamiento, desdeñando la necesidad de que todo gesto y acuerdo diplomático sea acompañado de severo castigo en caso de incumplimiento.

Lo que tal vez Biden y su equipo no han asimilado aún con relación al caso venezolano, abrumados como están ante los numerosos asuntos que deben ahora lidiar alrededor del mundo, es que quizás muy pronto, mucho antes de lo que habrían deseado, se verán en la necesidad de redoblar las presiones sobre un régimen que se cree sólido, y que no ha desistido de su propósito de mantenerse en el poder sin límite de tiempo. Apuntalado por el asesoramiento cubano, Nicolás Maduro percibe las dudas de un enemigo que aspira a ser distinto a Trump, pero que tal vez se verá obligado a seguir con todavía mayor empeño la ruta señalada por el anterior ocupante de la Casa Blanca.

Maduro no puede estar seguro acerca de la estrategia que seguirá Washington, y por ello ya ha empezado a desplegar los diversos aspectos del libreto que La Habana escribe y el régimen venezolano ejecuta. En primer lugar, solicitar un giro a Biden en lo que toca a Venezuela, como anzuelo para abrir otra etapa de ambigüedad que siembre el desconcierto y promueva los titubeos, extendiendo así los tiempos y eludiendo compromisos concretos. En segundo lugar, el régimen ha iniciado otra ofensiva para desprestigiar a Juan Guaidó y la oposición democrática en general, mediante renovadas acusaciones de corrupción asociadas al apoyo de Washington, lo cual, obviamente, contribuye a acentuar las quejas de los sectores radicales y pro-castristas en el Partido Demócrata. En tercer lugar, Maduro y el parlamento oficialista comienzan otra vez a hacer ruido con las elecciones de gobernadores y alcaldes, excelente artimaña que no deja de surtir efecto, pues entre otras cosas agudiza los conflictos en el seno de la oposición.

¿Tiene razón Maduro al sentirse reforzado, con el país adormecido, la oposición perpleja y sus aliados internacionales envalentonados? En alguna medida la respuesta es afirmativa, pero el exceso de confianza es mala consejera. El régimen descansa sobre una coalición de radicales con fuertes lazos que les unen a Cuba, y de poderosos sectores cuyos auténticos intereses son el expolio y enriquecimiento personales. Los primeros se apegan a la consigna de “Patria o muerte”, pero los segundos son mucho más susceptibles a las ofertas de salidas que les permitan sobrevivir en otras circunstancias. Con verdaderos revolucionarios de objetivos ilimitados no es posible entenderse, pero el chavismo hace rato que desgastó la mayor parte de sus energías guevaristas. La fractura de la coalición sería el fin del régimen, y ello pareciera exigir una línea de mayores presiones, nunca de apaciguamiento. Creemos que Biden y su equipo no tardarán en percibir con claridad estas realidades, y de modo especial un hecho clave: lo que busca Maduro es el levantamiento de las sanciones a cambio de nada sustancial.