“El fascista habla constantemente de corrupción. Lo hizo en Italia en 1922, en Alemania en 1933, en Brasil en 1964. Acusa, insulta, ataca, como si fuera puro y honesto. Pero el fascista no es más que un delincuente común, un sociópata que hace carrera en al política”, escribió el filósofo italiano, Norberto Bobbio.
Este calificativo de fascista entra en los extremismos de izquierda o derecha que aprovechan el sistema democrático para materializar sus aberrantes ideologías, llevando con sus acciones a a degenerar en tiranías disfrazadas con legalidad o de respeto al ideal del pueblo.
La advertencia de Sócrates 400 años antes de Cristo responde al peligro del deterioro de la calidad de los gobernantes que por una u otra razón han logrado controlar instituciones y leyes para imponer discursos de violencia, corrupción, ineptitud y la explotación de las necesidades de los sectores menos favorecidos social y económicamente.
El timonel del barco hoy poco importa si está preparado intelectual y moralmente para conducirlo. Lo mejor para la sociedad poco importa, ahora prevalece el discurso que la mayoría quiere escuchar, que se identifique con sus intereses personales, especialmente en esta época de redes sociales.
La experiencia de la democracia colombiana refleja gobernantes que basan su discurso en su violencia histórica, el resentimiento social generado por la desigualdad y la injusticia social y las reacciones sesgadas que justifican personajes como Gustavo Petro, que tratan de destruir los valores sociales y las instituciones que aún con sus fallas, se han construido durante su vida republicana.
La contienda electoral 2026 demuestra que Petro vive, “llegó para quedarse”, en ese “caldo de cultivo violento”. Fue incapaz de construir un discurso distinto que detenga el legado resentido de la historia de Colombia. No son novedosas sus estrategias, en Latinoamérica es un tendencia que la izquierda ha marcado en las últimas décadas cuando logró tomar varias presidencias sin interés de perderlas.
Esa oportunidad histórica no fue aprovechada porque sus líderes no marcaron diferencias con sus oponentes, contrariamente se han caracterizado por degenerar en autocracias, ser más corruptos, ahondar las desigualdades, violar las normas legales e institucionales, incrementar la burocracia con fines electorales y crear una falsa narrativa de reducción de los índices de pobreza.
Cuando el mito de la izquierda latinoamericana, el uruguayo José “Pepe” Mujica, declaró que Petro encarnaba el futuro liderazgo continental dejó claro su rol justificador de los desmanes de Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. El rol de baluarte moral dejó dudas con sus acciones y declaraciones cómplices, un legado que deja mal parado a los dirigentes de esa tendencia ideológica.
Llama la atención que los desmanes violentos de la izquierda mundial pocas veces terminan en condena de los culpables. En el caso particular de Colombia, Petro es un guerrillero disfrazado de demócrata, por cuento sus mediocres gestiones como Alcalde de Bogotá y ahora como Presidente se han caracterizado por su ineptitud, actos criminales y corrupción, sus abundantes hechos no han sido penalizados y, por el contrario, ha sido recompensado con más poder. Nunca trabajo y su fortuna la amasó con cargos burocráticos que se extienden a lo largo de su vida.
Su presidencia iniciada en 2022 se ha caracterizada por la corrupción y una impunidad dada por la penetración de la instituciones llamadas a investigar y condenar. Un control que se inició en el sistema educativo que afianzó la narrativa del resentimiento y la venganza desde la primaria hasta las universidades, cuyos egresados ahora son jueces, fiscales y profesionales que ocupan cargos públicos y privados.
La campaña hacia la presidencia se basó en el intento violento de derrocar al entonces presidente, Iván Duque (2018-2022), con un levantamiento que ahora las investigaciones señalan fueron lideradas por guerrilleros, sindicatos como el de docentes y el petrolero que luego financiaron su proyecto. grupos paramilitares conocidos como “la primera línea” que actualmente reciben pagos de su gobierno.
Petro desarrolló una gestión dirigida a minar la institucionalidad y las leyes. Impulsó a sus colegas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y a los organizaciones criminales relacionadas con el narcotráfico. Permitió y estimuló la proliferación de cultivos, laboratorios de procesamiento de cocaína y los vínculos con los carteles internacionales, especialmente con los que operan en Venezuela y México.
Con su estrategia de corrupción utilizando los recursos públicos ha logrado construir una red de contratistas, con organizaciones sociales y políticas a las que ha financiado con miles de millones de pesos que se han manejado discrecionalmente. Esta modalidad corrupta le permitió afianzar a su candidato, Iván Cepeda, el brazo político de las FARC, lo que lo mantuvo en el primer lugar de las encuestas en la primera vuelta realizada el pasado 31 de mayo de 2026, pero que sorpresivamente ganó el opositor, Abelardo de la Espriella.
En su gestión impuso su discurso de romper con los valores que tradicionalmente caracterizan a la democracia colombiana, por eso hizo actos aberrantes que desdibujaron cualquier límite legal a sus andanzas y sus falsedades. Ahora está recogiendo su cosecha al haber neutralizado a la fuerza pública en las zonas en donde operaban los grupos guerrilleros y las organizaciones vinculadas al narcotráfico, logrando que en esos departamentos ubicados en del sur y el occidente de Colombia ganara Cepeda – en varias mesas- con el 100%, algo absurdo.
Sin embargo, con las ventajas dadas por el control de los recursos públicos, Petro y sus camaradas han agudizado la violación de las normas legales que limitan la participación política de los funcionarios, incluyendo al presidente, la presión e intimidación contra el votante que depende de alguna dádiva oficial para que apoye a Cepeda, han aumentado las amenazas contra la población en departamentos como el Caquetá controlado por la guerrilla en el que ganó De la Espriella y en sus desencajadas declaraciones ha dicho que se niega a reconocer resultados que afecten su proceso.
Petro siempre ha vivido de la violencia, desde su época de guerrillero en el M-19, agudizó sus acciones en 2019 contra el entonces presidente, Iván Duque; durante su gestión facilitó un mal llamdo “proceso de paz” que le permitió a la guerrilla controlar grandes extensiones del territorio nacional y estimuló el crecimiento de los cultivos de coca; en los últimos meses se incrementó la escalada de atentados y asesinatos en departamentos como el Cauca, Valle del Cauca, Nariño, Arauca; en grandes ciudades como Barranquilla, Medellín, Cali y Bogotá, en los últimos meses, aumentaron los actos delictivos y las protestas de sus adeptos. Estos hechos evidencian la precariedad de la democracia colombiana y los peligros que enfrenta.
@hdelgado10




































