Ender Arenas: Y ahora qué?

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“Ahora solo ustedes tienen el poder para que podamos ser libres todos”, Oscar Pérez

Tengo presente que los hechos registrados en este comienzo de año en Venezuela han adquirido tal velocidad que hace difícil poder analizarlos sin que dichos análisis no envejezcan prematuramente. Bueno, es verdad que los hechos no envejecen casi nunca y estos que han ocurrido en Venezuela no lo harán por un largo tiempo, aunque si lo han hecho los comentarios que ellos han suscitado.

 Así que, con el riesgo de que mis comentarios ya hayan envejecido, escribo esta nota bajo el impacto de la madrugada del 3 de enero cuando un comando de militares norteamericanos capturó a Nicolás Maduro y a Cilia Flores. En ese momento, llegué a pensar que ese evento nos devolvería nuestra condición de sujetos políticos (ya saben a qué me refiero: sujetos autónomos capaces de escribir su propia historia y de forjar su destino y no meros objetos devenidos en espectadores) pero, al mediodía, una vez que escuché a Trump y he seguido escuchándolo, esa sensación se había evaporado para convertirnos de pronto en “el problema a resolver”.

La solución a ese problema, en la que se nos ve a los venezolanos como incapaces de dirigir la transición que nadie niega que es y será realmente difícil y facciosa, es la imposición de una transición abiertamente tutelada. La idea que se ha manejado desde la administración Trump, apoyada por casi todos los actores significativos del país, es que es necesario evitar escenarios de caos y desestabilización.

No voy a hacer retrotopía, pero los venezolanos hemos manejados situaciones de crisis y catástrofes sociales y políticas de manera eficiente dándole salida óptima a dichas crisis, por ejemplo: la transición postgomecista, encabezada por López Contreras o la transición postperijemenista, encabezada por Betancourt, procesos en la que los venezolanos hicimos un manejo eficiente de la situación política que se abría entonces.

Pero esta vez no, se les niega a los venezolanos ser actores principales de la transición y la recuperación de la democracia, y desde el poder, ostentado ahora por Trump y su gobierno, se considera que pudiéramos replicar las situaciones caóticas de Irak, Libia o Afganistán y para evitarlo se impone la situación de “cambios sin cambios”.

Realismo político, pragmatismo, se ha llamado a la posición que ha esgrimido el dúo Trump- Rubio quienes son los que realmente tienen el poder en Venezuela, pues han impuesto su propio horizonte temporal al proceso que emergió con la captura de Maduro. El argumento trumpista (incluyo a Rubio, por supuesto) parece blindado teóricamente: En sociedades convulsas “por la vertiginosa secuencia de los acontecimientos” es necesario desarrollar un orden durable. “Estructurar el tiempo para que no se diluya en una serie de instantes sin rumbo”. De esta idea surge la temporalidad que la administración Trump ha planteado en tres fases: primera fase, la estabilización y control del petróleo (es indudable que “a Trump, le interesa más el posesivo que el sustantivo”), segunda fase, la recuperación económica y la tercera fase, la transición supervisada. Es un axioma que el que detenta el poder, es aquel que impone los plazos al otro.

Bajo este paradigma la mayoría de los analistas, estudiosos y medios de expresión han convenido que la administración Trump ha elegido correctamente la dinámica actual apoyándose en el proceso resultante del descabezamiento de Maduro en la misma maquinaria autoritaria que, justamente, encabezaba Nicolás Maduro.

De esta manera, el resultado ha sido un proceso tutelado que ha dado lugar a un protectorado de los EEUU que no ha ocultado, que más que democracia le interesan otras cosas.

Los antiguos antiimperialistas lo han asumido y más allá del discurso contestario de los hermanos Rodríguez y aun, todavía, el de Diosdado Cabello y Padrino López es incontestable que quien ejerce el poder real es el que pone las condiciones y las impone desde afuera, y que ahora empieza a estar dentro del país, mediante la apertura de su embajada.

¿Cuál es el problema con esta salida desarrollada por los norteamericanos, dueños ahora del país y con pretensiones de controlar el continente?

Estimo que Boris Muñoz, adelanta una respuesta, en su nota de esta semana publicada en “El País: “Tutela o transición?: La prueba de fuego para la oposición”: “… lo que se presentó como una liberación se ha ido pareciendo cada vez más a un proyecto de tutela prolongada, con profundas implicaciones para la soberanía, la transición democrática y el papel de los venezolanos en la reconstrucción de su propio país”.

En el manejo de esta situación bajo esos parámetros de la realpolitik se está soslayando una cuestión fundamental: “el realismo político es una cuestión de tiempo”. Para evitar que se me salga “lo sociológico”, asumo el concejo que siempre me dio mi madre: “trata de escribir como si hablaras conmigo” explicaré esta cuestión a través de una anécdota de la que fui testigo en el barrio donde viví parte de mi infancia: Se trató de una pareja de muchachos muy jóvenes que plantean a sus respectivas familias que se quieren casar. El papá de la muchacha le dice, porque no esperan a que el gobierno nos de la casita que nos ofreció. ¿Para cuándo? Le pregunta el joven pretendiente. Cuando el proyecto esté listo, más o menos dentro de tres años. No nos sirve -le dice el joven- dentro de tres años el asunto por el que nos queremos casar ahora, dentro de tres años estará en la guardería.

Cambiando, obviamente, lo que hay que cambiar, ese es el problema que emerge hoy en la actual situación venezolana, esto es la contradicción entre las “urgencias” que tiene la gente, después de los padecimientos y sufrimientos que el régimen le ha infringido, por lo menos en los últimos 20 años, se plantea para cambiar la situación opresiva vivida (esto está reflejado Esto, está en una encuesta citada por The Economist en la que una mayoría expresó que desea una transición rápida) y “los plazos objetivos” que Trump y Rubio han impuesto. Son narrativas contradictorias, el trumpismo, el norteamericano y el trumpismo venezolano pretenden sincronizar estas temporalidades contradictorias (las “urgencias subjetivas de la gente vs “los plazos objetivos” de Trump y compañía) que es uno de los aspectos más decisivos en la construcción del orden político que ha surgido post Maduro.  

Esa es la contradicción de la que la oposición que lidera MCM debe hacerse cargo para evitar la normalización de una transición que se prolongue bajo el dominio de la misma maquinaria de la dictadura madurista, también por aquello, me da mucha vergüenza decirlo: la simpatía por el liderazgo y la lealtad hacia el líder es algo que no se guarda en salmuera.

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Ahora estoy viendo en las noticias al pueblo iraní en las calles. Está siendo masacrado por el régimen teocrático, más de 2000 muertos o muchos más (hay rumores que la cifra se eleva a 12000). Pero, la gente sigue allí. La calle ya no es una metáfora, es una realidad llena de sangre. Los iraníes, aun así siguen peleando, empezó con los comerciantes, que siempre habían sido aliados de los ayatolas, pero ahora están los estudiantes, las mujeres, que de largo es el actor más sufrido en dicho régimen. Las calles son ríos de protestantes, como en el pasado recientes lo fueron los egipcios que se apostaron masivamente en la Plaza de la Revolución y los tunecinos, también masivamente, que se llevaron por delante a la dictadura.

¿Y los venezolanos? No voy a decir que nos inmolemos irracionalmente en las calles enfrentando a los colectivos armados y los cuerpos de seguridad dirigidos por Cabello y Delcy Rodríguez y a la FAN de Padrino López. No somos iraníes, ni egipcios ni tunecinos, nuestros valores y concepción de la vida y la muerte son diferentes, pero hay momentos para gritar de nuevo “vuelvan caras”. Es emocionante, de verdad, ver las celebraciones que se producen en todo el mundo acompañadas del: “Gloria al bravo pueblo” y de cientos de banderas, pero, aun así emocionado casi hasta las lágrimas, el desasosiego y la incertidumbre me han colonizado y me he preguntado, lo he hecho desde el 9 de enero de 2025, como alguien se pregunta en una nota periodística, que ya no recuerdo su autoría, si los venezolanos somos todavía el bravo pueblo con el que se inicia la canción patria: ¿Somos, tigres, somos leones? ¿somos fieras carnívoras acaso? La respuesta es: N0. Somos mansos herbívoros llenos de miedo e inmovilizados, esperando que los carnívoros nos consuman.

Sin embargo, cuando me tranquilizo, cuando soy capaz de dominar el desencanto y el desasosiego, me digo para mis adentro “que vainas las mías” y me reprocho en lo injusto que esta última reflexión plantea por las groseras generalizaciones. Y entonces le pido perdón a los cientos de jóvenes que perdieron la vida en las calles y avenidas de nuestras ciudades bajo la represión chavo-madurista del 2014 en adelante, a Oscar Pérez y a su gente y a los miles de presos políticos que todavía hoy están depositados en las mazmorras del régimen y a sus familias.

@enderarenas