La muerte es una palabra… Alejandra Pizarnik
A veces, en verdad, muchas veces uno corre el riesgo de caer mal. Por ejemplo, en estos días que corren se lee mal, se escucha mal, se ve mal que no se escriba o no se hable de “los días de Maduro están contados”, o que en las puertas del “Air Force One” el presidente Trump ha dicho que “pronto se procederá a ejercer operaciones en tierra”, sigue Trump hablando desde la puerta del avión una y otra vez, pues ese avión es su hogar: “Venezuela se ha portado mal, ha enviado miles de criminales, narcotraficantes y enfermos mentales a los EE. UU” o uno, que es el santo y seña de Kristen Noem, repetido también por Trump: “acabaremos con estos hijos de perra”. Y así, con comentarios que crean expectativas y ansiedad dando la idea de que algo va a ocurrir. Comentarios, que han sido repetidos durante más de ciento veinte días.
Y yo me digo que es imprescindible que, de esta dictadura, de toda dictadura, que vuelva a pretender instalarse en el país hay que salir. Esta, que ya tiene 26 años, ha destruido al país a diferencia de las anteriores dictaduras que hemos sufrido, que si es cierto, fueron igual de sangrientas (o menos) que ésta, han tenido el mérito, si es que así puede decirse, que en lugar destruir el país han construido Estado y nación, por ejemplo, la dictadura gomecista, construyó el sistema nacional de carreteras, el sistema nacional de hacienda y fisco, eliminó a los caudillos y creo el ejército nacional y más tarde, la no menos sangrienta de Marcos Pérez Jiménez, modernizó al país, con la creación de grandes obras de infraestructura, que contribuyeron a consolidar su mercado interno. De esta no recordamos ni tan solo la construcción de un palomar.
Los venezolanos hemos trabajado para que la salida de esta dictadura se produjera: hemos marchado, hemos protestado, pacífica y hasta violentamente, hemos puesto “miguelitos”, cerrado vías, urbanizaciones, barrios, hemos conversado, realizado un sinnúmero de mesas de diálogo, acordado una decena de acuerdos de elecciones libres y supervisadas por actores institucionales reconocidos y hemos votado y ganado, más de una vez. A todo esto, el régimen ha respondido con represión, encarcelamiento, torturas, desapariciones y el asesinato de más de trescientas personas o más y de fraude electoral continuado.
No hay duda, lo hemos hecho todo, pero, solos no hemos podido y se ha sembrado el miedo que nos ha inmovilizado. Así llegamos al escenario actual a esperar por lo que piense, diga y haga Donald Trump y su administración. Del cual siempre he hecho la advertencia de que no es amigo de la democracia y que todo indica que tiene poco aprecio por los venezolanos. Pero, bueno, como dicen “Los amigos invisibles”, ahora mismo “Eso es lo que hay”.
Hecha estas consideraciones, quiero pararme en un hecho, que los influencers, los comunicadores venezolanos seguidores de Trump le escoce referirse a ello, como, igualmente, le sacan el cuerpo a referirse al trato cruel que la administración Trump ejerce sobre todos los inmigrantes, especialmente sobre los venezolanos y terminan justificando y blanqueando las políticas fascistoides del presidente norteamericano y es que la política, como dice Manuel Jabois, un articulista español, “ya no se discute en términos de hechos” y cuando estos son reemplazados por los deseos, la necesidad y “los miedos” la realidad será siempre un detalle prescindible:el hecho al que voy a referirme es del segundo misil descargado contra la humanidad de dos sobrevivientes que agarrados de los restos de la lancha trataban de sobrevivir después del bombardeo que acabó con la embarcación y con nueve de sus compañeros.
Pongamos que los 11 ocupantes de esa lancha, salió al mar cargado de cocaína y probablemente sea cierto, pues no me los imagino cargado con bolsas de atún, como dice el fiscal del régimen. Trump, Hegseth, Rubio y otros justifican la voladura de la lancha diciendo y repitiendo hasta el cansancio que era “veneno para los ciudadanos norteamericanos y que esa acción, volar la lancha en mil pedazos por “un ataque cinético” ha salvado a 25 mil norteamericanos”.
El caso es, que según “…… el protocolo estándar de interdicción marítima no es volarlos en pedazos y rematar a los supervivientes con un segundo misil (aduciendo que se trató de “defensa propia”, algo difícil de digerir, pues eran dos individuos desarmados, con el agua al cuello que, obviamente estaban lejos de amenazar a un dron que los apuntaba con un misil). El protocolo es detener, inmovilizar y capturar las embarcaciones sospechosas, disparando a la propulsión para paralizar el bote y detener a la tripulación.
En una operación antidroga, la prioridad es interrogar a los traficantes y acumular inteligencia hasta llegar a los financiadores y líderes de los carteles…” (Marta Peirano, El País, del 30 de noviembre de 2025) Esto contrasta, por ejemplo, con la condena a cadena perpetua al Chapo Guzmán quien ha asesinado, torturado, ejecutado, extorsionado y no sé cuántos delitos más que le han imputado. Estos sobrevivientes tan solo son, o eran, “los eslabones más bajos, pequeños y marginales del gran negocio del narcotráfico”.
Yo no tengo la menor idea de cuántos kilos de cocaína puede llevar una narcolancha de las que salen con drogas de Venezuela solo que la administración de Trump ha dado la orden de volarlas y por, supuesto, ordenar la muerte de sus ocupantes, “para impedir que entre la droga a su país”. En contraste con esto en un acto que, habla mucho de su naturaleza, acaba de indultar, sugerido por “unos amigos” a los que él aprecia y cree, a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, “detenido, juzgado y condenado a 45 años de prisión por conspirar en la introducción de 500 toneladas de cocaína a los Estados Unidos”.
¿Entonces?, ¿qué pasó aquí? Se asesina a pescadores devenidos en pequeños traficantes de drogas que son encargos de los verdaderos capos de los carteles que, para nada, en última instancia, verán una gota de sangre saliendo de sus cuerpos.
No puedo dejar de imaginarme a esos dos hombres agarrados a los restos de la lancha, en medio de un mar negro, totalmente a oscuras, perplejos mirando a todos lados. No tengo idea que pasaba por sus cabezas, no sé si tuvieron tiempo de pensar qué había sido de sus vidas, de los errores cometidos, las oportunidades perdidas o de que su vida había transcurrido sin oportunidad de ser mejores. No sé si en ese momento cuando el dron sobre sus cabezas disparó el misil que los borraría de la superficie del mar pudieron ver el fogonazo del misil. Tal vez escucharon su zumbido en el preciso momento de morir y en ese instante fue que tuvieron conciencia de la muerte. No sé si pudieron ver en un microsegundo, los segundos más largos son los que preceden a la muerte, toda su infancia y juventud corriendo por las playas de San Juan de Unare o ver cómo fue que la miseria acorraló sus existencias y se involucraron con toda su familia en el tráfico de drogas.
Lo que sí es seguro que no escucharon cuando el almirante Frank Bradley, el chivo expiatorio de este crimen de guerra, le preguntó a Pete Hegseth: “Secretario que hacemos con estos sobrevivientes” y este respondió, según se relata en el Washington Post: “mátalos a todos”. Esa fue la expresión escalofriante pronunciada por un hombre que carece de compasión y de remordimiento.
Tal vez la “muerte es (solo) una palabra” pero, en este caso no tiene el olor a lilas con que, Alejandra Pizarnik la aromatizó en algunos de sus poemas. Esta vez tiene un tufo de crueldad, de sangre, de locura y de crimen.
@enderarenas





































