Benigno Alarcón: Nobel de la Paz 2025: María Corina Machado

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El Premio Nobel de la Paz 2025 concedido a María Corina Machado reconoce una praxis política precisa: resistencia cívica, afirmación del Estado de derecho y construcción de mayorías bajo condiciones de represión. No es un premio a la épica del atajo, sino a la disciplina democrática de “llegar hasta el final” sin cruzar el umbral de la violencia. El Comité Noruego lo formuló con claridad: se la distingue por “promover derechos democráticos para el pueblo de Venezuela y por su lucha por una transición justa y pacífica”

Nacida en Caracas en 1967, ingeniera industrial, cofundadora de Súmate y exdiputada, Machado se posicionó temprano en la intersección entre la lucha democrática, la lucha por la integridad electoral, y la construcción de una ciudadanía consciente y organizada para la defensa de libertad de Venezuela. Es así como, sobre los hombros de una enorme plataforma ciudadana el 22 de octubre de 2023 obtuvo una victoria abrumadora en la primaria opositora que legitimó desde entonces su liderazgo al frente del movimiento democrático venezolano. Pese a ello, en 2024 fue inhabilitada por el gobierno para impedir su participación en la elección presidencial, contraviniendo los acuerdos de Barbados. Aun así, Machado se mantuvo firme en la ruta electoral apoyando la candidatura unitaria de Edmundo González Urrutia.

Las presidenciales de 2024 —marcadas por graves irregularidades— terminan con el Consejo Nacional Electoral proclamando a Nicolás Maduro como presidente electo, mientras la oposición afirmó, con actas en mano, la victoria de González Urrutia. Estados Unidos reconoció a González como “presidente electo”, mientras diversos organismos y gobiernos continúan aun pidiendo transparencia y verificación.

En ese contexto, Machado sufrió persecución y debió ocultarse desde el 9 de enero de este año, cuando fue detenida y después liberada bajo circunstancias difícilmente explicables, a lo que se suma el enorme costo personal que junto a ella han pagado los miembros más cercanos de su equipo político, su familia y sus amigos más cercanos y queridos sin que, en medio de los horrores de la soledad y el aislamiento, sucumbiera a la tentación de habilitar salidas insurreccionales: su línea fue sostener la verdad electoral, preservar la organización social y escalar la presión diplomática. Esa combinación —voto, calle no violenta y diplomacia— es el corazón estratégico que hoy valida su reconocimiento con el Nobel de la Paz 2025. 

¿Dónde está hoy Venezuela?

Hoy, cuando María Corina Machado es reconocida con el Premio Nobel de la Paz 2025, el país vive en medio de una suspensión de la normalidad constitucional: instituciones capturadas, resultados electorales disputados y nunca auditados, coerción selectiva y un tejido social exhausto. La documentación de 2024–2025 sobre violaciones de derechos en el contexto electoral deja poco margen de duda. Pero, paradójicamente, también persiste un sustrato ciudadano que rehúsa ceder su voz. El liderazgo de Machado —de facto y moralmente— ha operado como columna vertebral de la resistencia, a pesar de detenciones, exilios y amenazas. 

Pero desde una óptica más optimista podríamos decir que este mes de octubre de 2025 será, para la memoria colectiva, un mes de señales. El 19 de octubre, el Vaticano canonizará al Dr. José Gregorio Hernández y a la Madre Carmen Rendiles, los dos primeros santos venezolanos, en una ceremonia largamente esperada por la Iglesia venezolana. Y en ese mismo mes, Venezuela celebra a su segundo premio Nobel y su primera Nobel de la Paz (el país cuenta con un laureado nacido en Caracas —Baruj Benacerraf, Nobel de Medicina 1980). Este cruce de símbolos —santidad y Nobel— no debe confundirnos pero sí recordarnos que hay virtudes cívicas que también son, en el fondo, ética de servicio a la humanidad. 

El efecto geopolítico y local del Nobel otorgado a María Corina Machado

Este reconocimiento de carácter universal reconfigura, en alguna medida, la posición internacional en al menos tres planos. Primero, eleva el costo reputacional de quienes intentan imponer una narrativa de normalización del autoritarismo venezolano. Segundo, endurece la condicionalidad de cualquier negociación o mediación. Tercero, empodera a la diáspora como actor diplomático y económico con una narrativa transversal —no partidista— que articula la defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

Hacia adentro, el Nobel consolida una doble legitimidad: de origen, por su investidura cívica y la victoria en la primaria; y de ejercicio, por la negativa a trivializar la violencia y por su rol en la unificación opositora. Cada intento de criminalizarla chocará ahora con un blindaje simbólico global. Hacia afuera, se robustece su capacidad de interlocución con gobiernos y organismos: la figura de Machado deja de ser “oposición local” para convertirse en referente normativo del hemisferio sobre cómo se defiende la democracia en contextos cerrados. 

Asimismo, el reconocimiento facilita en Washington —Ejecutivo y Congreso— un marco más nítido para calibrar sanciones inteligentes y condicionalidad: exigir pasos verificables (registro, observación, publicación de actas, liberación de presos) a cambio de alivios graduales, y coordinar con Europa y la región. La propia Machado ha pedido este año mayor acción frente a redes ilícitas y la captura institucional; el premio refuerza su autoridad para plantearlo sin que se desdibuje el carácter pacífico de su estrategia, mientras debilita y aumenta los costos reputacionales a los normalizadores del autoritarismo venezolano dentro y fuera del país. 

Estas lecturas encontrarán, a partir de hoy, eco en coberturas y reacciones tanto internas como internacionales que, al subrayar el carácter democrático de la líder laureada, optarán por el silencio o reencuadrarán sus opiniones sobre el comportamiento del régimen y de la oposición por ella liderada.  

Mi opinión personal

Quien escribe ha visto a esta María Corina Machado, a través de una lucha de muchos años, crecer como líder, rectificar y persistir. Su mérito no es la infalibilidad —nadie la tiene—, sino la voluntad de aprender bajo hostilidad, tejer alianzas, aceptar la prueba del escrutinio, resistir la tentación de la violencia y mantener la brújula moral cuando los incentivos la intentaban empujar hacia un despeñadero. Por eso su victoria, más que personal, es un ejemplo, la columna vertebral de un esfuerzo de coordinación entre actores dispersos —líderes políticos y sociales, ciudadanía, Iglesia, academia, empresa, aliados democráticos— que necesitaban, y muchos de ellos que aún hoy no lo han comprendido necesitan, de una estrategia y una narrativa común para exigir elecciones auténticas, libertades garantizadas y una salida que minimice daños y maximice las expectativas de futuro.

El Nobel de la Paz 2025 no resuelve la transición, pero recalibra el tablero. Cuando un país ve, en el mismo mes, la canonización de sus dos primeros santos y el reconocimiento global de quien encarna su lucha cívica, no está ante la presencia de “milagros” coincidenciales, está ante la presencia de los milagros que se originan en la templanza que mueve montañas. El premio Nobel a María Corina Machado no concluye el camino; lo ilumina.