Antonio de la Cruz: Chevron en Venezuela: El poder de estar presente cuando el sistema colapsa

253

Idea in Brief

  • El Problema: La influencia de Estados Unidos en Venezuela —un país estratégicamente ubicado y rico en petróleo— se estaba erosionando, desplazada por actores como China, Rusia e Irán. Las sanciones no detuvieron esa deriva, y la salida de Chevron había dejado el campo libre a rivales geopolíticos.
  • El Impacto: La administración Trump sorprendió al revertir su propia medida y devolverle a Chevron la licencia para operar en Venezuela, no como una concesión energética o electoral, sino como una jugada de reposicionamiento estratégico. No hay pagos en efectivo ni legitimación política al régimen de Maduro: solo presencia, vigilancia e infiltración.
  • La Solución: Insertar actores estadounidenses bajo condiciones estrictas —sin cash ni reconocimiento al régimen— permite a Estados Unidos reposicionarse desde dentro. Es una política de presión silenciosa que no busca salvar al sistema, sino estar en el lugar correcto cuando se derrumbe. El objetivo no es extraer petróleo: es insertar una cuña en el corazón del poder chavista, neutralizar la propaganda antiestadounidense y bloquear la expansión china en el Caribe.

Chevron no regresa a Venezuela solo para producir barriles: regresa para marcar territorio. En apariencia, la decisión de la administración Trump de restituirle a Chevron su licencia para operar en Venezuela podría parecer una contradicción. Fue el propio Trump quien, en mayo de 2025, revocó la licencia otorgada por Biden en 2022. Entonces, los republicanos aplaudieron el gesto como una reafirmación de la línea dura contra Nicolás Maduro. Sin embargo, semanas después, Chevron volvió. ¿Retroceso? No. Estrategia.

Venezuela produce actualmente unos 850.000 barriles de crudo al día. Casi todo ese crudo se va a China (540 mbpd), a través de triangulaciones opacas desde puertos como el de Malasia. Sin pagar impuestos, sin transparencia, sin rendición de cuentas. En ese ecosistema de bloques económicos, Beijing avanza con libertad, expandiendo su influencia energética en el hemisferio occidental mientras Estados Unidos se reduce a espectador.

La Casa Blanca comprendió algo esencial: no se puede disputar el poder si se abandona el tablero. El regreso de Chevron no busca votos en Texas ni barriles para las reservas estratégicas petrolera (SPR). Busca colocar una pieza en el centro de un juego geopolítico más amplio. No es petróleo: es posición.

Una cuña en el corazón del chavismo

La licencia no implica pagos en efectivo. No hay supuestamente cash, regalías ni tributos, para el régimen. Chevron operaría mediante swaps: productos refinados por inversión, sin flujos monetarios que oxigenen a Maduro. Pero cada barril extraído bajo condiciones impuestas por EE.UU. es un recordatorio de quién sigue mandando. Y eso —en el lenguaje del poder— es más valioso que cualquier ingreso fiscal.

Dentro del chavismo, la narrativa oficial presenta este movimiento como una muestra de normalización. Pero no hay tal cosa. El régimen obtiene el regreso de Chevron bajo condiciones ajenas. Sin capacidad de negociación. Sin soberanía real. El impacto interno de ese regreso es demoledor: no porque fortalezca directamente a la oposición democrática, sino porque erosiona el mito de independencia petrolera que sostiene al régimen.

Trump no habilita: infiltra

Este no es un gesto electoral. Es una operación quirúrgica. Trump no está buscando concesiones a cambio de flexibilización: está insertando presencia estadounidense sin reconocer políticamente al régimen. Es un caballo de Troya, no un botín. Un mecanismo de vigilancia y contención. Un mensaje claro a Pekín: “No vamos a dejar que te quedes con todo”.

Chevron no es la excepción. Es el primer movimiento en una estrategia más amplia: presionar sin estruendo, insertarse sin confrontar, colonizar desde adentro. Una geometría del poder que no necesita ocupar el centro, sino rodearlo, desbalancearlo, y estar listo cuando se venga abajo.

Presencia sin concesión

La diplomacia tradicional busca pactos. Esta estrategia busca fisuras. La licencia no reactiva la economía venezolana, pero asfixia el discurso de “bloqueo imperial” que Maduro usa para justificar su fracaso. Aceptar condiciones extranjeras destruye su relato. Y, más importante aún, condiciona a los aliados internos que sostienen su poder —militares, élites económicas, grupos armados— que observan cómo Washington vuelve, no a negociar, sino a vigilar.

En paralelo, el canje de prisioneros estadounidenses con Caracas sirvió de cortina de humo. Diez ciudadanos liberados en lo que se presentó como una victoria humanitaria… mientras Chevron volvía al terreno. Pero el verdadero canje fue otro: oxígeno simbólico para Maduro a cambio de aceptar una presencia hostil en su núcleo económico.

Una jugada silenciosa, una palanca instalada

En geopolítica, como en el ajedrez, no siempre gana quien da jaque mate. A veces gana quien impide que el otro mueva. Trump no ha cedido. Solo ha posicionado una pieza. Porque la partida real no se juega hoy. Se juega cuando el sistema colapse. Y entonces, EE.UU. ya tendrá una palanca instalada dentro del aparato.

Chevron no vuelve para salvar a Maduro. Regresa para preparar su salida.

Así se redibuja el tablero sin disparar un solo tiro.

@antdelacruz_