Hugo Delgado: Made in China

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Los efectos de la pandemia china, producidos por  el virus  Covid 19, se están reflejando en un mundo, que aún con los avances tecnológicos, las comunicaciones y la globalización, muestra fisuras que le impiden consolidarse como una verdadera sociedad unida y con objetivos comunes.

Definitivamente, el poder, como decía el extinto periodista amigo, Antonio Marcano, es una patología que acompaña al hombre en su andar histórico, generando búsquedas incesantes de supremacía y  dominación de unos sobre otros. Es una obsesión  radicada en lo más profundo de su espíritu que lo lleva a avances importantes, pero también los conduce a actos de barbarie inimaginables.

El Covid 19 ha mostrado a un mundo desigual, con egos y mezquindades; pero también se generan lecciones y retos que alimentan el proceso de maduración –principalmente- de  los futuros modelos de respuestas democráticas, para generar sistemas inclusivos  de salud, educación, ambiente o económicos, dirigidos a mejorar las posibilidades  de enfrentar la  adversidad  y la búsqueda del bienestar de las sociedades, de acuerdo con sus necesidades locales y globales.

La humanidad está ante la disyuntiva planteada por el historiador israelí,  Yuval Noah Harari de la universidad hebrea de Jerusalén (BBC mundo 10 de abril de 2020): “las elecciones que estamos tomando para combatir  el Covid-19 darán forma a nuestro mundo en los años venideros…La humanidad tiene todo para vencer la epidemia, científicos, resultados para   determinar el origen de la enfermedad, tecnología médica y  recursos económicos”.

Un ejemplo aleccionador, es la Comunidad Europea. Luego de dos cruentas y devastadoras guerras, crearon un organismo supranacional que ha crecido, en medio de la adversidad y el acierto,  en un proceso unificador que ha mantenido la paz en un continente caracterizado por el belicismo y la diversidad de intereses. Seis décadas de relativa estabilidad, dispares desarrollos, unificación monetaria y profundización de la democracia, demuestran lo acertado de la  decisión posterior a la Segunda Guerra, cuando las heridas y confrontaciones ideológicas estaban en su apogeo.

Las potencias de hoy igual siguen en ese proceso de aprendizaje, de ensayo y error. China recién entra en su fase de potencia militar, económica y tecnológica, con un modelo comunista coercitivo, que intenta limitar las libertades individuales y mantener el control del partido sobre una sociedad que ya demanda otro modelo participativo.  Externamente, su capacidad de diálogo es baja y sus acciones son más de fuerza. Esa inmadurez de mostrar la invencibilidad  arrogante condujo al error de ocultar el Covid-19, denunciado en noviembre de 2019, por el médico Li Wenling, y que ahora genera daños económicos y sociales de incalculable estimación.

La Rusia del autócrata, Vladimir Putin, trató de ocultar una realidad que mostró el daño posterior, con la intención de reflejar su invencibilidad como potencia, legado del imperio ruso y de la antigua URSS. Igual camino tomó Estados Unidos, hasta convertirse en el centro mundial de la pandemia, con la diferencia que posee mayor capacidad económica, biotecnológica y ascendencia en la dinámica mundial. Europa, a pesar de su madurez unificadora, también mostró fisuras en la toma de decisión común. Otras naciones trataron de desconocer la magnitud de la amenaza, pero al final pagaron sus consecuencias, caso Brasil y Venezuela. En Latinoamérica el repunte de casos y muertes, son reflejo de sus débiles instituciones, políticas públicas y sistemas de atención social, y de la informalidad laboral,  que obliga a salir a más del 50% de su población a buscar el “pan diario” o morir de hambre.

El 11 de julio de 2012, el gobierno ilegítimo de Nicolás Maduro, reconoció que la pandemia superó su capacidad sanitaria. Hay que precisar que el precario sistema de salud y servicios públicos nacional fracasó hacia más de una década. Las cifras gubernamentales son contradictorias, y esto se refleja en las redes sociales, de periodistas, de organizaciones profesionales y  de familiares de afectados, que muestran las condiciones de hospitales y la ampliación del número centros de cuarentena (con la lógica deducción del incremento de casos o fallecimientos). El retorno de venezolanos de países vecinos complica la situación, pero el “Talón de Aquiles” es la inexistencia de políticas estatales, la falta de credibilidad, la ineficiencia y la corrupción.  

En los últimos días, la nomenclatura rojita ha informado sobre la afectación con Covid-19 de algunos miembros, en un afán por mostrar su “sacrificio y vincularse afectivamente” con una población, apabullada por una hiperinflación descontrolada, la corrupción policial, la falta de gasolina, las fallas en los servicios públicos (electricidad, Internet, telefonía, agua, aseo y gas doméstico). Mientras, los escándalos chavistas siguen: avioneta, proveniente de Maracaibo, fue aprehendida en México con drogas; capturan en Cabo Verde al testaferro del régimen, el colombiano Alex Sabb; decomisan en Miami (EEUU) 81 camionetas de lujo destinadas al ilegítimo ejecutivo.

La pandemia también deja lecciones en organismos internacionales como la Organización de Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud, para que reestructuren sus funciones, reorienten sus responsabilidades y su capacidad de respuesta, todo en función de generar mayor confianza en tiempos de crisis.

Venezuela demostró una vez más que es un Estado  y una Sociedad fallida, con un gobierno que existe formalmente, pero  desaparece en el momento del contacto con el ciudadano. Las medidas tomadas en estos tiempos de pandemia son risibles, solo sirven para que los funcionarios de seguridad cobren sus comisiones en las estaciones de gasolina, a los negocios, despistados transeúntes o conductores que violen alguna medida regulatoria.

La sociedad venezolana demuestra civilidad ante la barbarie, porque como dice, el escritor chileno, Fernando Mires: La situación nacional es de “anomia” (estado de desorganización social o aislamiento del individuo como consecuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales).  Mientras, Nicolás Maduro piensa en del destino de Alex Sabb  y sus elecciones legislativas que  -aspira- le darán legitimidad a su maltrecho régimen.

Hugo Delgado- Periodista @hdelgado10