José Lombardi: Entre la torre de Babel y la ciudad de Dios

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“Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.”

Magnificat, libre mercado, inteligencia artificial y bien común.

¿Qué necesitamos realmente para vivir? Diría que muy poco. Sin embargo, el mundo, bajo la lógica de la economía de la riqueza, nos presiona creando necesidades innecesarias que muchas veces terminan siendo vacías.

Para un sistema que promete riqueza como sinónimo de felicidad, resulta necesario mantener funcionando a toda máquina esa lógica: sin consumidores no hay consumo, y sin consumo no se alimenta el aparato económico que sostiene al capitalismo contemporáneo.

He allí parte de la trampa: el sistema no necesariamente busca justicia para los pobres; busca consumidores con capacidad de compra. Es decir, necesita que más personas tengan poder económico, no siempre para elevar su dignidad, sino para que puedan seguir alimentando una estructura que presenta como “necesidades” muchas cosas que, en realidad, no hacen a la humanidad más plena ni más feliz.

El problema no es producir riqueza. El problema es convertir la riqueza en fin supremo. El problema no es el mercado como herramienta, sino la pretensión de que el mercado, sin límites éticos e institucionales, pueda convertirse en árbitro absoluto de la vida humana.

Lo que realmente parece estar ocurriendo es que un grupo cada vez más reducido de superricos avanza hacia un poder desproporcionado, capaz de influir por encima de las instituciones, entre ellas el Estado, que precisamente debería estar llamado a crear equilibrio frente a los desequilibrios sociales, económicos y políticos. El Estado, cuando cumple su función, debe procurar condiciones mínimas de vida digna, bienestar general y protección para quienes no forman parte de los centros de poder.

Sin embargo, ante el aparente fracaso del Estado en muchas sociedades, han surgido con fuerza tesis liberales que ofrecen “bienestar”, “oportunidades” y “mejor vida” a través del libre mercado. Estas corrientes presentan el mercado como un mecanismo superior al Estado, casi como una instancia supraestatal capaz de ordenar la sociedad y dictar, directa o indirectamente, las políticas públicas. Bajo esta lógica, el esfuerzo personal terminaría determinando quiénes son los ganadores y quiénes son los perdedores de la vida.

Tratando de resumir una parte del pensamiento de Friedrich August von Hayek, uno de los pensadores más influyentes del liberalismo moderno, podría decirse lo siguiente: la economía es demasiado compleja para ser dirigida por un burócrata; por eso necesitamos precios libres, propiedad privada, competencia, reglas claras y límites al poder del Estado.

Ahora bien, la pregunta esencial es: ¿quién pone esos límites?

Es lógico pensar que, si el poder político se pone de acuerdo con el poder económico, ambos tenderán a colocar límites en función de sus propios intereses. Entonces surge una pregunta aún más profunda: ¿dónde quedan los intereses de quienes no tienen el privilegio de formar parte de ese poder político y económico?

Allí vuelve a surgir la importancia de las instituciones reguladoras, entre ellas el Estado. Un Estado sano no debe ser dueño absoluto de la sociedad, pero tampoco puede desaparecer frente al mercado. Está llamado a crear equilibrios, proteger a los débiles, impedir que el poder económico se desboque y evitar que los intereses de unos pocos se impongan sobre la dignidad de las mayorías.

Precisamente en este punto aparece la reflexión de la Iglesia católica. A través de la encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV ofrece una meditación profunda, enraizada en la doctrina social de la Iglesia, sobre los peligros que aquejan a la sociedad contemporánea, especialmente cuando la lógica de la riqueza, la tecnología y el poder se separan del bien común. La Santa Sede presenta esta encíclica como una reflexión sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. 

La humanidad se encuentra ante una encrucijada: construir una nueva torre de Babel o edificar una ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Esta imagen expresa el dilema central de nuestro tiempo: usar el poder técnico, económico y político para engrandecer el ego humano, o ponerlo al servicio de la dignidad, la justicia y la fraternidad. La propia encíclica plantea esa elección entre levantar una nueva Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. 

En continuidad con Rerum Novarum, la gran encíclica social de León XIII, Magnifica Humanitas actualiza muchos de los temas de la doctrina social de la Iglesia, pero con especial énfasis en la tecnología y, más específicamente, en la inteligencia artificial. El punto central no es rechazar la tecnología, sino custodiar al ser humano frente a una época en la que los algoritmos, los datos y la automatización pueden convertirse en nuevas formas de dominio. 

Sobre la inteligencia artificial, la encíclica recuerda que esta tecnología, aunque poderosa, no posee experiencia humana. La IA no tiene cuerpo, no padece alegría ni dolor, no madura en relaciones, no conoce desde dentro el amor, el trabajo, la amistad ni la responsabilidad. Tampoco posee conciencia moral. Puede imitar lenguaje, comportamiento y empatía, pero no sabe realmente lo que produce. Puede aprender en sentido técnico, estadístico y adaptativo, pero no aprende como aprende una persona humana, que crece a partir de decisiones, errores, perdón, fidelidad y experiencia interior.

De tal manera, la inteligencia artificial es una herramienta tecnológica poderosa que puede ayudar a la humanidad si está bien dirigida y orientada hacia el bien común. Pero en manos de la pura lógica capitalista, del libre mercado sin controles, y de un poder político y económico secuestrado por intereses privados, puede convertirse en una de las armas más peligrosas creadas por el hombre contra el propio hombre.

De allí la necesidad de volver a mirar hacia las instituciones, entre ellas el Estado, para que regulen la tecnología en función del bien común. La inteligencia artificial concentra un caudal inmenso de datos de la humanidad. En pocas manos, puede terminar convertida en una nueva torre de Babel: una estructura levantada por egos potenciados que buscan convertirse en dioses.

La locura del poder no tiene límites. No tengo dudas de que muchos, al tener este poder tecnológico en sus manos, ya están pensando en cómo usarlo para dominar, controlar, influir y moldear sociedades enteras. Algunos probablemente lo tienen trazado como plan de vida, sin importar lo que puedan arrasar a cambio de la satisfacción egocéntrica de ser los más poderosos.

Hoy ya existen superricos más ricos que algunos países. Esa realidad es una aberración intolerable en un mundo donde todos compartimos la misma dignidad humana.

Por eso, la encíclica alerta sobre la necesidad de desarmar la inteligencia artificial. Desarmar la IA no significa renunciar a la tecnología, sino impedir que la tecnología domine lo humano. Significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, económica y cognitiva; romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar; impedir que los monopolios y los algoritmos más eficaces se conviertan en instrumentos de dominación geopolítica, comercial o cultural. Diversas lecturas de la encíclica han destacado precisamente ese llamado a que la IA sirva a la humanidad y no al poder de pocos. 

San Agustín describe la historia humana como una lucha entre dos amores, que construyen dos formas de habitar el mundo: por un lado, el amor a Dios y al prójimo; por otro, el amor desordenado de sí mismo. De allí surgen dos ciudades: la ciudad de Dios y la ciudad terrena.

En el fondo, la vida siempre nos coloca ante una bifurcación: el camino de Dios o el camino del yo. Cada uno es libre de decidir cuál toma, pero debe ser consciente de que solo es posible construir un mundo mejor cuando todos estamos bien. Allí radica la base del bien común, de los derechos humanos, de la paz y de la justicia.

La única forma real de vivir en paz es evitar hacer a otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros. No hay otra fórmula profunda para la paz. La venganza termina convirtiéndose en un círculo vicioso que pasa de generación en generación. En cambio, la opción por la paz se encuentra en el debate sano, en la negociación, en el reconocimiento del otro y en el acuerdo.

Como expresa el papa León XIV, debemos desarmar las palabras para contribuir a desarmar la tierra. La paz comienza en cada uno de nosotros: en la forma en que miramos a los demás, escuchamos a los demás y hablamos de los demás. La presentación oficial de la encíclica también insiste en la necesidad de reparar vínculos, restaurar la confianza y reavivar la esperanza en el futuro. 

Finalmente, la educación aparece como una de las claves para enfrentar los desafíos de nuestra época. Solo a través de ella podremos alimentar la razón y el espíritu, comprender estos conceptos, razonarlos e internalizarlos.

El poder de la palabra no tiene límites. Por eso la inteligencia artificial puede ser tan peligrosa: porque tiene la capacidad de crear narrativas a partir de nuestros sentimientos, reacciones, decisiones, deseos y temores. Pero al final, la inteligencia artificial es artificial y nosotros somos reales.

Allí debemos enfocarnos. Es desde nuestra realidad humana, desde nuestra dignidad, desde nuestra conciencia y desde nuestra libertad donde debemos formarnos para que lo artificial no nos domine.

La inteligencia artificial, como el mercado y como el Estado, debe estar al servicio de la persona humana. Cuando cualquiera de estos instrumentos pretende sustituir la conciencia, la dignidad o la libertad del ser humano, deja de ser herramienta y se convierte en dominación.

El reto de nuestro tiempo no es solo tecnológico ni económico; es espiritual. Se trata de decidir si queremos vivir bajo la lógica del yo que todo lo puede, o bajo la lógica del bien común, donde la libertad se ordena al amor, a la justicia, a la paz y a Dios.

Debemos procurar que sean nuestras palabras las que hablen, nuestros pensamientos los que piensen y nuestras decisiones las que construyan las consecuencias de nuestro presente y de nuestro futuro.

Tenemos ante nosotros el reto de ser libres desde nuestra dignidad como hijos de Dios, o convertirnos en esclavos de la narrativa del yo que todo lo puede, del yo que pretende construir una nueva torre de Babel.

La verdadera libertad no consiste en dominarlo todo, sino en reconocer que la vida humana solo alcanza plenitud cuando se orienta hacia Dios, hacia el prójimo y hacia el bien común.

José Lombardi