Dámaso Jiménez: El Sismo del poder

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Bajo el argumento irrefutable de salvar vidas, Washington ha logrado una presencia militar robusta en el corazón del Caribe venezolano.

La tragedia sísmica en Venezuela, que ha dejado cerca de 3.500 fallecidos y decenas de miles de damnificados según cifras a cuenta gotas de Jorge Rodríguez, ha fracturado definitivamente el relato de “estabilidad” y “recuperación” que la administración de Delcy Rodríguez intentaba vendernos a los venezolanos.

Lo que comenzó como un modelo de coexistencia pragmática y económica, hoy se revela como una estructura de poder vacía: el Estado expuesto como una entidad ausente, incapaz de proteger a su población y superada por una catástrofe que solo ha podido ser contenida por la intervención directa de Estados Unidos.

El contraste es contundente y humillante para la continuidad del régimen en opaco estado de rendición.

Mientras los aliados históricos del chavismo (Putin, Pekín, Teherán, La Habana) brillaron por su ausencia o indiferencia ante la catástrofe venezolana limitándose a gestos simbólicos, es justamente el Comando Sur de EE.UU. quien ahora surge y ejerce la soberanía operativa en territorio venezolano, con 2.000 efectivos desplegados, el control del espacio aéreo y buques anfibios anclados en La Guaira. Washington no solo gestiona la ayuda humanitaria, sino que ocupa efectivamente el vacío dejado por el reducto de un gobierno que sigue enfocado en mantener una fachada política insostenible.

En los días posteriores al terremoto que devastó La Guaira, la presencia operativa de Estados Unidos con el arribo de buques, aeronaves y personal militar reveló una estructura de mando que ya no depende de autoridades venezolanas, sino del Comando Sur. La torre de control de Maiquetía, gestionada por la Fuerza Aérea estadounidense, simboliza ese cambio profundo.

En el puerto de La Guaira, el USS Fort Lauderdale opera como centro de mando anfibio, acompañado por el USS Billings, que rota aeronaves en su helipuerto. El general Francis Donovan confirmó el despliegue de drones MQ‑9 Reaper que vigilan el espacio aéreo. La logística aérea se sostiene con Boeing C‑17 Globemaster III, capaces de transportar por un lado tanques Abrams y por el otro hospitales de campaña.

La magnitud del despliegue contrasta con la autonulidad operativa de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Seis meses después de su derrota militar del 3 de enero, cuando fuerzas estadounidenses capturaron al dictador Nicolás Maduro, la FANB se muestra subordinada, extraviada y sin capacidad de respuesta. Su otrora rostro de persecusion, terror y represión ha quedado replegado ante la presencia de un poder real aún indescriptible.

Una reseña del diario ABC de España firmada desde Caracas por el periodista Jorge Benezra, retrata la escena en la que un rescatista estadounidense, civil sin rango, enfrenta y minimiza públicamente a Diosdado Cabelllo, aún ministro del interior. “Hace seis meses un gesto así habría significado la cárcel inmediata”. Hoy un operador extranjero le muestra los dientes a la figura históricamente más peligrosa del chavismo y no pasa nada, concluye Benezra: “Esa imagen condensa lo ocurrido en Venezuela”.

En estas dos semanas de tragedia, entre la batalla de Carabobo del 24 de junio y el día de la independencia del 5 de julio, el Alto Mando Militar chavista solo se ha limitado a asistir a los consiguientes actos protocolares sin sentido, así como a dar declaraciones de lealtad al interinato de Delcy Rodríguez, mientras miles de venezolanos siguen escarbando entre los escombros para encontrar los cuerpos sin vida de sus familiares y encarar las consecuencias del doble terremoto que no solo removió hasta los cimientos las capas tectónicas de nuestra geografía, incluidos edificios y viviendas que colapsaron, sino también la identidad rota, los sangrantes abismos del alma y la fracturada psique del país.

En el meta discurso oficial Estados Unidos sostiene que su presencia responde exclusivamente a una misión humanitaria. Donovan insiste en que “no se habla de quedarse” y que las tropas se retirarán cuando concluya la operación de socorro. Sin embargo, la experiencia de la base cooperativa en Curazao ha alimentado diversas especulaciones.

El Caraballeda Golf & Yacht Club, antiguo símbolo de la opulencia venezolana de los años de la democracia, se transformó en hospital de campaña del Ejército estadounidense. Periodistas serios desde el lugar de los hechos han narrado helicópteros que aterrizan junto a la laguna y equipos médicos operando en un espacio que antes era recreativo. Bajo el argumento irrefutable de salvar vidas, Washington ha logrado una presencia militar robusta en el corazón del Caribe venezolano, algo que sanciones y presiones diplomáticas no habrían conseguido y que las víctimas desamparadas ahora agradecen.

Ahora que decenas de rescatistas internacionales ya partieron a sus países de origen ante la imposibilidad de seguir salvando vidas, solo los Marines norteamericanos se mantiene excavando entre escombros, transportando voluntarios y movilizando la ayuda que viene de afuera en los diferentes puntos de entrada. Videos difundidos por equipos de Fairfax, Virginia, muestran rescates de sobrevivientes, reforzando la narrativa humanitaria que Estados Unidos sostiene como eje de su intervención ante la ausencia de Estado.

El terremoto no solo derrumbó edificios: también ha dejado al descubierto la relación entre el interinato venezolano y Estados Unidos. La combinación de control aéreo, despliegue naval, inteligencia avanzada y ausencia militar venezolana configura un escenario donde la soberanía se redefine en tiempo real.

También evidencia futuros cambios, cuando los actuales actores que ahora levantan la voz entre periodistas internacionales para fingir o disimular seguridad y control, o se toman fotos difíciles de digerir y comprender, con las tropas norteamericanas que ellos mismos juraron exterminar, dejen de ser útiles para los estrategas pragmáticos en esta complicada trama de la transición.

@damasojimenez