Después de cuatro años sin escribir, me ha motivado hacerlo la diversidad de gestos de hermandad y solidaridad que ha tenido un número importante de venezolanos y extranjeros en apoyo a los damnificados por el doble terremoto que sufrieron los habitantes de La Guaira, Caracas, Miranda, Carabobo y Yaracuy. Antes que nada, me disculpo con mis lectores por mi ausencia. La razón fue obvia debido a los riesgos que se corren en nuestro país, los cuales por el momento no vale la pena explicar. Ahora bien, para ser honesto conmigo, no creo volver a escribir sobre política, ni siquiera cuando estemos en una sólida democracia; solo analizaré temas económicos, empresariales, organizacionales y gerenciales.
Abordando el tema que hoy me ocupa, expreso mi impresión por las diversas muestras de amor y bondad de tanta gente y organizaciones que se han observado en muchos lugares. En Maracaibo, donde resido, en las principales esquinas de la ciudad se han visto centros de acopio con todo tipo de productos: agua, comida, artículos de limpieza, medicinas de diferentes tipos y artículos para niños y bebés. Además, mucha gente ha viajado hacia el centro del país para sumarse a las labores de rescate y apoyo a los necesitados. Por estos lares, mi esposa, a través de la Fundación Repartiendo Sonrisas, la cual comparte con varios familiares y amigos, y que está dedicada a la entrega de juguetes y comida a niños necesitados en los barrios más pobres, también se ha sumado a la recolecta de bienes para la ayuda humanitaria, al igual que muchas otras fundaciones y organizaciones de la zona.
La motivación central de este escrito es compartir tres pequeñas historias que me han conmovido profundamente, ocurridas en el estado de Florida, donde radica buena parte de mi familia más cercana. En el marco de este movimiento pro-Venezuela, que ha sido espectacular, la primera historia la protagoniza Belkis Revilla, quien fuera esposa de mi hijo Carlos. Ella ha logrado acumular más de una tonelada de diferentes tipos de productos que está enviando a Venezuela. Vale decir que ha contado con el apoyo de su familia, incluyendo a mi amada nieta Anabella, quien cuenta con once años, pero con un millón de años de ternura. Anabella representa la segunda historia: mi bella niña se ha dedicado a preparar y hornear galletas de chocolate para venderlas a los vecinos de la urbanización donde vive, y entrega esas ganancias a su mamá para la compra de insumos.
Por último, la tercera historia no es menos conmovedora. Mi hijo Carlos, el papá de Anabella, se encontraba en el semáforo que está a la entrada del sector donde vive la niña con su mamá. Allí interactuó con un señor de nacionalidad peruana que vendía mamones en una mano y en la otra flores. Este vendedor ambulante, al percatarse que Carlos estaba en el proceso de recolecta, le ofreció cinco dólares, diciendo que era lo único con lo que podía colaborar. Carlos, en primera instancia, no le aceptó el dinero al ser consciente de la situación del vendedor; sin embargo, el señor insistió hasta que mi hijo los aceptó. Es decir, un vendedor ambulante en un país ajeno, con cuántas necesidades, restricciones y hasta penurias, ofrece cinco dólares para apoyar a los damnificados de su país cuasi vecino, Venezuela.
No hay que analizar demasiado: simplemente estamos ante el fenómeno del amor por la humanidad en su máxima expresión. Solo le deseo a ese hermano peruano que el universo se le reconfigure de tal manera que tenga el mayor de los éxitos en sus emprendimientos, y que experimente una abundancia económica que se asemeje a la gran bondad que existe en su corazón.
Alberto Barboza
Coach Gerencial en liderazgo, planificación y productividad
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