Desde mucho antes del 3 de enero, diríamos más bien, desde que comenzó el asedio norteamericano a la dictadura madurista con la instalación frente a las costas del país de la mayor flota de buques de guerra, acompañadas de todo un arsenal en las costas de Venezuela, la gente contempló a Donald Trump como si se tratara de nuestra “hada madrina” que cumpliría nuestro más caro deseo: acabar con la dictadura chavo-madurista de un solo golpe de su varita mágica (portaviones, aviones, misiles, drones y marines).
Pero no. Donald Trump no actuó como las Hadas madrina de Charles Perrault que jugara a bautizar una democracia cuyo destino fuera el progreso y la libertad. Para nada. Trump se comportó como los genios de “Las mil una noche” “esos seres que suelen ser impredecibles y bastante cínicos. Criaturas con su propia agenda y, muchas veces, con un gusto especial por arruinarte el día…”
Y en esa estamos, cuando vimos la enorme flota norteamericana anunciando una tempestad contra la dictadura, una parte significativa del país se dijo para sus adentro: “Ja, ¡allí esta nuestra lámpara mágica!” solo que el genio se volvió a meter en la lámpara.
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El caso es que lo que anunció Trump ese 3 de enero, fue una “transición”, pero que, muy pronto, dejó de ser calificada de “transición democrática” para transformarse en una “transición funcional”.
Apuntan los llamados analistas, intelectuales, opinadores, que se han convertidos en los Cheerleaders de Trump, y un sector político que dice ser opositor, que la “transición democrática tiene que esperar por la recuperación económica del país y afirman que Delcy Rodríguez, está desarrollando el programa económico de MCM. Eso no es cierto. Es “puro tacticismo” para mantenerse en el poder, y mantenerlo, bien vale una renuncia oportunista a “las profundas convicciones” que decían tener: El poder, en lugar de la política, es igual al Estado, este es igual al partido y este igual a su cúpula dirigente, por su parte la revolución sustituye a la democracia, El estado al mercado y el pueblo (plebiscitariamente interpelado) toma el lugar de los ciudadanos.
Este fue su credo durante 27 años. Un paquete ideológico que no calzaba con el nuevo clima de época y las nuevas realidades que exigían nuevos paradigmas y lecturas. En Venezuela lejos de debatirlos no lo hicimos y nos bebimos ese “coctel piche” aderezados con un discurso donde “la patria” se nos empezó a tornar pesada.
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En lo político, los personajes más conspicuos de algunos sectores de la oposición, algunos realmente huérfanos de representación, han colocado como bandera, la reinstitucionalización del país, como paso previo a la transición democrática y a un proceso electoral. Esto es, la segunda fase del proyecto Trump, que ha sido definido como de “estabilización” solo que hasta ahora, lo que se ha logrado lo podemos calificar de “estabilización autoritaria”, tal como puede observarse, en la Ley de Amnistía, especialmente su artículo 9, en la sobrevivencia del entramado legal punitivo: la ley del odio, la Ley Simón Bolívar, por ejemplo.
Ahora, se celebra la salida de Padrino López del Ministerio de la Defensa para ser sustituido por Gustavo Gonzales López que ha sido ministro de Relaciones Interiores, de Justicia y Paz, director del DGCIM y jefe del SEBIN. ¿Cuándo? Durante los peores años de represión madurista, incluyendo, el momento del asesinato de Fernando Alban. Gonzales López ha sido el funcionario represor del régimen que acumula mayores denuncias de crímenes de lesa humanidad y sancionado por los mismos Estados Unidos.
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Estimo que el poder es quien ordena. No hay manera de “ordenar el orden” desde fuera. Tenemos en Venezuela un ejemplo en el interinato de Juan Guaidó, pero eso hubiese sido hacerle demasiada exigencia a un poco curtido en política que desconocía la naturaleza de situaciones caracterizadas por la “Dualidad de poder” que además estaba siendo devorado por la devoción que tiene el venezolano por la “liderofagia”. Además, la única salida exitosa de una situación de “dualidad de poder”, donde el poder “no oficial” se hizo con “el poder oficial” ha sido con la “Revolución bolchevique” dirigida por Lenin, durante el régimen menchevique y posteriormente el golpe de Estado de Lenin contra Kerenski.
En nuestro caso, en esta “particular transición” que no transita sino hacia lo mismo que había antes(como quisiera estar equivocado, lo celebraría emborrachándome por segunda vez en mi vida) se ha establecido un pacto entre Trump que ha legalizado y “legitimado” el “orden” impuesto por él desde fuera y el régimen, encabezado ahora por los hermanos Rodríguez que ejercen el control interno de los aparatos del Estado, especialmente de aquellos que ejercen el monopolio de la fuerza y la represión.
El objetivo de este pacto es para actuar de acuerdo con el sentido del nuevo orden impuesto, donde ambos factores intercambian “privilegios”: Trump manejando el negocio petrolero, oro y minerales raros venezolanos, y los hermanos Rodríguez que jefaturan el régimen, con su permanencia en el poder y licencia otorgada por Trump para trabajar para quedarse en él. Este acuerdo le confiere al orden impuesto un superávit organizativo que, por ejemplo, la oposición no tiene para implantar una reorganización institucional del poder estando fuera del mismo.
De allí, que siempre he planteado en las últimas de notas semanales, que es solo con la movilización general de los ciudadanos en una multitudinaria presencia en las calles, avenidas, plazas y en todo espacio público con una agenda política bien definida se pueda para reducir los tiempos entre las fases impuestas por la administración Trump-Rubio y hacerse del control de una transición, ahora si democrática, que no será fácil, que no será serena, pero, piensen Uds. cuál transición democrática lo ha sido.
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He leído cualquier cantidad de análisis donde se hace una radiografía de los actores que están en juego en este proceso: en primer lugar, Trump y su administración, por supuesto, con su proyecto de “orden primero” (Antonio de La Cruz) para garantizar el control del petróleo. En segundo lugar, el régimen, conducido ahora por los hermanos Rodríguez, orientados a la “estabilización del orden autoritario”, en tercer lugar, el proyecto que lidera María Corina Machado de “Libertad primero” (Antonio de la Cruz) y de “Patriotismo Constitucional” (en la acepción de Habermas, pero este no es lugar para explicarlo, pero sin dudas es la más interesantes de las propuestas en juego) y finalmente, la llamada “otra oposición” y su proyecto de cohabitación política con el régimen.
Por supuesto, en la mayoría de estos análisis falta una pieza importante: la gente, como llaman ahora a los ciudadanos o el pueblo, también pueden llamarlo así si gustan. Y la gente (los ciudadanos, el pueblo) se omite, porque el otro elemento común de todas estas propuestas es que parten del mismo paradigma: La política como simple técnica y como “acción instrumental”, esto es que consideran que la acción política se basa en el simple cálculo de la acción de los actores y sujetos como si estos fueran previsibles y calculables, ignorando que aun en las condiciones mas represivas y autoritarias, esos autores tienen un margen de libertad que es irreductible.
Esta libertad se expresa de dos maneras, la primera, motivado por necesidades insatisfechas y acumuladas en casi tres décadas. Así que en el escenario inmediato tendremos escenarios conflictivos de naturaleza reivindicativa.
La segunda manera tiene que ver con la naturaleza de imprevisibilidad radical de sus acciones, que está lejos de los parámetros de calculabilidad y racionalidad con la que se maneja el paradigma trumpista y del propio “Rodrigato”. La racionalidad de la gente es de naturaleza imperfecta (la misma que uso Ulises para evadir el canto seductor las sirenas) y eso lo hace impredecible que hace difícil predecir sus acciones futuras.
Porque entre otras cosas, la política no es solo acción instrumental también puede expresarse simbólicamente y acciones de naturaleza no aparentemente política se transforman en acciones políticas con una enorme carga contestaria, inclusive, subversiva.
Les grafico con algunos ejemplos: el Mundial de futbol de 1976 ganado por Argentina en tiempos de Videla, donde los argentinos descargaron con furia yodo tipo de consignas contra los militares argentinos, el Festival de Viña del Mar, en tiempos de Pinochet y las consignas contra la dictadura entonadas por el público en la Quinta Vergara, los entierros de los negros asesinados en Sudáfrica por la minoría blanca en tiempos del Apartheid en la que cada entierro se convertía en una manifestación contra el régimen del apartheid, el rock nacional Argentino como expresión simbólica contra la dictadura etc. No son actos objetivamente políticos, pero se convirtieron en tales con una enorme fuerza impugnadora.
Este es el caso, de lo que pudimos presenciar en las celebraciones del pueblo venezolano y, por la diáspora en todo el mundo, por la victoria en el campeonato mundial de beisbol, las bellísimas manifestaciones multitudinarias, un imprevisto “nosotros” que además del “Somos Campeones del mundo carajo” se escuchaban consignas contra la dictadura o el acto dirigido por la misma Delcy Rodríguez, donde se le entregó el trofeo ganado, pero en el que hubo un gran ausente: los peloteros que lo ganaron.
Y allí, en dichos actos, se dejó ver una bandera de siete estrellas y con el mismo caballito con su cabeza volteando hacia atrás como lo hacía antes de la entronización del chavismo en el poder. Eso, eso no estaba en los cálculos, como tampoco estaría dentro de los cálculos de los especialistas en política si cualquier día de estos la gente motivada por el hartazgo decidiera botar la lampara y mandar a su genio al mismísimo carajo.




































