Asdrubal Aguiar: La diáspora venezolana, archipiélago doliente

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La nación venezolana –no me refiero a su organización como república, sino a su genuina expresión como odre en el que se juntan el vino viejo de nuestros ancestros con el vino nuevo que nos asegura contar con raíces– es hoy un archipiélago doliente; mejor aún, somos una diáspora adolorida y sin dolientes.

La desaparición de la nación y su atípica tipicidad es un hecho palmario, al menos potencial y en avance. Y sin nación, ni hay ni habrá república doliente. Es esa la consecuencia de que millones de trashumantes hayamos dejado atrás –salvo en la memoria y mientras nos dure– el lugar de nuestros mayores y el origen de nuestros afectos como familias reunidas, como sociedad. Procuramos, es verdad, salvar así y cuando menos el sentido de la patria perdida, pues patria, lo dijo uno de nuestros Padres fundadores civiles, el patricio Miguel J. Sanz, es la que nos “permite ser libres como debe serlo”.


La nación o la patria como su sublimación no es el escudo, tampoco la bandera o el himno común que cada uno de nosotros llevamos a cuestas o en nuestro equipaje para apechugar el dolor. Al caso, diluidos por toda la geografía del planeta, en especial sobre el territorio de las Américas, venimos de un tránsito republicano casi bicentenario que nos hizo seres sin memoria y huérfanos de historia. Todavía más ahora, bajo una civilización global digital cultora de lo instantáneo, que maldice al pasado.

Las espadas, desde cuando instalan su relato épico y luego de la caída de la Primera República –la de 1810 y 1811, hechura de una Ilustración denigrada por aquéllas– ya nos habían moldeado como nación de presente y sin Torá, ahíta de un complejo adánico, sin partida de nacimiento. No por azar, incluso hoy, buscamos al ser que somos sin lograr serlo todavía y de un modo acabado. De allí nuestra apelación constante al traficante de ilusiones, al padre bueno y fuerte que pueda allegarnos su mano salvadora y pródiga en la desventura.

Algunos dicen que nuestra cultura de presente: ese ser y no ser seres acabados al mismo tiempo, derivaría del ser nosotros hijos del mestizaje o, según lo afirmara Francisco Herrera Luque, el nosotros ser como la hallaca, “encrucijada de cien historias distintas: el guiso hispánico, la masa aborigen, la mano esclava, el azúcar del índigo, la aceituna de Judea…”. Pero, al cabo y como lo creo, nuestra grandeza y lo que nos da talante propio y nos abre la posibilidad –hasta ahora extraña para nuestra tradición– de seguir siendo lo que somos en tierra ajena, es ser partes de un mestizaje que vive añadiendo sabores nuevos a su esencia primaria. Es lo que nos hace y lo que nos da la especificidad de ser los venezolanos culturalmente abiertos, libertarios; cosa distinta de lo que aún no alcanzamos a ser, un pueblo democráticamente maduro.

Mal podemos entender o digerir, pues, que siendo raizalmente abiertos a la vez que pioneros en la experiencia de la inmigración –la nuestra fue de blancos de orilla o canarios como se les llamaba, e importante fuente nutricia de nuestro ser desde el lejano siglo XVI hasta que la asume José Antonio Páez como política de Estado– ahora se nos maltrate y humille en las tierras a las que llegamos, padeciendo como etnia de gitanos.

Que cabrá erigirle un monumento a la memoria al presidente colombiano Iván Duque, que ha protegido al grueso de nuestra diáspora, o a Luis Almagro por confiarle a David Smolansky cuidar con celo de apóstol y desde la OEA a los migrantes nuestros, es más que justo y necesario.

Lo protuberante, antes bien y más que recordar que a mediados de los años ‘70 del siglo pasado Venezuela acoge a las poblaciones latinoamericanas purgadas por las dictaduras de las que eran víctimas, o que a inicios de los ‘80 nuestras maternidades sean sitios de acogida de las parturientas venidas desde el Caribe Angloparlante, es la ausencia real de reales dolientes del archipiélago que somos y por parte de quienes se ocupan de los menesteres de poder dentro de nuestra política doméstica. Ser dolientes no es acudir a una frontera para ofrecer el abrazo de ocasión o practicar el narcisismo digital.

Ha de hacerse memoria y tener presente, aquí sí, que Venezuela vio bloqueadas sus costas a inicios del siglo XX bajo el gobierno de Cipriano Castro, a propósito de la protección diplomática ofrecida a sus ciudadanos por las potencias europeas que nos reclamaban por la fuerza los daños irrogados a los derechos de estos durante nuestras revueltas –llamadas revoluciones– del siglo XIX. Y lo que se cuestionó, desde el Derecho internacional, fue el haberse usado la fuerza con ese propósito, que se resume en la idea de que cada Estado puede y debe asumir como daño u ofensa propia la ofensa o el daño que se le irrogue a cada uno de sus nacionales en el extranjero.

No por azar, Estados Unidos, en 1982, a través del mecanismo de la protección diplomática demandó al gobierno de Irán reparar los daños sufridos por Kennet P. Yeager y su familia, quienes fueron expulsados de manera violenta por las autoridades iraníes, contrariando derechos elementales de aquéllos y apalancándose éstas en la tesis de se trataba de un Acto de Estado.

La pregunta huelga: ¿Qué gobierno nuestro, sea usurpador, sea interino, desplazará sus intereses políticos y sobrepondrá los derechos humanos de la diáspora, y reclamará y ejercerá la tutela de estos de una manera formal y frontal ante los gobiernos que reconocen a uno o al otro? ¿A manera de ejemplo, a quién le duele nuestro archipiélago doliente sito en predios chilenos y peruanos cuyas turbas de ciudadanos lo desprecian y maltratan con saña?

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