Marcelo Morán: El sueño de Jesús Luis

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Salinas de la guajira en la troncal del Caribe. 01.08.2016 Fotografía: Dagne Cobo Buschbeck.

Las Parcelas nació de la nada en una selva virgen, hollada apenas por las primeras trochas exploradoras de petróleo (1944). Los colonos venidos de diferentes partes del país se establecieron de manera anárquica en los bordes de las carreteras sin contar con servicios básicos: agua, luz, vivienda. Levantaron sus moradas con los recursos que les daba el mismo entorno hostil.

En esas difíciles atapas de adaptación talaron con prudencia. Después de caer las primeras lluvias sembraron y tuvieron más recursos para subsistir. A medida que la transnacional Shell levantaba sus infraestructuras y aumentaba sus operaciones, se abría un mundo de posibilidades para los parceleros.


Cuando mi madre vino de La Guajira en 1958 e invadió un terreno de tres hectáreas propiedad de la transnacional vivimos esa experiencia. Para entonces pasaba por un borde de la carretera una tubería de 4 pulgadas, que abastecía una de las instalaciones petroleras y, frente a nuestra casa, vivía un hábil plomero con un poco más de treinta años llamado Adán Ferrer, quien ya había ejecutado con éxito una toma clandestina usando un simple punzón con un martillo.

El trabajo de plomería consistía en plantar sobre la base del conducto un tubo vertical de 1 pulgada, doblado en la punta para dispensar el agua y recibía el nombre de pluma. Desde esta pluma los usuarios llenaban y acarreaban agua en recipientes hasta que hallaran los recursos para extender la toma con mangueras o tuberías. El punzón recibía el nombre de “macho” y el trabajo en cubierto podía tomar una o dos hora. Los golpes sobre el tubo producía una resonancia expansiva que se oía en un amplio radio de metros, pero Adán y su cliente de turno tomaban precauciones: vigilaban el paso de los guardianes de la Shell que se desplazaban en una camioneta de color gris, con barandas y chasis muy bajos como el de los Volkswagen. Cuando se acercaba, detenían los martillazos y se ocultaban detrás de los matorrales. Tan pronto se alejaba, reanudaban las labores.

La invención de este solidario fontanero se fue generalizando al punto de que para 1959 todos los vecinos ya disfrutábamos del servicio clandestino de agua.

En ese tiempo ya había ferreterías en Cuatro Bocas, un centro comercial que se desarrolló a pasos agigantados y se encuentra a quince minutos en autobús. Allí se compraba el cemento, las láminas de zinc y los bloques para la construcción de viviendas. En Las Parcelas no hubo casas de barro.


Los primeros maestros albañiles fueron: Francisco, Francisquito Ordóñez, Saúl Bracho, Cilímaco Castro y Ricardo Hernández, que era además barbero y adivino. Estos caballeros fueron los constructores de las primeras casas entre 1950 y 1970.

Tras la nacionalización de la industria petrolera el 1 de enero de 1976, las instalaciones de Campo Mara pasaron a manos de una filial de PDVSA llamada Maraven, y una de sus primeras acciones —para reducir las operaciones en la zona— consistió en eliminar el tendido de agua que alimentaba los sistemas de enfriamiento de unas estaciones de flujos, también desmanteladas en aquel cometido.


De esa manera quedó Las Parcelas sin este servicio vital. Ante ese panorama desolador, el líder comunitario Jesús Luis Ordóñez emprendió una cruzada épica, solitaria, en busca de ese preciado recurso para esta comunidad que había nacido a la buena de Dios y tendría que hacerse sentir a fuerza de gritos como prueba irrefutable de su existencia. “Hay que ir a Maracaibo y adonde sea a tocar puertas, porque el acueducto que buscamos no va a llegar solo”, decía, como si hubiese acuñado esa frase para él mismo en el futuro.

Jesús Luis Ordóñez era un hombre bajito y delgado. Honesto, austero y de modales cautos, pero severo a la hora de reclamar un beneficio en favor de Las Parcelas. Fue militante de Acción Democrática toda la vida y en ese largo paseo por los corredores de la política entabló amistad con muchos dirigentes de la década de los cincuenta, sesenta y setenta.


En ese afán reivindicatorio visitó oficinas regionales de organismos públicos siempre armado de una carpeta marrón y de su fe indomable. Cuando no lo atendían los gerentes o directores, dejaba cartas en las recepciones, redactadas y tipiadas por su hijo Jhonny, que para entonces era un adolescente y despuntaba como su relevo. En el caso específico del agua, en cada reunión o en cada carta, Jesús Luis solicitaba como acto de justicia la construcción de un acueducto, pues Mara albergaba las dos represas más importantes del Zulia: Tulé y Manuelote, que abastecían de agua Maracaibo y al complejo petroquímico El Tablazo en la Costa Oriental del Lago, y en Las Parcelas solo llegaba agua tres veces al año traída por la generosa acción de la lluvia; constituyendo la madre de todas las ironías.


A mediados del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1973-1978) Jesús Luis cifró la esperanza en el nuevo gobernador del estado Zulia, doctor Omar Baralt Méndez, un marense y productor de la zona. Fue una noticia recibida por todos con júbilo, pues los deseos de ver brotar por primera vez el chorro de vida en los patios de Las Parcelas parecían realizables. Pero la expectativa terminó como refiere un dicho muy arraigado: “En alegría de tísico”. Concluyó su período y nunca dio respuesta a las solicitudes enviadas a su despacho a pesar de que el país experimentaba la bonanza petrolera más espectacular de su historia. Período conocido como el de la “Venezuela Saudita”. A pesar de ese diluvio de riqueza invaluable nada se consiguió para el acueducto. Los dirigentes políticos tenían otras prioridades; nadaban encandilados en las delicias de aquel manantial dorado como para ocuparse de un problema de agua en una comunidad que apenas empezaba a aparecer en el mapa, pero contribuía desde 1959 con buena participación en los procesos electorales.


Para mitigar esa necesidad surgió la cisterna de Rómulo Sánchez. Era un vehículo Internacional 600, rojo, de los años cincuenta, parecido a un camión de bomberos y había obtenido en una licitación de la Shell en 1963. A él se unieron los hermanos Ramiro y Fabio Villalobos junto con el joven Alberto Chávez, cuñado de ambos. Estos cuatros camioneros pudieron resolver de manera parcial el problema del agua potable obtenido desde la planta de gas Mara.


A comienzos de 1976 surgió el proyecto del acueducto rural acompañado de la construcción de 23 casas acometido por la Dirección de Malariología y Saneamiento Ambiental (un apéndice del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social). Ambos planes fueron gestionados ante la oficina regional de esa entidad por el líder comunitario Gabriel Molina.


El primero se concretaría al final de ese año y el segundo a comienzos de 1978. Pero los usuarios seguían insatisfechos, descontentos; reclamaban el mismo beneficio otorgado a Maracaibo. Era el momento de retribuirle a Las Parcelas la cuota que le correspondía por pertenecer a Mara. No podían seguir condenados a los designios de aquel viejo refrán: “En casa de herrero cuchillo de palo”.


El agua de esta fuente era un poco salobre y provenía de un pozo artesiano, que a la vuelta de una década no pudo mantenerse por colapso en su vena subterránea. Eso derivó en que toda la década del noventa Las Parcelas volviera a requerir el servicio de los camiones cisternas, esa vez con el apoyo de la Alcaldía de Mara, quien logró asignar uno de gran capacidad.


De aquel malogrado proyecto quedó la estructura de un tanque metálico que se alza a cuarenta metros de altura y ha servido desde entonces para guarecer un productivo colmenar de abejas.


En 2003 el gobierno nacional a través del Ministerio del Poder Popular para el Ambiente, empezó la construcción del embalse Tres Ríos, ubicado en el sector El Laberinto del municipio Jesús Enrique Lossada. Esta fuente surte el acueducto Wuinka (agua, en lengua guajira) por medio de una tubería que se extiende por 70,5 kilómetros hasta la planta potalizadora Wuinpala (lugar donde se almacena agua), ubicada en el sector Cerro Cochino. De allí abastece a seis municipio incluyendo Mara y Maracaibo.


Cuando el acueducto estaba en fase de diseño, los alcalde que reclamaban el servicio para sus poblaciones presentaron propuestas bien soportadas, como el caso del ingeniero Luis Caldera, alcalde de Mara, quien exigió que la aducción se extendiera a La Sierrita, Las Parcelas y otras comunidades, olvidadas durante más de sesenta años de planes de esta naturaleza. Su petición fue considerada e incluida en la monumental obra hídrica que aliviaba de cargas a los viejos embalses de Tulé y Manuelote y abría un capítulo en la historia del municipio Mara.

El 12 de octubre de 2008, el presidente Hugo Chávez inauguró la primera etapa del acueducto con la instalación de una tubería de 16 pulgadas que recorre un rosario de caseríos hasta llegar a El Moján y completa un tendido de 95,5 kilómetros desde el embalse Tres Ríos. Ese día, al fin, pudo observarse la fuerza de aquel torrente providencial que caía como una bendición sobre el suelo más sediento de Venezuela y bañaba de felicidad los rostros pacientes de los marenses.


—¡Llegó el agua! ¡Llegó el agua! —se oía gritar a un grupo montado sobre el conducto que traía bienestar y salud a la Sub Región Guajira.


Pero el destino no le deparó al gestor de ese sueño ver el chorro de vida que hacía florecer nuevas esperanzas en Las Parcelas, elevada en 2009 a la categoría de parroquia: Jesús Luis Ordóñez falleció en Maracaibo, el 21 de febrero de 1987, a los 61 años.

Marcelo Morán