Eugenio Montoro: Los tres papas

128

Por ser actores del presente, a veces nos parece que nuestro mundo no podría estar más enredado. La pandemia le ha puesto especial dinámica a los agobiantes asuntos que ya teníamos y que apreciábamos como insoportables.

            Los medios de comunicación también añaden tensión, pues, por la potencia de los sistemas modernos, se nos mantiene informados de casi todo lo que sucede en el planeta. Así conocemos de como ISIS despescuezó, por TV, a 20 enemigos, la liga LGTBIQ hace una marcha en pro del matrimonio novedoso, interceptan un barco con 3 toneladas de cocaína, mientras que en otro sitio legalizan el cannabis para uso recreacional.

            Las guerras a bombazos o a lo calladito con diplomacia nunca han parado y la tensión entre los países existe por grandes razones y hasta por pendejadas. Por si fuera poco, las tensiones internas en todas las naciones son como la regla que van desde los sesudos asuntos de alta política hasta la molestia del perro nuevo del vecino que no para de ladrar.

            Pero lo que nos puede consolar, o al menos mejorar la perspectiva, es que las cosas también fueron difíciles en el pasado y para demostrarlo comentaremos un conocido episodio de fines de la edad media en Europa.

            Por supuesto los mapas de aquellos tiempos tenían algunos países definidos, pero también muchos pequeños reinados. Resulta que Francia había logrado que la sede del Papa de la Iglesia estuviera en la ciudad de Aviñón y casi todos los Cardenales eran franceses. Muchos consideraban que eran demasiado serviles al monarca francés y en 1378, a la muerte del Pontífice, se celebró un Cónclave para elegir uno nuevo. Este se realizó en Roma rodeado de muchas presiones de las multitudes que exigían tener un Papa italiano. Finalmente se eligió a Urbano VI, pero no mucho tiempo después los Cardenales pensaron que era mejor repetir la elección pues la que se había hecho era como forzada e irregular. Muchos de los Cardenales empezaron a buscar apoyos políticos y, en efecto, decidieron hacer otro Cónclave en la ciudad de Fonsi y eligieron al Papa Clemente VII.

            Como Urbano VI no renunció y nombró nuevos Cardenales, el tener dos Papas obligó a todos los reinos a elegir alguno, mientras otros se declaraban neutrales. El enredo abarcó a todas las naciones y a toda la Iglesia. Los dos Papas se excomulgaron mutuamente y sucedió que las Diócesis tenían dos Obispos, los Monasterios dos Abades, las parroquias dos Párrocos, uno clementino y el otro urbaniano.  

            En 1409 bajo la influencia de las ciudades del norte de Italia y del rey de Francia se hizo un Concilio en la ciudad de Pisa con el objeto de terminar el conflicto y unificar a la Iglesia. El Concilio depuso a los dos Papas y eligió uno nuevo Alejandro V, con lo que se pensó se había solucionado el asunto, pero poco después muchos Cardenales estuvieron de acuerdo de que el Concilio no tenía autoridad para deponer a ningún Papa, así que en vez de mejorar la cosa se puso peor y ahora había tres Papas en funciones.

            En 1410 se forzó a un nuevo Concilio en la ciudad de Constanza y allí se eligió (no sin muchas peleas y tensiones) a Martin V como único Papa de la Iglesia. Uno de los Papas depuestos se llamaba Benedicto XIII el cual nunca quiso renunciar y, ya con pocos seguidores, se retiró a Peñíscola repitiendo ser el único Papa y el XIII hasta que murió a la inusual edad, en esos tiempos, de 94 años. Como anécdota, de allí surgió lo de “mantenerse en sus trece” para significar una posición firme o terca.

            Como si todo este enredo fuese poco, las guerras de sangre eran diarias y, además, la peste negra seguía presente y se estima que mató a unos doscientos millones de personas. Es verdad que tenemos angustiosos problemas, pero, al igual que los del pasado, el tiempo los pondrá casi en el olvido. Saber que somos parte de una usual historia, llena de procesos muy difíciles, nos puede ayudar a evitar las quejas y las distracciones y a mantener la claridad en nuestro objetivo.

            Aunque cueste creerlo, la Iglesia casi se perdió por el llamado Gran Cisma de Occidente. Sus divisiones la enfermaron de muerte y solo una victoriosa unidad la pudo salvar.

A pesar de los 700 años de distancia, esa lección de los Obispos es hoy la apropiada para nosotros. Ningún argumento justifica la desunión cuando de salvar la Patria se trata.   

                                                                             Eugenio Montoro