Julio Portillo: “…De sabios el corregir”.

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Venezuela vive un drama humano inmenso. Hemos vivido en estas dos primeras décadas del siglo XXI, el régimen más despiadado, que haya conocido país alguno en la América Latina.

Dice el escritor suizo, Profesor de la Universidad de Ginebra Henri Amiel, que “un error es tanto más peligroso cuanto mayor sea la verdad que contenga”. Errores cometemos todos. Inefable, en Dogmas de Fe, solo es el Papa. El último documento de la Conferencia Episcopal Venezolana se inscribe en lo que se conoce como Anfibología. Es decir, es un juego de palabras, ambigüedad y puede llegar al desacierto.

La Iglesia Católica es elemento constitutivo de nacionalidad. A ella debemos las primeras escuelas, hospitales, acueductos, universidades, participación en la independencia, defensa de la libertad y de la dignidad humana. Los Obispos son hombres de carne y huesos. Se pueden equivocar. Han sufrido históricamente en Venezuela persecución, exilios, cárceles. Han acompañado el proceso venezolano en el tiempo.

En los veinte años de dictadura que sufrimos aun, los Obispos han denunciado con valentía los atropellos. La Iglesia Católica es el grupo de presión con mayor prestigio. Por eso cualquier declaración de estos pastores, es escuchada. Razón por la cual un desacierto les duele a sus fieles. La mayoría de la Opinión Pública rechaza las elecciones convocadas por la dictadura para diciembre.

Frente a esta convocatoria no se simplemente una cuestión de abstención. Es que esta inmoralidad ha comportado la designación ilegal de Rectores del Consejo Nacional Electoral, la no depuración del registro, el secuestro de partidos políticos, la contratación interesada de empresas multinacionales para la validación, la oposición a observación internacional, no se puede tapar el sol con un dedo y decírsenos que “a pesar de estas irregularidades hay que participar”. No, rechazamos esto. Lo hacemos severamente y no indulgentes. El exceso de prudencia es cobardía, porque esta predica persuasiva puede ser dañina.

Pero si lo que pretenden los Obispos es lograr que el pueblo venezolano “despierte y reaccione” lo han logrado y esto es positivo. Es acertado saber que a pesar que el régimen maneja a la población por el vientre, como esclavos del estómago, la inteligencia nacional, el gentilicio patrio, adversa, aunque por ahora con palabras, la malicia de la dictadura, la exagerada adulación de los funcionarios al usurpador, que es la prueba inequívoca del despotismo.

El documento de los Obispos le hace un llamado a la oposición. Deben producir la unidad efectiva. Organizar la resistencia. Aumentar la lucha hasta lograr la sustitución de la tiranía. El patriotismo debe tener resultados prácticos. Los Obispos no quieren una Venezuela convertida en la Fuenteovejuna de Lope de Vega con sangre en las calles. Pero Santo Tomás de Aquino autoriza la desobediencia civil y la resistencia al tirano. Y eso no es solamente oración. No puede haber silencio frente a la catástrofe que vive Venezuela.

Somos un país vasallo, solo hay ruinas, campos sin cultivo, empresas quebradas, devastación y miseria, desolación en lugar de lo que ayer era animación y vida.
Falta de agua, electricidad, gasolina, hospitales, transporte, teléfonos, moneda nacional, estamos mandados por hombres iletrados.

Señores Obispos: dicen pensadores acertados que “Nunca es tiempo perdido el que se emplea en escuchar con humildad cosas que no se entienden”. “Que el error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea” y que “Cuando la mayoría te diga que has cometido un error, no vaciles en repararlo, porque solo reparándolo tendrás la conciencia tranquila”. Es necesaria una aclaratoria.