Hasta la llegada del chavismo en 1999, los venezolanos rara vez emigraban. Incluso el país se había convertido en receptor por excelencia, la prueba es la cantidad de colonias de todo el mundo que convivían en su territorio. Hasta principios del siglo XX, los 917 mil kilómetros cuadrados tenían poca población, la mayor parte de la geografía estaba despoblada lo que impulsó el plan de incentivos de inmigrantes ejecutado por sus gobernantes, principalmente de Europa: Italia, España y Portugal.
Incluso con el advenimiento de la industria petrolera hace poco más de un siglo, otras colonias como la inglesa, la holandesa, la norteamericana, la colombiana, la trinitaria, etc, crecieron, incubando un mosaico cultural que hace muy particular regiones como la zuliana o el oriente de Venezuela, en donde las mezclas físicas y culturales generaron estructuras sociales muy particulares.
Por eso explicar superficialmente el fenómeno de la diáspora es irresponsable y tergiversa la historia nacional. Que ocho millones de venezolanos huyeran de la situación crítica política, económica y de seguridad personal es un hecho complejo con múltiples explicaciones, que empujaron hacia otros horizontes a una población acostumbrada a vivir con ciertas condiciones materiales que lo diferenciaban del resto de las naciones del continente.
¿Qué llevó entonces al país a someterse a un régimen que destapó los bajos instintos de una sociedad cómoda, acostumbrada a coger los mangos bajitos como dice Gustavo Coronel, adormecida por un falso mito de riqueza, y que condujo a su población a huir de su crisis? No es fácil comprender que los venezolanos se lanzaran a vivir y vender lo que sea en las calles de muchas ciudades del continente y de Europa, a expresar sus miserias humanas, a cruzar la peligrosa selva del Darién en la frontera entre Colombia y Panamá, arriesgando sus vidas y las de hijos.
Hay que alcanzar grados sublimes de desesperación para emprender tamañas aventuras que causaron la destrucción de familias y la muerte de cientos de venezolanos en su travesía por regiones plagadas por enfermedades y animales.
Criticar una decisión personal de ese tamaño es contradictorio, pero es más terrible que sean los mismos venezolanos radicados en Estados Unidos los que adversen a sus compatriotas y justifiquen la violación de sus derechos humanos, como lo está haciendo el gobierno de Donald Trump para obligarlos a regresar a un país plagado de los males que fundamentan el Estado de Terror impuesto por el chavismo, solo para justificar su alocada y absurda idea de haber salvado a Venezuela de Nicolás Maduro y hacer felices a los venezolanos.
Existen suficientes hechos que demuestran los ataques del gobierno de Donald Trump contra los venezolanos radicados en EUA, sin que ninguna instancia internacional o local los proteja, tampoco se observan a los políticos opositores o presidentes de algún país amigo rechazando sus desmanes, no lo hacen por miedo a los embates del mandatario norteamericano; igualmente es evidente que la prioridad de Washington no son los venezolanos, tampoco la democracia, sus intereses son meramente económicos y estratégicos, con el agravante de la opacidad que existe en el manejo de los recursos provenientes de la venta de petróleo.
Pero ¿qué llevó a Venezuela a esta situación de destrucción nacional, qué factores incidieron en llevar a los venezolanos a su propia guillotina y abandonar a su país? Referenciando la explicación del periodista español, Constantino de Madrid, la experiencia totalitaria de la ciudad alemana de Munster en 1534 puede extrapolarse al caso venezolano, porque una minoría de iluminados (chavistas) destruyó el orden existente, estableció cómo debían vivir los demás manipulando los ingresos petroleros, persiguió la crítica y la academia, justificó todo con promesas irresistibles de construcción del “paraíso”, creando al nuevo hombre con nuevas universidades y leyes, y supuestamente distribuyendo justamente la famosa renta petrolera.
En Venezuela, tal como sucedió en Munster, el chavismo manipuló el bolívar, confiscó bienes, con el terror expulsó a quienes rechazaban la nueva fe, encarceló, torturó y asesinó a disidentes, destruyó los contratos colectivos, impuso libros tergiversando la historia y coronó a un rey rodeado de privilegios y riquezas (Hugo Chávez y Nicolás Maduro), mientras las mayorías pasaban hambre y necesidades; construyeron una dictadura basada en el terror, la destrucción de las instituciones responsables de establecer los límites de los poderes, lo sorprendente fue la facilidad con la que la población obedeció y aclamó a sus dirigentes, entregando su libertad por miedo; la pasividad ciudadana la generó la dependencia de las prebendas generadas por los ingresos y manejos de los petrodólares.
El Estado de Terror combinado con el control sobre los ingresos petroleros generan miedos paralizantes. La sociedad venezolana está decepcionada con su dirigencia política, con quienes eran llamados a ser sus aliados externos; al correrse la cortina de la obra teatral, el pueblo que se ha usado para justificar intereses particulares, observó con resignación el triste espectáculo de una oposición desdibujada y un Tramp más interesado en el petróleo y otras riquezas minerales, y no en sus condiciones humanas y democráticas.
Quizás el planteamiento del filósofo alemán, Erich Fromm (1900-1980) explica un poco los temores que impregnan el camino que conduce hacia la búsqueda de la libertad, entendiendo que esas emociones se fundamentan en las pérdidas ocurridas en las tres últimas décadas, producto de la destrucción del modelo creado por la cultura petrolera, expresado en las autoridades, las tradiciones, las instituciones, la cultura que gobernaba las formas de vivir. Cambiar esa realidad para ser libre, no es fácil, es incómodo y cuesta, porque obliga a las personas a ganar autonomía.
De tamañas acciones individuales y sociales surge la necesidad de decidir por si mismo la sociedad post, pero buscar esa opción también puede generar una tentación de someterse nuevamente a un algo o alguien, o adaptarse al entorno con los vicios de la cultura petrolera; una trampa que puede llevar al engaño del “somos libres, porque aparentamos ser libres de tomar las decisiones”; pero no es así, porque el individuo está influenciado por el mundo que lo rodea y eso lo presiona a pensar, moldear el mundo o actuar influenciado por los mismos factores que lo llevaron a tres décadas de chavismo.
En esa disyuntiva, Fromm, plantea la pregunta ¿Cuánto de lo que pensamos realmente lo decidimos nosotros, porque ser diferente implica desarrollar nuestras capacidades de pensar, elegir y pensar desde sí mismo? Este último punto, es el más difícil porque implica preguntarse ¿Qué quiero hacer yo y la sociedad venezolana?
Aprovechando la experiencia de millones de venezolanos que huyeron de su país por distintas razones, se puede construir una Venezuela diferente. Ese inmigrante que lloró su partida, entendió que el trabajo transforma al mundo y lo transforma a él, partiendo de la visión del filósofo alemán Friedrich Hegel.
La tragedia de la Venezuela petrolera fue hacer instituciones que permitieron construir a los amos que corrompieron y controlan su vida; revertir esa situación implica armar una nación sin esa nomenclatura, con instituciones y leyes verdaderas que controlen, limiten y sancionen los desmanes de quienes abusen del poder; a su vez, los ciudadanos con pensamiento demócrata tendrán que entender desde su conciencia individual, que su papel activo es ir más allá del ¿qué me dará el gobierno? superando esa condición pasiva que solo lo limita a esperar que un amo benévolo y controlador del ingreso petrolero, le dé una prebenda.
@hdelgado10



































