Hay personajes que uno quisiera entender a través de su ideología, de un estilo propio, su maestría en determinados oficios, o por su talento en el arte, pero con Leopoldo Alejandro Betancourt López eso no pasa.
Betancourt pertenece a una categoría mucho más venezolana y, por eso mismo mucho más difícil de clasificar: el sifrino malandro del subdesarrollo con castillo incluido.
Es ese espécimen que puede entrar a una finca española vestido de niño rico, hablar de negocios con acento internacional, tomarse una foto con gente de la alta sociedad y, al mismo tiempo, entender perfectamente cómo funciona el alcantarillado.
Porque una cosa es ser empresario y otra muy distinta es descubrir que el caos y la oscuridad de los apagones también cotizan en bolsa.
A los 46 años, Betancourt no parece el resultado de una larga carrera industrial. Su especialidad no es perforar pozos ni rediseñar refinerías. No tiene maestrías ni doctorado, pero su especialidad parece ser otra: llegar exactamente cuando el Estado se muestra desesperado, encontrar la puerta entreabierta y entrar con la factura en la mano.
En 2009 ocurrió el primer gran episodio. Venezuela se apagaba en medio de una gran crisis eléctrica. Chávez anunciaba su repetida fábula del nuevo mundo multipolar, donde Venezuela se convertiría en un país con la potencia y la electricidad del primer mundo, y en medio de todo ese humo apareció Derwick Associates.
Una empresa prácticamente desconocida recibió doce contratos multimillonarios del gobierno de Hugo Chávez para atender la emergencia eléctrica.
Turbinas, plantas, contratos y miles de millones de dólares después, el país seguía preguntándose por qué había pagado tanto para seguir sumergido en la oscuridad. Fue un estafa realizada por muchachos caraqueños bien trajeados, con corbata y zapatos de marca. De allí nació el apodo de la banda: Los bolichicos.

Una criatura venezolana bastante particular: mucho apellido, mucho colegio privado, mucha finca, mucho jet y, de pronto, descubres que el negocio consiste en venderle al Estado populista una ficción de primer mundo que le permitiera fortalecer su narrativa y hacerle creer al país que avanzábamos hacia alguna parte con la chatarra socialista del siglo 21. Pero avanzábamos hacia la nada mientras caíamos en el fango de la distracción y disimulo.
El negocio ya lo había descrito décadas atrás con mucha anticipación el maestro José Ignacio Cabrujas. “El disimulo es el rasgo central de la sociedad venezolana, donde el Estado y las instituciones operan como una gran simulación, como un gran truco”, y los bolichicos fueron eso, los magos del falsete que hicieron aparecer la luz.
La estafa consistió en que los fundadores de Derwick Associates, los primos Leopoldo Alejandro Betancourt López y Pedro Trebbau López, no tenían ninguna experiencia previa en el sector eléctrico. Su modus operandi consistió en subcontratar en secreto a la compañía estadounidense ProEnergy Services, para realizar el verdadero trabajo técnico y proveer las turbinas.
Compraron equipos usados y obsoletos en el extranjero y los revendieron al Estado venezolano con sobreprecios masivos de hasta un 138% y 230%, obviamente con complicidad interna. Muchas de las plantas nunca funcionaron de manera óptima e inmediatamente quedaron inoperativas, profundizando mucho más la crisis eléctrica del país.
Derwick Associates obtuvo entre 11 y 12 contratos con entidades estatales como Corpoelec, PDVSA y la Corporación Venezolana de Guayana, con un valor estimado entre los 2.000 millones y 2.100 millones de dólares. De acuerdo con un informe de Transparencia Venezuela, la factura final que el gobierno de Chávez terminó pagando fue de 5 mil millones de dólares. Derwick admitió haber obtenido una ganancia neta directa de 274 millones de dólares solo por estos proyectos termoeléctricos.
En 2011 el diario Últimas Noticias y la investigación periodística titulada «La trampa eléctrica» expusieron por primera vez las irregularidades técnicas, la falta de experiencia de los directivos y las sobrefacturaciones de Derwick. En 2013 Otto Reich, diplomático norteamericano presentó una demanda civil en Nueva York acusando formalmente a los ejecutivos de Derwick de pagar sobornos a funcionarios venezolanos a cambio de los contratos. En agosto de 2014 The Wall Street Journal reveló investigaciones criminales de la Fiscalía Federal de EEUU y el Estado de Nueva York contra Derwick por violaciones bancarias y lavado de dinero.
Durante años, Betancourt desarrolló una habilidad que en cualquier universidad de negocios llamarían networking: conoció chavistas, opositores, estadounidenses, rusos y tenía cierta predilección por los presidentes interinos.
En 2019, mientras alojaba en España al abogado y exalcalde de Nueva York, Rudy Giuliani en su castillo y viajaba discretamente a Moscú para explorar contactos con el Kremlin, se acercaba a sectores vinculados con Juan Guaidó, gracias a su primo Leopoldo López.
En 2020, Jorge Rodríguez, hermano de Delcy, llamó públicamente a Alejandro Betancourt “ladrón corrupto”.
Y en 2022, el propio gobierno venezolano le quitó a su grupo la participación en Petrozamora. Su primera incursión petrolera con los rusos de Gazprombank.
Betancourt reapareció en 2024 gracias a la mediación de José Luis Rodríguez Zapatero y de la mano de un nuevo socio, el empresario estadounidense Harry Sargeant III, quien entro al negocio de la mano del dictador Maduro con un nuevo contrato de participación productiva, porque casualmente en abril de ese año Washington levantó temporalmente las sanciones petroleras.
Su máxima empresarial debe ser algo como “El mundo es de los vivos”, porque Betancourt no se ha perdido ninguna oportunidad.
Cuando llegó el momento de la captura de Maduro por parte de las Fuerzas Delta de EEUU y comenzó a hablarse de la transición venezolana, Betancourt no parecía estar dispuesto a esperar. Comenzó a comprar taladros y equipos de perforación y llamó a Delcy Rodríguez. Lo demás es un capítulo memorable de la historia del “arribismo” de los últimos 9 meses.
Con Maduro fuera del poder y Washington buscando recuperar producción petrolera, se presentó gracias a las relaciones de su socio estadounidense en Nabep, Harry Sargeant III, como los empresarios capaces de sacar el petróleo en Venezuela. Luego de conocer a Trump, Betancourt logró sacar a su socio Harry Sargeant III de la ecuación.
Betancourt adquirió la totalidad de las acciones de la compañía y Sargeant terminó sancionado.
De modo que aquel que parecía ser el socio estadounidense terminó mirando el negocio desde la acera de enfrente. Eso en Venezuela tiene una expresión muy antigua: “Estas tumbao!!”
Pero aquí es donde la historia adquiere dimensiones casi surrealistas, porque, según la información que ha circulado sobre la nueva estructura, Betancourt colocó en una extraña maniobra al propio aparato de seguridad estadounidense dentro de la arquitectura empresarial de su proyecto con un 35% de las acciones.
El empresario que durante años evitó pisar Estados Unidos por temor a investigaciones judiciales terminó negociando en Washington.
Y el hombre que alguna vez fue presentado como parte del problema terminó apareciendo como parte de la solución petrolera. Eso sí es una hazaña del “vivismo criollo”: convertir el expediente en credencial.
La alta sociedad caraqueña a la que pertenece lo señaló de ladrón y ahora aparecía negociando con Washington. En un momento estuvo cerca del gobierno interino de Juan Guaidó mientras hacía negocios con sus contactos en Moscú, y se colaba en las mesas de negocios de los empresarios petroleros estadounidenses y en las reuniones políticas con los altos funcionarios del gobierno de Trump I.
De forma relampagueante se convirtió en la ficha de los negocios petroleros del nuevo poder venezolano del Rodrigato, tutelado por EEUU, al mejor estilo del personaje de la saga de Jonathan Jakubowicz, Las aventuras de Juan Planchard (2016) y su secuela, La venganza de Juan Planchard (2020).
Delcy Rodríguez incluso terminó destacándolo públicamente junto al Secretario de Energía estadounidense, Chris Wright.
Uno ya no sabe si estamos ante un empresario petrolero, un diplomático, un operador político o el protagonista de una telenovela venezolana que se quedó sin presupuesto para inventarse otros personajes.
Pero quizás ahí está precisamente la clave. Betancourt no representa solamente a Betancourt. Representa una forma de hacer negocios en un país donde las instituciones se derrumban y, cuando las instituciones desaparecen, aparecen los intermediarios, los gestores, los que arman todo con aquella osadía sobreactuada, sin saber nada de nada.
El problema no es que el hombre tenga contactos. El problema es cuando los contactos terminan sustituyendo a las instituciones.
Porque entonces ya no importa quién gane unas elecciones, quién controla una empresa o quién administra el Estado. Importa quién tiene el teléfono del contacto que decide.
Y creo que esa es la verdadera anatomía del personaje. No la del “gran magnate petrolero”. No la del villano de caricatura, sino la del sifrino malandro del subdesarrollo con castillo incluido.
El muchacho que aprendió en los colegios de la élite que hay que hablar fino, vestirse bien y codearse con gente importante; pero que también descubrió, mucho más temprano, que en un país en ruinas siempre aparece alguien dispuesto a pagar una fortuna por el que sepa atravesar la alcantarilla.
Y mientras en Venezuela se discute para cuando serán las sufridas elecciones para elegir un nuevo gobierno celestial, fuera de este mundo, con una mesías que resolverá todos nuestros problemas, Betancourt y las nuevas copias sofisticadas del “vivismo criollo” procurarán estar sentados en la mesa de quien firma los cheques y bate el chocolate.
@damasojimenez




































