Ángel Lombardi Boscán: El Nazismo, 1918 – 1945

243

El nazismo es un recordatorio del mal. Y que al mal sólo se le puede derrotar enfrentándolo y acabándolo de raíz. No se puede confraternizar con los verdugos o concederle una humanidad que les niega a los otros. Cuando se transgrede la compasión descendemos a los territorios de la insania. Además, el nazismo es una amenaza latente como proyecto autoritario modélico que socava la democracia desde adentro para devenir en cárcel, exilio y dictadura para los ciudadanos de cualquier época presente o futura.

         El nazismo colonizó al Estado alemán desmontando la República de Weimar (1918-1933) que fue incapaz de procesar sanamente desde un punto de vista social e histórico los terribles dolores de la traumática derrota de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) sin que el territorio alemán hubiera sido invadido por los aliados victoriosos. La tesis de la “puñalada por la espalda” de Von Hindenburg, trasladó la culpa de la derrota a los civiles y políticos socialdemócratas, lavando las manchas del ejercito heroico de cepa prusiana. Como siempre los actores históricos que pueden ofrecer sus puntos de vista e imponerlos, soslayan el hecho fundamental, que Alemania en 1914, fue un país acomplejado y resentido por el despliegue colonial mundial de Inglaterra y Francia y que procuró disputarle el predominio geopolítico europeo y mundial.

         El arquitecto del Nazismo y su principal líder fue Adolfo Hitler (1889-1945), un personaje anti histórico, que quizás sea la principal figura del Siglo XX pasado en su formato de villano. Otra hubiese sido la historia de haber vencido. Recordemos que en la historia los héroes y traidores se intercambian no tanto por sus hechos buenos o malos sino por la capacidad de imponer versiones blancas sus legatarios.

         Hitler, fue un político habilidoso e intuitivo, ambicioso y voraz en eso de creerse predestinado a un destino mesiánico de grandeza. Su fe en la victoria y su propia autoconfianza sustentado en una autoestima construida por el resentimiento del outsider social, le sirvió para presentarse como abanderado de una venganza nacional ante los países que humillaron a la Gran Alemania a través del Tratado de Versalles (1919). Por cierto, es bueno acotar, que los alemanes impusieron a los rusos su propio Tratado de Versalles con la llamada paz de Brest-Litovsk en 1918, que incluso para algunos estudiosos, fue aún más leonino.

         La Weltanschauung teutona abarcó la construcción de un imaginario simbólico acerca de una raza aria pura y nórdica que tenía que cumplir con su propio Destino Manifiesto a través del Lebensraum o Espacio Vital que implicaba el sometimiento de los pueblos étnicamente inferiores ubicados en el este europeo, básicamente los eslavos. Razón por la cual esta idea fija implicó para Hitler su propio Waterloo. Lavado el honor mancillado contra Francia e Inglaterra en 1940 y haciendo desfilar a sus tropas en los Campos Elíseos en París; la Operación Barbarroja (1941): supuso el auto suicidio del nazismo arrastrado por su desmedida ambición de conquistar al mundo e imponer la supremacía aria.

         Todo esto hoy nos sorprende bajo una pedagogía moderna ilustrada que encuentra en el refugio democrático con sus libertades consagradas un dique de contención al desmadre autoritario. No obstante, es bueno dejar por sentado que la locura humana como atentado permanente de unos contra otros, es la sal de la tierra. Y que aún no encontramos el antídoto institucional razonable de una humanidad capaz de erradicar la amenaza de la guerra y los gobiernos delincuentes.

         La psiquiatría histórica es un territorio virgen. Un derivado de una historia de las mentalidades que debería tener como tarea primordial la de ser capaz de hurgar en el inconsciente colectivo de las épocas y sus traumas y perturbaciones psicológicas: esos impulsos invisibles de enojo y odio reprimidos que van tallando las tormentas sociológicas que son desgracias recurrentes.

         Hitler fue un golpista fallido en 1923 y un falso demócrata en 1933 cuando fue investido como Canciller. Entendió que para conquistar el poder absoluto había que socavar desde adentro la propia institucionalidad preexistente y más luego imponer arbitrariamente la propia. Este libreto es harto conocido ya y paradigmático en casi todas las revoluciones, desde las emblemáticas: 1789 y 1917, hasta las del presente en que se aspira imponer un Nuevo Orden. Hitler y el Partido Nazi denominó esto como: “política de legalidad”.

         El Partido Nazi explotó el nacionalismo y el antisemitismo desde una propaganda furibunda y la creación de instituciones paralelas como las Juventudes Hitlerianas, las SA o Camisas Pardas como bandas armadas de choque y las muy temidas SS como ejercito personal y guardia pretoriana del Führer, además de suprimir todas las libertades públicas y civiles consagradas en la democracia. La Gestapo, como policía política, inauguró los tristes celebres Campos de Concentración primero para encarcelar a los disidentes políticos y más luego para aplicar la “Solución Final”: el exterminio de millones de judíos y otros pueblos “inferiores”.

         Cumplido el proyecto de someter bajo su puño a toda la sociedad alemana entera desde la nueva legalidad Nazi, Hitler pasó a colonizar a la única fuerza real que podía socavar su dominio en caso de rebelión: el ejército. “Juro por Dios este santo juramento: otorgaré mi incondicional obediencia al Führer del Reich del pueblo alemán, Adolf Hitler, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y estaré dispuesto como bravo soldado a entregar mi vida en cualquier momento por este juramento”. Con esto, más el rearme no tan clandestino, la máquina de guerra Nazi se aceitó para hacer derramar lágrimas al mundo a partir del fatídico año 1939.

         El estudio de Michael J. Thornton sobre el nazismo es lucido y penetrante sin necesidad de abrumarnos con citas desencajadas y arroja una conclusión vigente para éste siglo XXI abrumado por los viejos y nuevos autoritarismos que tienen como bandera la maldad. “El nazismo fue una corrupción y una degradación del espíritu humano y los alemanes no son los únicos sujetos a este peligro. Se ha apuntado que doquiera que fueron encontraron activos colaboradores. La esencia del nazismo subyace en todo país o institución en la que los hombres retienen un poder arbitrario, en el que los individuos son hechos prisioneros sin juicio previo o la policía maltrata a los que arresta. El nazismo sobrevivirá y tenderá a resurgir si la humanidad olvida todo esto y aparta la vista de ello, como lo hicieron muchos alemanes en los años treinta y cuarenta. En el siglo XVIII, Edmund Burke, afirmó la responsabilidad del hombre con harta claridad: “Para que el mal medre, basta que las buenas personas no hagan nada para impedirlo”.

DR. ANGEL RAFAEL LOMBARDI BOSCAN

@LOMBARDIBOSCAN

Director del Centro de Estudios Históricos de la Universidad del Zulia