José Aranguibel: ¿Un lago que ha resistido a morirse?

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“El circo sigue mientras haya quien le aplauda a los payasos.” Juan Miguel Avalos

Debe ser una cifra nada fácil de saber, pero sería interesante conocer cuántos poetas y compositores le han escrito al Lago de Maracaibo por su belleza, majestuosidad o por su moribundo destino desde que en 1914 su cuenca ha sido sometida a extraerle el Oro Negro y a lo largo de los años lo hemos convertido en vertedero de basura, residuos, derrames y contaminantes, contrariamente a lo que ha debido ser una verdadera protección de gobiernos, sector privado y por lo que más duele a la mirada indiferente de los zulianos —con las debidas excepciones— carentes de una conciencia ambientalista desde el hogar y la escuela.

Mucha vida o quizá muy poca le quede a este estuario privilegio natural de la humanidad,  Latinoamérica, Venezuela, estados y ciudades ribereñas que no han valorado lo suficiente, a decir verdad, el progresivo deterioro que ha sufrido el Lago de Maracaibo que ha transformado el color de sus aguas y la desaparición de muchas especies de su flora y fauna. A lo mejor algunos de quienes hoy leen este texto en su infancia fueron testigos en cualquier ribera lacustre de penetrar con su mirada las cristalinas aguas y ver a poca profundidad peces, cangrejos, caracoles y algas. Eso hoy debe ser bien difícil y ni siquiera lo que en la infancia conocíamos cómo “sapitos” —pez globo lacustre— podrán apreciarse para pescar uno y frotarle el abdomen como lo hicimos más de una vez en años de travesuras infantiles.

Mérida, Trujillo y el Zulia dejaron de ser, después del descubrimiento del petróleo, tranquilos y apacibles estados agrícolas de Venezuela con muy escasa población que luego creció y vio nacer ciudades en sus riberas con las consabidas consecuencias, cuando desde entonces privó más el lucro y las ganancias que un “desarrollo” armónico sin agredir al entorno. Esa buena suerte no la tuvo ni la ha tenido nuestro lago marabino, venido a menos por la contaminación de sus aguas y la muerte de sus especies. Eso es lo cierto y las culpas del deterioro del lago habrá de señalar la historia a responsables por no haber movido un dedo para promover una educación ambientalista y la edificación de infraestructura para que las cargas de muerte que siguen cayendo a cada hora, minuto y segundo por lo menos estén procesadas y no dañen su ecosistema. La realidad es que esa no ha sido la norma sino más bien el seguir y seguir corriendo la arruga a pesar de que nuestra legislación ambiental es muy clara, pero por algo nos dice la conseja popular que ___el papel lo aguanta todo.___

Sin embargo, en esta historia de nunca acabar de la contaminación lacustre sería mezquino no reconocer la existencia de ONG y grupos ambientalistas que hoy promueven y trabajan con las uñas en anonimato para lograr que la muerte de esta belleza natural que Papá Dios nos regaló a los zulianos y venezolanos no termine de ser destruida. Así también hay que reconocer la voluntad de hombres públicos, gerentes, que en su momento aportaron su esfuerzo para convertirse en soldados de una causa de proteger este reservorio de agua. Nerio Adrianza Rosales, en la década de 1980, dirigió el Instituto para el Control y Conservación Hidrográfica del Lago de Maracaibo, Iclam, y Pablo Emilio Colmenares,—merideño de nacimiento pero con certificado de zulianidad— desde el Ministerio del Ambiente, formaron un equipo a tiempo completo por la causa conservacionista del Lago de Maracaibo y de otros ecosistemas del Zulia. Ellos juntos con el exgobernador del Zulia, Omar Barboza Gutiérrez entraron a las páginas de la defensa del lago, porque quien esto escribe, —no fue que me lo dijeron, sino que fui testigo— estuvo en la entrega inaugural de modernas plantas de tratamiento de aguas negras en los municipios Miranda, Santa Rita, Cabimas, Lagunillas, Baralt, Perijá, La Cañada y Mara. Otros aportes por iniciativa de sectores privados también fueron incorporadas en ese momento de ganancia para el lago. Asimismo, la Zona XV de Malariología y Saneamiento Ambiental del Ministerio de Sanidad—desaparecida y pulverizada por la Revolución Bonita— dirigida por otro gerente que no está hoy entre nosotros, ingeniero Orlando Parra, construyó en el Sur del Lago y otras zonas del Zulia plantas de oxidación donde se recogía el agua cloacal urbana que era vertida a muchos de los ríos que desembocan en el lago. No soy pesimista pero creo que poco o nada debe quedar de esas plantas de tratamiento. El Iclam —creado por decreto el 28 de diciembre de 1981— ya en esta Revolución Bonita ni lo nombran o que ha hecho o hace este organismo y el gobierno por preservar el Lago de Maracaibo desde hace 22 años cuando llegaron a Miraflores. A menos que sea un secreto bien guardado, a lo mejor cuando los venezolanos conozcamos el “testamento” de la Revolución Bonita, se sabrá la carga genética de los revolucionarios en defensa del Lago de Maracaibo y del ambiente venezolano, pero como decía mi padre _para lo que hay que ver no hacen faltan anteojos_. Y qué decir hoy de muchos revolucionarios que han pasado por cargos de gobierno o forman parte del proceso que no salían de visitar los periódicos y programas de opinión de radio y TV fustigando a los gobiernos de la IV República que no hacían nada por salvar al lago. Hoy ni se les ve asomados por una ventana ni diciendo algo a favor del mismo lago que ellos ayer “defendían”.

Mientras tanto, a diferencia de titulares de los medios de comunicación que reseñen acciones o planes serios de recuperación del Lago de Maracaibo en el año 21 del siglo XXI, lo que leemos son noticias sobre actos criminales que navegan en sus aguas con la proliferación de verdaderas bandas de antisociales robando no sólo en tierra firme, sino matando en las aguas a los casi extintos pescadores artesanales que aún sobreviven. También dan cuenta los medios y redes sociales acerca de bandoleros que terminan de desmantelar el cementerio de estaciones o complejos petroleros de una arruinada PDVSA convertida en la principal contaminante del Lago de Maracaibo. Dígame leer noticias originadas en sus aguas como esa de hace semanas, cuando —uno no sabe si reír o llorar— un grupo de oficiales del CPEZ en labores de patrullaje por obra y gracia de la inseguridad personal una banda de hampones los emboscó, secuestró y los despojó de sus pertenencias y dotación de armamento.  Esos delincuentes con su acción no hicieron otra cosa que no sea enviar un mensaje de impunidad por sus fechorías en claro desafío a anuncios y ruedas de prensa del gobernador y organismos de seguridad acerca de la lucha contra la delincuencia organizada que en el estado Zulia anda desde hace rato con el moño suelto.

José Aranguibel Carrasco