Hugo Delgado: A largo plazo

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La destrucción de las universidades como centros de formación de profesiones y generación de conocimientos, de los liceos, escuelas y de los medios de comunicación social, no es producto de la improvisación, ineficiencia y la corrupción chavista. “El plan a 21 años” no era un anuncio casual de Hugo Chávez, era el lapso estimado para arrinconar a los enemigos de su paquidérmico modelo obsoleto, centralista y corrupto, con el cual sepultaría a la democracia venezolana, que se vendió como novedoso (socialismo del siglo XXI), pero que no es más que la mezcla de la dictadura de Fidel Castro y las enfermedades que ya crecían en el interior de su modelo petrolero.

Pero esta experiencia no es novedosa en la historia del mundo. Es la eterna lucha entre la razón y la tiranía, la civilización y la barbarie. Harto conocidas las consecuencias de la propaganda y la psicología persuasiva, el abuso de los monopolios económicos y políticos, y de las amenazas de los medios electrónicos –en especial Internet y sus redes sociales-, es de vital importancia el ejercicio intelectual para que en la democracia liberal, el imperio de la ley, la razón y la verdad, se fundamenten en la educación y la prensa, herramientas estas que estimulan el funcionamiento del libre del mercado de las ideas, la afluencia de los cuestionamientos y la vigilancia de la función pública, acciones nada atractivas para los regímenes con visos dictatoriales.

El ex rector de la Universidad del Zulia, Neuro Villalobos (Educar con optimismo, venezuelausa.org 18/03/2021) explica la importancia que tiene hoy el desarrollo de los sistemas educativos para afianzar la democracia y el progreso de las naciones: “La ciencia pudo escanear el cerebro mientras piensa. Un cable de fibras neuronales permite que trabajen en equipo. Hoy la inteligencia se perfecciona con la tecnología y el poder del hombre está ligado con la lectura. La neuro imaginación es el camino para poner en juego la capacidad que tiene el cerebro para autoformatearse con la educación y la experiencia, afirman. La educación en valores permite la formación de ciudadanos libres, de ciudadanos para vivir en democracia. Estos elementos obligan a un cambio sustancial en nuestra educación”.


Sin dudas, la cultura euro y anglo centristas, nutrida por miles de años de evolución del pensamiento humano, es la síntesis más grande alcanzada por el hombre. Abrió las puertas para el desarrollo de la tecnología y la investigación, haciendo del hombre un ser con infinitas posibilidades, que solo depende de su voluntad para utilizar su cerebro, tal como lo dice Villalobos; por eso la confrontación en el mundo actual, es por la supremacía de la libertad como fuente de emprendimiento, creatividad e innovación; el conocimiento, la razón y el desarrollo biotecnológico.


“¿Qué hacer?”, dice Yuval Noah Harari (El País, 6 de enero de 2019), “Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es la que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI”.


En el caso de Iberoamérica, decía recientemente Andrés Openhaimer, en materia de educación muestra un rezago producto de su permanente “revisión histórica”. La izquierda resentida se apoderó del sistema educativo, la reivindicación y la justicia, y muestra sus visos de inestabilidad. Producto de esa filtración en las universidades – a través de sus egresados-, la prensa y los sistemas judiciales, educativos, culturales y políticos, son afectados notablemente, perjudicando la institucionalidad de esos países. Las experiencias en España, Colombia, Brasil, Argentina, Chile, Ecuador, Perú, etc., evidencian el daño, en especial con la impunidad de los dirigentes corruptos o violadores de los derechos humanos,–por ejemplo- del Foro de Sao Pablo, tal como sucedió con el caso Lava Jato del ex presidente Ignacio Lula da Silva, el video del pago de coima al ex alcalde de Bogotá Gustavo Petro, las denuncias por pago de comisiones a Cristina y Néstor Kirchner en Argentina, la corrupción de Rafael Correa en Ecuador, o el financiamiento de Irán y Venezuela al movimiento español Podemos de Pablo Iglesias.


En las sociedades resentidas, como la de Iberoamérica, la filtración de las universidades han propiciado la generación de corrientes pseudo científicas que tratan de explicar los fenómenos del euro y anglo centrismo y sus efectos sobre el racismo y las desigualdades, con una visión sesgada revanchista y de venganza, que no dimensiona verdaderamente los problemas, sino que los utiliza con fines propagandísticos, profundizando y prolongando la agonía de la pobreza y la exclusión, tal como lo han mostrado las consecuencias de las gestiones dadivosas de los gobiernos de la mayoría de sus cuestionados líderes.

Ese rol que convierte a la educación en enemigo número de las tiranías y la barbarie, lo expresa Karl Deustch en su obra Política y gobierno (1974): “Cuando las poblaciones son apáticas, ignorantes, inermes o indiferentes, algunos gobiernos de minoría basados en pequeños cuerpos de hombres armados se han mantenido durante mucho tiempo en el poder”. “A medida que una población se vuelve más educada, activa y capaz, más difícil resulta ignorarla en política y gobernarla contra su voluntad”. Los cambios en la sociedad industrializada, son irreversibles, dice el mismo autor, “dado que han hecho que todos los países del mundo sean más difíciles de gobernar en contra de su voluntad”.


La experiencia nacional es un caso de análisis especial. En su obra Venezuela en tres siglos (1998), Domingo Alberto Rangel, reconoce el impacto que tuvo la Universidad en su sociedad. El urbanismo, la alfabetización, la construcción de la infraestructura nacional, la concepción de un Estado todopoderoso y el modernismo, se logró en menos de medio siglo, gracias a la influencia de la explotación petrolera. Ese violento cambio logrado entre 1930 y 1980, sin muchos contratiempos, facilitó la construcción de una sociedad abierta al extranjero, cómoda, facilista, consumista producto de la influencia norteamericana y con una institución universitaria que formó una clase media profesional estable, que alimentó la burocracia de las industrias públicas y sus instituciones, y del sector productivo privado beneficiado por los recursos estatales.

En esa transición de la Venezuela rural de principios del siglo XX y la consecución de una nación moderna, la Universidad cumplió un rol importante, no solo por su rol formador, sino porque generó una matriz crítica que estimuló el entendimiento de sus fenómenos históricos y preparó el capital humano que facilitó el desarrollo de las distintas aristas de la economía. Sin embargo, hoy ella también es víctima de los resentidos revisionistas que vieron en ella el puente de la venganza: Pregúntenle a los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez. Por eso la “Universidad de la democracia” se convirtió en un enemigo que debía filtrarse y derrotarse a largo plazo. Mientras sus homólogas latinoamericanas concebidas en sociedades distintas a la venezolana, se convirtieron en armas dirigidas a destruir la institucionalidad democrática y apoderarse del poder político, tomando como fundamento para definir sus objetivos, a la desacertada visión ideológica marxista.

@hdelgado10