Hugo Delgado: El incesto democrático

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El rol de los gigantes tecnológicos quedó evidenciado con el bloqueo ordenado por sus CEO  a las cuentas del vigente presidente de Estados Unidos, Donald Trump. En medio de la contradictoria toma del Congreso en Washington, Facebook y Twitter decidieron suspender sus cuentas, al cuestionado mandatario, quien quemó sus últimos cartuchos tratando de demostrar los argumentos de sus alegatos relacionados con las irregularidades cometidas en las pasadas elecciones del 6 de noviembre de 2020.

“El todos contra Trump” funcionó. Condujo cómodamente a su contrincante demócrata, Joseph Biden Jr (78), directamente a la Casa Blanca, favorecido por las manifestaciones violentas lideradas por The Black Lives Matter y las polémicas medidas para contrarrestar los efectos del Covid chino.  Con su discurso encendido generó las reacciones del “establishment norteamericano”: empresarial y político (demócratas y republicanos juntos) afectados por las medidas y comentarios irreverentes que tomó en los últimos cuatro años, especialmente contra los gigantes tecnológicos y la amenazante china reducto predilecto de fabricación de bienes y servicios a bajos costos.

Todos los grandes medios norteamericanos y del mundo reaccionaron en contra del acto. Los encendidos discursos no se hicieron esperar, calificándolo exageradamente como un  autogolpe (¿Ustedes creen que un centena de manifestantes pueden dar un autogolpe a la primera potencia mundial?) y pidiendo la destitución de Trump por incitar a la violencia. Pero en este último aspecto es interesante destacar si el rol de las redes sociales es la causa de las revueltas o simplemente son medios que llevan mensajes que expresan  -parcialmente- los desajustes de las placas tectónicas que sostienen a esa sociedad.

Los “analistas” nada dicen  sobre el  logro histórico de la mayor cantidad de votos que obtuvo un candidato desgastado y gris  que ganó con mínimo esfuerzo. Tampoco revisan las cifras económicas favorables a Trump en materia de empleo y crecimiento y las razones profundas del apoyo de 74 millones de adeptos que reconocen su gestión o simplemente lo siguen; solo destacan la parte oscura y obvian la otra. Pero en Estados Unidos siempre ocurre que un asesor –años después-, en un arranque de cargo de conciencia, dirá la verdad, y la historia se encargará entonces de dimensionar a los personajes y sus hechos.  

Entre 2010 y 2012, en el medio oriente se generó un fenómeno que se denominó “La  Primavera Árabe”, muchos analistas endosaron el rol crucial de las redes sociales, obviando que estas herramientas tecnológicas solo llevaron los mensajes de las grandes sectores golpeados por las desigualdades, los abusos de poder y los efectos de una dirigencia política corrupta e inepta, pero sobre todo fueron el puente para las ideas impulsadas por esa masa de profesionales y académicos formados en Europa y Estados Unidos, cuyos ideales democráticos quisieron trasladar a sus respectivas sociedades.

En este caso las grandes interrogantes son si los mensajes de Donald Trump fueron los verdaderos detonantes de la escalada de violencia en el congreso, o si existe una severa crisis  en el sistema democrático norteamericano que va más allá de un simple acto de fuerza o un mensaje transmitido por  Twitter o Facebook.  Cuando ocurrieron los desmanes de las protestas raciales  en plena campaña presidencial 2019  este tipo de censuras no se dieron, y los grandes medios y las redes sociales se encargaron de mostrar con detalles los saqueos, los enfrentamientos, los destrozos a la propiedad privada, pero esos actos sí fueron justificados por los demócratas y los conglomerados comunicacionales porque afectaban al irreverente mandatario.  

Ya los advertía, José Luis Cebrian (El País 19-11-2018) que muchas democracias, amenazadas por las redes sociales –entre otros factores- están a punto de colapsar, aunadas a la corrupción, el desfase de sus instituciones, el cortoplacismo de los intereses electorales, la violación de los derechos individuales como base de los intereses colectivos y la mediocridad de sus líderes. Aunque no duda de los beneficios de Internet y su carácter inicialmente democrático, muchos lo consideran una amenaza real por su carácter anárquico e incontrolable, por la velocidad vertiginosa de los efectos que genera, pero también están afectando los hábitos reflexivos y deliberativos de los principios que inspiran la democracia, especialmente porque están incidiendo en los sentimientos  humanos, más cuando  la verdad se ve combatida por la posverdad; las noticias, por los hechos alternativos, y el razonamiento, por la expresión de las emociones.

Escándalos como los ocurridos con la filtración de las bases de datos de Facebook a la Consultora Cambridge Analytica (2016) contratada para la campaña de Donald Trump, o la primera demanda antimonopolio del Departamento de Justicia ( en los 50 estados  y territorios de la unión) contra Google (NYT 21-10-2020), son hechos que no pueden pasar desapercibidos. Ya lo advierte Yuval Noah Harari (“Los cerebros hackeados votan”, El País 6 de enero de 2019), al afirmar que: “Algunas de las mentes más brillantes del planeta llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para que pinchemos en determinados anuncios o enlaces. Y ese método ya se usa para vendernos políticos e ideologías”.

El historiador israelí reconoce que el liberalismo ha construido su andamiaje de argumentos e instituciones para defender las libertades individuales.  “Ha sobrevivido, hace siglos, a numerosos demagogos y autócratas que han intentado estrangular la libertad desde fuera. Pero ha tenido escasa experiencia, hasta ahora, con tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro”. Al referirse a la influencia de la tecnología  en la democracia dice que la tendencia es a usar un  “método para pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro. Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para vendernos políticos e ideologías”. Como respuesta señala que “para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que en realidad somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos”.

Técnicamente, dice el autor de “La locura del solucionismo tecnológico” y editor de New Republic, Evgeny Morozov (Internet: la utopía escondía negocio y vigilancia, El País 5-05-2019): “La primigenia pureza de las redes nunca existió, pues fueron promovidas por el Pentágono y Wall Street. Y esto solo se arregla con política”. Para transmitir protocolos con poder de decisión para el individuo y las organizaciones, sobre sus datos, es necesario darles independencia a los que están en desventaja, para que los controlen, desde el punto de vista político, e incidan en el mundo digital… Concibiendo la RED no como un medio o herramienta, sino como un conjunto de infraestructuras para facilitar la vida, el trabajo y la cooperación”.

Morozov señala que se necesitan políticas (económicas, de reparto de propiedad y que estimen los riesgos  de los diferentes actores públicos y privados), para regir estas infraestructuras, y concebir plataformas y protocolos apropiados para dar cohesión a las partes interconectadas, de lo contrario el control lo tendrán: Mark Zuckerberg, el primer ministro chino, Xi Jinping, o el príncipe saudita, Mohamed Bin Salmán. He ahí la verdadera amenaza de las decisiones impuestas por Twitter y Facebook, los controles a las redes sociales  del estado policial chino y de las últimas censuras a la prensa digital en Venezuela: Tal Cual, VPITV y  Panorama.

@hdelgado10