Joselin Farías: La satanización de los venezolanos en el Perú

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Todo comenzó en un hostal de San Martín de Porres, región que pertenece a la lista de zonas «menos favorecidas» de Lima, y donde proliferan los robos, la prostitución y la venta de drogas. Rubén Matamoros y Jafet Torrico, fueron descuartizados con vida en una de las oscuras habitaciones de aquel lugar—aunque eso ya es noticia vieja, ¿no? Discúlpenme, entrar en detalles resulta innecesario porque no existe otra información más difundida por los medios de comunicación peruanos que esta.


Dirán que es una desfachatez afirmar algo semejante porque el periodismo peruano tiene un amplio rango de noticias. El problema es que padecen de un hambre voraz por el escándalo y el morbo hasta el punto en el que se convierten en un insulto para la profesión.


Lo que es aún más preocupante, cumplen a la perfección una de las finalidades del periodismo amarillista: la incitación a la violencia. No solo hablan de ciertos temas por moda, saciando su gula en la medida que estos sean más escandalosos, sino que actúan con el fin de causar revuelo y lo logran a través de una hipócrita altivez que los pone en un pedestal para que sus seguidores funcionen como víctimas indignadas en búsqueda de la justicia. Se trata de plantear una guerra contra los nuevos supuestos enemigos, de allí que los actos de agresión vayan en aumento.


Por supuesto, la prensa amarillista en parte es una consecuencia de la demanda. Allí se dan los intereses económicos de los conglomerados o los dueños unitarios que dirigen cada medio. No tienen respuesta a la ética, solo al monopolio económico, un hecho común en la idiosincrasia del peruano —o de cualquier país capitalista, y créanme que no lo menciono de forma acusatoria—, lo que se refleja en un dicho popular de la capital: «sin plata [en Lima] no haces nada».


Televisión y prensa dan lo que el público anhela, y aunque la realidad es que, desde la llegada masiva de los venezolanos al Perú, no hay otros temas de más interés, también existe un control e incitación política de por medio. Nada más beneficioso para un Estado sumergido en escándalos de corrupción que desviar la atención de los graves problemas del país: pobreza, desviación de fondos, problemas en la educación, desmejoras en la economía, entre otros.


Esto no quiere decir que seamos inocentes. En mis años universitarios escribí alguna vez que éramos una generación rota, alimentados por un odio irracional que llenaba cada hogar desde 1993, hasta introducirse a nuestro torrente sanguíneo, como un veneno que consumió la moral y dejó espacio solo para la envidia, el egoísmo y la violencia. Nuestra respuesta siempre ha sido: no todos los venezolanos son así, se trata de una minoría que afecta la gran mayoría, pero también es necesario aceptar nuestra parte de la culpa y, sobre todo, señalar a los principales responsables.


Nuestro deber es reconocer que eso es a lo que nos han llevado, que sí, en gran medida se debe a un grupo selecto de falsos políticos —chavistas y opositores— que se adueñaron de nuestro país, pero también son muchos los que se convirtieron en cómplices directa e indirectamente. Esa indiferencia de algunos contribuyó a que ahorasomos unasociedad reconocida por descuartizar a dos hombres estando con vida,y que grabaron su acto macabro su como si se tratase de un simple juego. Debemos mirarnos al espejo con sinceridad y ser un poco más humildes, porque ya deberíamos haber aprendido que el odio solo engendra más odio.


A raíz del caso de los descuartizamientos, la xenofobia ha ido en aumento por ambas partes y todo gracias al tratamiento periodístico que la noticia ha recibido. Mucha de la información digital parece mostrar que no se trató de un doble asesinatocon responsables individuales, sino de un acto salvaje por parte de estos «extranjeros enemigos» hacia los peruanos. Como consecuencia, incontables venezolanos han perdido sus casas o trabajos y se sienten atemorizados de su futuro en el país.


Recuerdo que cuando llegué al Perú, incontables veces me dijeron que tuviera cuidado porque los peruanos, hombres y mujeres por igual, eran capaces de lanzarle ácido a la cara de una mujer como ya había sucedido con una venezolana; a quien, por cierto, el peruano apuñaló doce veces, violó e intentó descuartizar al creerla muerta. Por supuesto, ya nadie recuerda ese lado de la historia. Incluso he tenido la experiencia de que adviertan tener cuidado con mis compatriotas. Me pregunto si acaso existe una escala de crueldad que desconozco, donde tal vez es más aceptable quemarle la cara con ácido a una mujer por celos en un lugar público que descuartizar a dos personas vivas.


Cuántos asesinatos suceden a diario en el Perú, cuánta violencia doméstica, cuántas violaciones a niños, cuánta demencia ocurre en todo el mundo sin que los venezolanos seamos responsables. Recientemente tuvo lugar el gran clásico de fútbol regional en Lima entre los equipos de Alianza Universidad y el Universitario de Deportes, donde un joven de 23 años murió por impacto de bala en medio de un enfrentamiento de hinchas. Historias como estas son comunes dentro del deporte peruano: la violencia abunda. Esta noticia no recibió ni la mitad de cobertura que la de los descuartizamientos y al contrario de cualquier información referente a los venezolanos, se le dio un gran espacio a la disculpa por parte del club Universitario.


Cuando los medios hablan de los venezolanos, la charla es más bien hipócrita. Resaltan los niveles de prostitución que en teoría han aumentado, sin señalar que es la demanda lo que atrae a las trabajadoras sexuales; o que los vecinos de San Martín de Porres se quejan ahora de los hostales como si estos no hubieran estado allí antes de la migración masiva —¿entienden la indirecta?—; y nadie, absolutamente nadie, menciona la incapacidad de las autoridades para manejar el descontrol en una zona designada como «cono» por el simple hecho de que allí reina la pobreza, y no desde que Venezuela entró en crisis.


Se sigue hablando de los venezolanos, pero no de la ineficiencia y negligencia por parte del Estado peruano. Recuerdo que el agente migratorio que revisó los papeles de mi madre sintió curiosidad por su segundo nombre y le indagó al respecto por resultarle poco común. Nada más, esa fue la única pregunta que le hicieron. Nosotras, precavidas siempre, habíamos traído nuestros antecedentes penales, pero nunca los pidieron. No me malinterpreten, no se trata de negarle la entrada a alguien en necesidad o de condenar para siempre a un ser humano con antecedentes, pero ante la posibilidad de reincidencia, debe existir un registro de esas personas. ¿Dónde están?, ¿dónde trabajan?, mantener un contacto directo y evaluaciones periódicas. No es solo un problema del Perú, es un problema de los llamados países tercermundistas que terminan ocupando todos sus esfuerzos y recursos en una lucha inútil contra la corrupción.


La situación se ha visto aún más agravada porque el régimenvenezolanono pierde el tiempo para meter sus garras y buscar alguna ventaja económica en todas las desgracias de los venezolanos, así que a través de las redes sociales han creadouna campaña comunicacional para mostrar una xenofobia extrema. Echan la culpa a la población que muchas veces solo reacciona por el miedo que la criminología mediática planta en ellos.
Recordemos que Perú abrió la puerta a muchos venezolanos, por largo tiempo permitió que se facilitaran los trámites para su permanencia y desempeño laboral en un marco legal. ¿Cuál ha sido la mentira eterna de cada cabecilla en el Gobierno Venezolano?, que los derechos humanos no han sido vulnerados, que no existe ni ha existido una crisis humanitaria, que no hay una limitada disponibilidad de alimentos y medicamentos, que los servicios básicos funcionan. Una migración masiva no se corresponde conla mentira que han sostenido. Aunque hay que darle un poco de crédito al descaro del presidente venezolano cuando pide a la ONU que lo financie para «repatriar» a los inmigrantes ubicados en el Perú, la misma semana en la que le entrega a Rusia un monto equivalente al solicitado como parte de pago por la deuda que mantiene con dicho país.


Lo cierto es que una correcta gestiónmigratoria habría ahorrado inconmensurables problemas, no solo a los peruanos, sino también a los venezolanos. Lamentablemente, es más fácil lavarse las manos, alentarde forma irresponsablea que se origine una matanza contra los inmigrantes al no pronunciarse frente a la manera en la que se tratan las noticias y se maneja la percepción de los ciudadanos, y actuar con base a la ignorancia ysabotear los esfuerzos de los venezolanos para llevar a efecto el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) para la liberación del país del gobierno dictatorial que lo ha sumergido en una de las peores crisis humanitaria que haya vivido una región entera sin estar en medio de una guerra convencional. Por supuesto que muchos venezolanos han perdido los escrúpulos, lo escuchamos dentro y fuera del país, sin embargo, cuando ya una persona se encuentra trabajando en el Perú, está retribuyendo de alguna forma su estadía en el país, por lo tanto, se trata de un ciudadano funcional y merece el respeto y apoyo del Estado, más aún si se trata de un ente que se dio la tarea de abrirles las puertas.


Es una irresponsabilidad el permitirle la entrada a una porción de la población para simplemente dejarles en el aire y desprotegidos. Ciertamente muchas de las ventajas que hemos obtenido provienen del esfuerzo de otros venezolanos que tienen más tiempo en el país y han podido promover ayudas humanitarias, sin embargo, la desinformación y el acallar de las voces que se encuentran de este lado de la frontera para promover las de un grupo que no tiene interés alguno en ayudar, termina llevándonos a un ciclo sin fin en el que terminamos sin pertenecer a ningún lado.