Hugo Delgado: Momentos de lluvias

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Latinoamérica parece el Macondo de Cien años de Soledad (1967), del escritor colombiano y premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, la remota población imaginaria enclavada en las laderas de la Sierra Nevada de Santa Marta, en donde se fusiona la realidad histórica de la sociedad y el realismo mágico soñador latinoamericano.


En la introducción a la edición especial de Cien años de soledad, de la Real Academia Española y de la Asociación de las Academias Españolas, el también premio Nobel de Literatura, el peruano Mario Vargas Llosa, al comentar la magnánima obra, acotaba: “ Como la familia Buendía sintetiza y refleja a Macondo, Macondo sintetiza y refleja (al tiempo que niega) a la realidad real: su historia condensa la historia humana, lo estadios por los que atraviesa corresponden en grandes lineamientos, a los de cualquier sociedad, y en su detalles, a los de cualquier sociedad subdesarrollada, aunque más específicamente a las latinoamericanas”.


Prosigue el Nobel peruano, “Este proceso está totalizado, podemos seguir la evolución, desde los orígenes de esta sociedad, hasta su extinción, esos cien años de vida reproducen la peripecia de toda civilización (nacimiento, desarrollo, apogeo, decadencia, muerte) y más precisamente, las etapas por las que han pasado (o están pasando) la mayoría de las sociedades del tercer mundo, los países neocoloniales”.


Ese Macondo de García Márquez y comentado por Vargas Llosa, es el que vive en este momento Latinoamérica. Desde su descubrimiento por los españoles, portugueses, ingleses y holandeses, el continente experimenta concepciones erróneas sobre su realidad. Equivocadamente los europeos la interpretaron desde el punto de vista geográfico y étnico, y esa consecuencia se palpa hasta el siglo XXI.


La concepción marxista de ser el modelo social final de la humanidad hace que las equivocaciones se acentúen en pueblos con mentalidades revanchistas, frustradas, acomplejadas y sobre todo resentidas, que son explotadas por políticos sin escrúpulo alguno que saben del fracaso real de este sistema imaginario que aspira a la justicia e igualdad suprema, ya experimentado en Europa, China y en Cuba, con nefastos resultados y que aún mantienen la llama encendida en esta parte del mundo.


Cuba, como lo decía Rómulo Betancourt, es la muestra del fracaso de esa idea ilusa. Sus indicadores, luego de 60 años de revolución , reflejan pobreza, atraso y opresión, pero insiste ahora en alianza con Venezuela y los socios del Foro de Sao Pablo, en llevar su nefasto modelo a otras naciones con factores de riesgo como la exclusión social, distorsión en la distribución de la riqueza, leyes injustas, instituciones debilitadas, desigualdad, etc, que se han convertido en caldo de cultivo para explotar sentimientos y vender ideas irreales y mágicas para supuestamente sacarlas de su estado de pobreza y angustia. Nada más cercano a la mentira que vender un realismo mágico de comprobada frustración.
Del otro lado, el modelo democrático, mayoritariamente acogido en el mundo en los últimos dos siglos, concebido no como un fin, sino como un medio para alcanzar estadios superiores de justicia, riqueza, y bienestar social, todavía camina en ese Macondo latinoamericano en pleno desarrollo que no termina de cubrir las expectativas de sufridos pueblos, que ven poca luz de esperanza al final del túnel, con líderes políticos y empresarios más preocupados por el control del poder, el lucro personal y la obsesión por la riqueza especulativa, que por el beneficio de las mayorías.


A tumbos camina la sociedad latinoamericana, experimentando entre demócratas e izquierdas, estas últimas ahora apoderadas de lo temas ecológicos y de los derechos humanos, de la mujer, de los niños y de los pobres, fieles creyentes del principio marxista que son la última opción de la humanidad para alcanzar la justicia suprema, nada más falso que eso. Los hechos lo demuestran, suficiente es observar los actos comunes de los gobiernos cobijados por el Foro de Sao Pablo, para entender su accionar real: ineficiencia y corrupción. Es lo que arrojan los gobiernos de Ignacio Lula da Silva y Dilma Russeft en Brasil: Nestor y Cristina Kirchner en Argentina; Evo Morales en Bolivia; Rafael Correa en Ecuador; Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela; Daniel Ortega en Nicaragua; por citar a los más destacados.


Para encarar el daño de la izquierda latinoamericana, los gobernantes demócratas que asumieron los respectivos gobiernos después de esas experiencias, han tenido que desmontar los sistemas clientelares y corruptos con sus respectivas consecuencias, pero su gran desacierto es el manejo de los tiempos y el utilizar, por ejemplo, recetarios obsoletos como el sugerido por el Fondo Monetario Internacional (no culpable de los males), que ya deben ser flexibilizado, con nuevas opciones que reduzcan el impacto de sus recomendaciones, de tal manera que le quiten las justificaciones a los verdaderos responsables del desastre, impidiendo que vuelvan al poder, como está ocurriendo en Argentina y Ecuador.


América Latina a traviesa momentos de lluvias que pueden degenerar en fuertes tormentas. Si los demócratas con Estados Unidos a la cabeza no superaran ese tibio discurso del diálogo infértil, dilatorio y poco eficaz, la izquierda bien orquestada por el Foro de Sao Pablo, hará estragos en Venezuela, Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia, Perú, principalmente, arreciendo las tempestades en el Macondo Latinoamericano.

@hdelgado10