Antonio de la Cruz: Diez segundos en La Guaira

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El saludo de un guardia a María Corina Machado no cambió nada y por eso mismo merece atención: las transiciones se pierden cuando se confunde una imagen con una institución.

El 28 de octubre, en La Guaira, María Corina Machado transitaba entre vías afectadas por los terremotos del 24 de junio. Llevaba tres días de vuelta en Venezuela. Un funcionario de la Guardia Nacional se le acercó, la saludó y conversó con ella unos diez segundos. Alguien grabó la escena. En pocas horas, la imagen corría por las redes como si el uniforme se hubiera inclinado ante la opositora.

Esa escena no rompe nada. Ningún mando cambió de mano, ninguna orden se desobedeció, ningún cuartel se pronunció. Fue un gesto de cortesía entre dos personas, en una calle donde la gente sigue esperando que le reconstruyan la casa. Aun así, despacharlo como nada sería otro error. Las transiciones rara vez empiezan con decretos. Empiezan con imágenes que le enseñan a una sociedad que otra conducta es posible.

En Venezuela conviven dos poderes que no coinciden. Uno tiene los fusiles, los presupuestos, los nombramientos, las oficinas. El otro tiene el reconocimiento de millones de personas que salieron a recibir a Machado el 25 de octubre y que la acompañan en cada visita. El primero manda porque puede obligar. El segundo pesa porque la gente lo acepta. La historia de los últimos años es la distancia entre esos dos poderes. El saludo de La Guaira importa porque, por diez segundos, pareció cerrarla.

Pensemos en el guardia. Si saluda, arriesga una sanción, un expediente, una carrera. Si no saluda, no arriesga nada. La cuenta que hace un funcionario en un país polarizado no es heroica: es la cuenta de quien siente que puede perder lo que ya tiene. Por eso un gesto así no se lee como adhesión ni como desobediencia. Se lee como una pregunta: ¿qué pasaría si saludar no costara nada? La respuesta a esa pregunta no la da el guardia. La dan las reglas que protegen o castigan a quien saluda y en un país donde todos se miran de reojo, cada gesto público se calcula dos veces: qué ve el superior, qué ve la calle, qué precio se paga mañana.

Machado no fue a La Guaira a buscar un cuartel. Fue a ver damnificados. Ahí está el segundo sentido de la visita: un movimiento que nació en la calle quiere convertirse en reglas que valgan para todos, incluidos los que no votaron por él. Eso exige algo más difícil que una movilización: tratar con respeto a funcionarios de un Estado que hasta ayer te cerraba la puerta, sin pedirles que traicionen su uniforme, sino que cumplan la ley. Nadie da el primer paso si desconfía de lo que hará el otro mañana; por eso los gestos no bastan y hacen falta acuerdos escritos, públicos y verificables.

Cada medio recortó la visita a su manera. Unos se quedaron con el saludo. Otros, con las preguntas de los vecinos sobre la reconstrucción. Los dos recortes son ciertos y los dos son incompletos. La foto del saludo dice una cosa: un guardia saluda a una dirigente, sugiere otra: respeto, convivencia y tienta a contar una tercera: que la reconciliación entre civiles y militares ya ocurrió. Esa tercera historia es un mito y el mito es peligroso, porque permite celebrar una transición que todavía no existe. Las imágenes de convivencia pacífica, en cambio, desarman el relato de que todo es enfrentamiento. Ese es su valor real y también su límite.

Hay que distinguir los niveles, como quien distingue entre tener la llave y tener la casa. Machado tiene el respaldo de la calle, pero no tiene la caja, ni los nombramientos, ni la firma que mueve un expediente. Un saludo no entrega ninguna de esas llaves. Tampoco las quita. Lo que hace es mostrar que la puerta, por un momento, no estuvo cerrada.

De aquí en adelante hay tres caminos y ninguno está escrito. El primero es que todo siga igual: el saludo queda como anécdota y las reglas no cambian. El segundo es que se abra una rendija: más garantías para el trato civil, señales públicas de neutralidad. El tercero es que cambien las leyes, los controles y la formación. Solo el tercero es una transición. Los otros dos son espera con buena iluminación.

Mientras tanto, cada actor vive en un tiempo distinto. Washington mira el calendario electoral del 3 de noviembre y pide un Supremo nuevo antes de fin de año y un Consejo Electoral después, sin poner todavía una fecha para votar. El interinato de Delcy Rodríguez administra y negocia, necesita que el proceso avance sin perder el control. Machado moviliza y exige garantías, pero no firma nombramientos. Las Fuerzas Armadas cuidan su disciplina y su continuidad. Ninguno de esos tiempos es el de los damnificados de La Guaira, que miden el tiempo en casas sin reconstruir.

Estados Unidos lleva hoy la batuta del proceso. Eso tiene una ventaja y un riesgo. La ventaja es que nadie más puede imponerle un calendario a un poder que lleva años pateando las fechas hacia adelante. El riesgo es que la tutela se vuelva costumbre: que Washington administre los plazos, Caracas administre la espera y la democracia quede siempre para la próxima fase. Primero, que no se caiga todo, después reconstruir y luego votar: la secuencia suena razonable hasta que uno nota que la tercera fase nunca llega.

Por eso la pregunta correcta no es si el guardia simpatiza con Machado. Nadie lo sabe y no importa. Las preguntas que importan son cinco y todas se responden con hechos, no con fotos. ¿Se aplican los mismos protocolos a dirigentes de cualquier color político? ¿Alguien sanciona al funcionario que saluda a un opositor? ¿Cambiaron la doctrina, la formación y los controles sobre los cuerpos de seguridad? ¿Se investigan los abusos con independencia y se premia la profesionalidad con la misma firmeza con que se castiga el abuso? ¿El Parlamento puede vigilar de verdad a los uniformados? Mientras esas respuestas sean no, La Guaira será una anécdota, no un punto de inflexión.

Hay un nivel que casi nadie mira: los mandos medios, los oficiales que conectan la orden de arriba con la calle de abajo. Su formación, su sueldo, su protección legal deciden si una reforma se cumple o se archiva. Un guardia que saluda es el primer peldaño de una escalera que tiene cuatro: el gesto, el permiso, la regla y la Constitución. El saludo apenas toca el primero. La transición no la hace una líder. La hace una red: jueces, parlamento, mandos y ciudadanos que vigilan.

La medida del cambio, al final, no será cuántos militares saluden a una dirigente. Será si cualquier venezolano, chavista u opositor, puede acercarse a un funcionario uniformado con las mismas garantías. El 28 de octubre, en La Guaira, una imagen sugirió que eso es posible. Las imágenes no hacen transiciones. Las hacen las instituciones que se construyen cuando la cámara se apaga. Venezuela sabrá si cruzó ese umbral el día en que un saludo como ese deje de ser noticia.

@antdelacruz_