Marcelo Morán: El flux de casimir

5

El viejo Ruperto Montiel salía al rayar el alba  para entregar a cada cliente los encargos de la semana. Era el proveedor más confiable del pueblo Las Albricias, y para ese fin se valía de cinco burros que transportaban  hortalizas y carbón a lo largo de un trayecto de quince kilómetros, que recorría en un lapso menor a dos horas.

Ruperto era un hombre de sesenta años, robusto y de piel curtida por el trabajo incesante en su granja de cincuenta hectáreas, donde fabricaba también almidón de yuca para planchar, apoyado en el trabajo de sus cuatro hijos, pues a su edad ya no tenía más aspiraciones que mantener esa rutina.

 Ruperto llegaba al pueblo justo cuando comenzaba a impregnarse en el aire el fragante olor del café recién colado. Ciertos vecinos, que eran sus clientes, lo esperaban con el pedido y lo invitaban a tomarse el primer negrito del día.

Entre sus compradores, destacaba don Rafael, un sastre cincuentón, respetuoso y de trato cordial. Era moreno, bajo pero de contextura fuerte. Gozaba de buena reputación y sus costuras eran tan famosas que recibía encargos desde la ciudad y de otros pueblos vecinos.

Además de su taller, el sastre era dueño de un pequeño restaurante a la entrada del pueblo, administrado por su hermano menor. De modo que Ruperto abastecía también la cocina de aquel establecimiento. Pero aquella mañana de calor sofocante, al viejo campesino le extrañó encontrar la sastrería de su cliente con la puerta entreabierta y a oscuras.

Qué habrá pasado, se dijo.

Al entrar, lo primero que observó Ruperto fue el maletín de cuero gastado que usaba don Rafael cada vez que salía de viaje. Entonces comprendió el motivo de aquel inusual silencio en el local.

—¡Ruperto, hermano… menos mal que llegaste! —dijo el sastre sin esperar a que el campesino lo saludara, secándose la cara con un pañuelo blanco—. He tenido un contratiempo de última hora, una emergencia. Debo viajar hoy mismo en el último autobús a la capital por un asunto de gravedad con una hermana enferma. Me he quedado sin un solo billete en efectivo tras pagar los pasajes y arreglar otras cosas aquí. Me da mucha pena contigo, pero no tengo cómo pagarte.

El viejo Ruperto quedó paralizado, dejando asomar una amarga mueca de desilusión.

—Bueno, don Rafael… qué se le va a hacer —suspiró el campesino, quitándose el sombrero de cogollo para secarse la frente con la manga de su camisa—. Acabo de dejar en la cocina del restaurante los sacos de yuca, auyama, plátanos y topochos que me encargó su hermano. Yo contaba con ese dinerito para comprar los víveres de la semana…

El sastre observó el rostro descompuesto del anciano. Al reparar en  sus ojos cansados, sintió un punzazo en la conciencia. Giró hacia el fondo del taller y abrió un baúl de roble macizo con esquinas de latón. Tras revolver entre telas, sacó un paquete grande envuelto en plástico, atado con un cordel grueso.

—Tengo una propuesta, Ruperto —dijo el sastre levantando el bulto con ambas manos—. Aquí hay un traje completo, cortado en el mejor casimir azul traído de Inglaterra. Era un encargo especial para don Adán, el reconocido criador de búfalos, pero el hombre sufrió un ataque al corazón hace dos meses y jamás vino a retirarlo. Te lo entrego a cambio de las verduras de hoy y para saldar las pequeñas deudas acumuladas. Es una prenda única, vale cinco veces más de lo que te debo. Lo puedes usar en la fiesta patronal, heredarlo a uno de tus muchachos o venderlo más adelante. Tú ves.

Ruperto contempló el paquete. Tocó el plástico con las yemas de sus dedos callosos como si se tratara de una pieza ajena para un hombre de su condición. En su vecindario nadie había vestido jamás un lujo semejante. Estaba consciente de que era una prenda para otro pueblo y para otro tipo de gente.

—Está bien, don Rafael. Que Dios lo acompañe en su viaje —dijo el campesino resignado, cargando el envoltorio bajo el brazo.

Aquella misma noche, en la sencilla vivienda del campo, el viejo Ruperto colocó el paquete sobre la mesa del comedor y la familia se reunió a su alrededor.  La luz tenue de la lámpara de kerosén, proyectaba sombras largas en las paredes de bloques sin frisar.

Con dedos temblorosos, Ruperto retiró la envoltura de plástico y la tela azul del casimir pareció absorber la luz de la llama y devolverla a los ojos de la familia Montiel en una prenda de brillo de impresionante: la chaqueta poseía solapas firmes, un forro interior de seda suave al tacto y botones primorosos. El pantalón mantenía el filo como si acabaran de plancharlo. Era una finura.

La esposa de Ruperto se llevó las manos a la boca y los hijos contemplaron el traje en un silencio reverencial. Parecía un objeto caído del cielo, ajeno a la pobreza y al polvo del campo.

—Esto vale mucha plata y no es para andar por ahí por el monte.  Hay que guardarlo para una ocasión importante —sentenció el anciano en un  tono  premonitorio.

Esa misma noche, el flux fue doblado con una delicadeza reverencial. Lo colocaron en el fondo de un gran baúl de cedro, arropado entre hojas de albahaca para espantar la polilla, la humedad y el olvido.

Pasaron los años y el viejo Ruperto entregó un día su alma al Creador después de forjar una familia estable y emprendedora. La casa y el baúl de cedro quedaron bajo la custodia de su primogénito, Runildo mientras se concretaba los trámites de repartición de la granja entre sus tres hermanos.

Runildo era la misma estampa de su padre: un muchacho alto, de hombros anchos, mirada serena y brazos fuertes moldeados por la pala y el machete. Sin embargo, detrás de su fachada de hombre recio, el joven llevaba el corazón desvelado por un amor que apareció de pronto. Había quedado rendido ante los encantos de la muchacha más hermosa que jamás imaginó: Angélica, una joven de dieciocho años con ojos de azabache, morena y talle elegante.

Angélica vivía al fondo del callejón Hidalgo, un camino estrecho y polvoriento que llevaba a un puñado de granjas productoras de huevos y gallinas. Se había mudado hacía apenas unas semanas desde un pueblo vecino, tras la muerte de su madre, instalándose en la casa de su hermana mayor, doña Teodora, una mujer cuarentona y viuda que  administraba el hogar con absoluta  severidad.

Runildo la vio por primera vez una mañana en la tienda del gocho Pancho. Entre olores a golosinas, café tostado y kerosén, las miradas de los dos jóvenes se cruzaron durante un segundo eterno. Angélica sonrió con timidez antes regresar de inmediato a su casa, acompañada por la mirada perdida del joven granjero.

Aquella noche, Runildo no pudo conciliar el sueño. Daba vueltas en su hamaca, mirando el techo de zinc mientras la figura de Angélica danzaba en su memoria.

No importa que apenas la conozca —se decía a sí mismo en la quietud de la noche—. Mi alma se pegó a la suya desde que la vi sonreír, y eso es lo único que interesa en este mundo.

Decidido a no dejar pasar la oportunidad que le presentaba el destino, al día siguiente Runildo consultó a varios ancianos del caserío sobre el arte y el protocolo de pedir la mano de una dama de buena familia. Escuchó con atención los consejos sobre la postura, la seriedad de las palabras y la importancia de causar una buena impresión inicial.

Para pedir la mano de semejante mujer —pensó Runildo— no puedo presentarme como un peón lleno de tierra y sudor. Debo ir como un hombre de altura, respetable y digno.

Fue entonces cuando recordó el tesoro que dormía en el fondo del baúl.

A la mañana siguiente, cuando el sol de mediodía caía como un bombardeo de candela sobre el caserío, Runildo inició su ritual. Se bañó en el patio trasero con agua fresca desde un tonel de aluminio, se rasuró con la afeitadora de su padre y se peinó el cabello negro con fijador llamado «Brilcrín».

Luego, abrió el baúl de cedro. Al levantar las hojas secas de albahaca, el aroma a  recuerdos lejanos inundó la habitación. Sacó el traje. La tela de casimir azul estaba intacta, resplandeciente, como si el sastre don Rafael le hubiera dado la última puntada esa misma mañana.

Runildo deslizó sus brazos por las mangas de la camisa blanca de lino y luego por la chaqueta. Se puso la corbata de color azul y alisó las puntas del cuello de la camisa para disimular el nudo, que ligó igual que hacía con las bridas de los burros. Acomodó el chaleco y se abrochó los pantalones. Por fortuna, el flux le quedaba a la perfección: el talle acentuaba su figura esbelta y el ruedo caía justo sobre los talones de sus zapatos de cuero negro bien lustrados. Se dio unos toques de colonia Marazul, la más popular de esa época, y  salió a la calle erguido como un príncipe campesino.

Mientras caminaba por la tierra suelta del callejón Hidalgo, el contraste resultaba fascinante. El trajede casimir resplandecía bajo el sol ardiente con un destello casi sobrenatural. Runildo avanzaba con paso firme, concentrado en no levantar polvo sobre los ruedos del pantalón. Parecía un maniquí de sastrería flotando sobre el camino desértico sin mirar hacia adelante.

A mitad del trayecto, dobló una esquina y se topó de frente con doña Tarcisa, una anciana del vecindario que regresaba de buscar huevos a lomos de una burra vieja. Al ver aquella aparición repentina —un hombre joven, de una elegancia insólita, caminando en total silencio bajo el solazo del mediodía—, la vieja soltó las riendas de cáñamo y se persignó tres veces, convencida de que estaba contemplando al fantasma de un caballero antiguo o a un aparecido del más allá. Nadie en la historia de aquel caserío había cruzado ese callejón polvoriento con semejante estampa.

Runildo llegó a la casa de portón de madera y permaneció unos segundos indeciso. El corazón  le martilleaba con fuerza contra el chaleco de casimir, y después de soltar un largo suspiro de arresto, dio tres golpecitos secos sobre el centro de la puerta. Esta se abrió chirriando y apareció doña Teodora, la hermana mayor de la chica de sus sueños. Vestía un faldón oscuro y llevaba el cabello recogido con una peineta de carey. Su rostro era una máscara de rigor.

—Buenas tardes, doña Teodora  —dijo el galán, disimulando un temblor en sus manos.

—Buenas tardes, muchacho —respondió la dama, recorriendo con una mirada escrutadora cada centímetro del joven: desde los zapatos lustrados, pasando por la tela impecable del casimir azul.

Al joven enamorado no le salía la voz a pesar de haber ensayado por el camino el discurso de petición varias veces.

—Soy Runildo Montiel, hijo del difunto Ruperto. Vengo… vengo de manera formal y… respetuosa a solicitar su permiso para… para pretender y pedir la… la mano de su hermana Angélica.

Doña Teodora no respondió en seguida pensando en lo que iba a decir.  Detrás de la puerta entrecerrada, oculta tras el encaje de una cortina blanca, se alcanzaba a percibir la sombra contenida de Angélica, quien escuchaba con el aliento suspendido.

La hermana mayor se cruzó de brazos y emitió una respuesta terminante y sin apelación:

—¡Eres un atrevido! Mi hermana no está disponible. Primero tiene que estudiar y aprender un oficio en la ciudad. Está demasiado joven y debe prepararse para cosas mejores; además, las mujeres de esta familia no están destinadas para casarse con hombres del campo y  pelados como tú. Así que vete por donde has llegado.

La puerta de madera se cerró de golpe, haciendo temblar el  marco.

Runildo sintió que el mundo se acababa. El aire se le volvió pesado y permaneció atontado unos segundos, mirando fijo hacia la puerta, antes de girar. Cabizbajo, con el alma hecha pedazos y los hombros caídos, emprendió el  regreso por el mismo callejón que le pareció en ese instante  infinito.

Lo que Runildo no supo jamás fue que, desde la ventana que daba al callejón, Angélica  apartaba la cortina para verlo marchar. La joven suspiró con una profunda tristeza, admitiendo que jamás en su vida había visto a un hombre lucir con tanta elegancia.

 Al llegar a su casa, destrozado por el peso de la humillación, Runildo se desvistió en seguida. Estaba seguro de que ninguno de sus amigos se había enterado de su intrepidez.

Menos mal, porque quizás se hubiesen burlado de mí por mil años —pensó.

Con silenciosa resignación, cepilló la tela azul para quitarle cualquier trazo de polvo, colocó esta vez ramitas frescas de albahaca entre sus pliegues y volvió a guardar el traje en el fondo del baúl.  La tapa del baúl cerró  a continuación  y el  flux de casimir regresó a su encierro.

El tiempo, que es el único remedio infalible para cerrar las heridas del alma, siguió su curso sin pausas. Con el paso de los años, conoció a una muchacha de un  caserío vecino llamada Isabel, una mujer de buen corazón que supo sanar con amor el peso de su melancolía. Se comprometieron de manera sencilla y construyeron una vida próspera sobre la base del trabajo duro en la parcela que heredó del viejo Ruperto. De esa unión nació su primer hijo, a quien bautizaron con el nombre de Lucio.

Angélica, por su parte, también siguió el camino asignado por el azar. Tras la muerte de su hermana Teodora, terminó casándose con un próspero granjero de otro pueblo. Tuvo sus propios hijos, crió una familia acomodada y vio cómo su juventud se transformaba en una madurez holgada y elegante.

Pasaron veinticinco años desde la tarde en que Runildo caminó derrotado por el callejón Hidalgo. En ese transcurso, los niños de ayer ocuparon el relevo del mañana. Lucio creció hasta convertirse en la réplica exacta de su padre: alto, de espaldas anchas, tez morena y una vida forjada en valores. El destino, al que le agrada tejer ironías indescifrables, hizo que Lucio se enamorara con locura de Beatriz, la hija mayor de Angélica.

A diferencia del pasado, esta vez el amor floreció sin obstáculos. Lucio y Beatriz se veían en la universidad, en la capital, conversaban todo el tiempo y pronto descubrieron que estaban hechos el uno para el otro. Cuando Lucio fue a pedir la entrada a la casa, la familia de la novia —incluyendo a Angélica— lo recibió con los brazos abiertos, complacida por los buenos antecedentes del muchacho. Se fijó la fecha de la boda y ese mismo año se casaron.

La víspera del matrimonio, al caer la noche, Runildo llamó a su hijo al cuarto del fondo, que ya era una casa grande y moderna. La habitación estaba iluminada por bombillas eléctricas después de que ese servicio se inaugurara hacía diez años en esa comunidad que alcanzaba ya la jerarquía de parroquia. Runildo caminó hacia el viejo baúl, cuyo aroma a madera añeja aún impregnaba el aire. Levantó con prudencia la tapa y retiró las hojas secas de albahaca que habían protegido la integridad  del  flux durante más de  dos décadas.

Sacó el envoltorio. Al desplegar la tela bajo la luz de la bombilla, el casimir azul conservaba la intensidad de su color, su textura suave y una caída perfecta.

—Pruébatelo, hijo —dijo Runildo con una sonrisa cargada de nostalgia y consuelo—. Este traje ha esperado veinticinco años en la sombra por su verdadero día. Hoy te lo entrego a ti.

Lucio se vistió con la prenda. Le calzaba como si el sastre lo hubiera diseñado de forma exclusiva para sus medidas. Padre e hijo se abrazaron en silencio, cerrando una vieja deuda con el pasado.

El día de la boda, la iglesia parroquial lucía radiante, adornada con ramos de flores y decenas de velas encendidas en el altar. El templo estaba lleno de vecinos, familiares y amigos de ambas familias.

Cuando Lucio cruzó el umbral de la iglesia vistiendo el espléndido  flux de casimir azul, un murmullo de admiración recorrió los bancos de madera. El muchacho caminaba con la cabeza en alto, erguido como había marchado en el pasado su padre por el callejón Hidalgo.

En las primeras filas del altar, la madre de la novia, Angélica giró despacio para ver la entrada del novio. Al ver avanzar a Lucio bajo la luz que atravesaba los vitrales, luciendo el elegante flux de casimir, sintió un vuelco sofocante en medio de su pecho. Se llevó una mano al cuello porque por un instante le faltó el aire. No estaba viendo a Lucio, sino la figura de Runildo, que veinticinco años atrás había mostrado esa misma  estampa  para  proponerle  unión para toda la vida.

El sacramento transcurrió entre oraciones, promesas y lágrimas de sentimiento. Pero fue más tarde, durante la fiesta de recepción, donde el destino terminó de bordar su trama.

La celebración se llevaba a cabo en un amplio patio de la casa de la novia, decorado con flores de cayena e iluminado con guirnaldas de luces amarillas que pendían de las vigas. En las mesas de manteles blancos relucían las hieleras, los vasos y las botellas de ron. La música de la noche corría por cuenta de la banda del pueblo, que tocaba contagiosas melodías con clarinetes, cuatros y violines hasta que el director hizo una pausa para anunciar una versión del  vals  de moda  y  más promocionado por la radio en esa época. Cuando sonaron los compases introductorios, los invitados dejaron sus asientos para correr y  buscar campo en la pista que comenzaba a desbordarse en sus cuatro costados.

Runildo, que lucía un traje gris pero presentable, no fue la excepción. Se levantó y caminó con paso firme hacia la mesa donde se encontraba Angélica, y cuando estaba a un paso de ella, le extendió la mano derecha con una solemne inclinación de cabeza.

—Doña Angélica… ¿me concede, por favor, esta pieza? —preguntó con voz suave y respetuosa.

Angélica, sorprendida por el gesto, sintió que un rubor cálido, idéntico al de sus dieciocho años, le subía de repente por las mejillas. Miró la expresión de Runildo, luego sus ojos ansiosos y, sin dudarlo, aceptó complacida. Colocó su mano sobre el hombro del recio  campesino y comenzaron a bailar.

A medida que los compases del violín marcaban el ritmo calmado del vals, la pista de baile y el murmullo de los invitados parecieron desvanecerse a su alrededor. La frustración del pasado también se disolvió por completo  en la penumbra festiva.

Angélica cerró los ojos por un segundo mientras giraban. En el refugio de su mente, la ilusión se tornó absoluta: soñó que el tiempo había retrocedido y tenía de nuevo dieciocho años y que  la magia de aquel inolvidable flux de casimir los envolvía al fin en un abrazo eterno.

@marcelomoran