La pregunta es qué fue primero: ¿el negocio del petróleo o la complicidad con el régimen?
Si hubiera podido imaginar su peor pesadilla, María Corina Machado no habría llegado jamás a esta: que Delcy Rodríguez, engendro del régimen que hace años oprime a Venezuela, y su más tenaz persecutora política, terminara atornillada en el poder como presidenta interina. (O indefinida, mejor dicho, hasta ahora). Y además, apoyada por Donald Trump, a quien ella veía como la oportunidad para tumbar el régimen opresivo de su país.
Las cosas se veían lógicas un par de años atrás: que EE. UU. mantuviera presionado a Maduro hasta que se cayera y que respaldara una transición de la dictadura, encabezada por la oposición. La oportunidad no podía ser más propicia que cuando María Corina ganó las elecciones presidenciales personificada en su pupilo Edmundo González, pero el fraude patrocinado por el régimen les pasó por encima. González se fue al exilio; María Corina, valientemente desde la clandestinidad, mantuvo, hasta donde se supo, una llave con los gringos que cambió por la época en que ganó su Nobel de Paz. Trump quería ese reconocimiento, pensaba que lo merecía. Consciente de eso, ella viajó a Washington para hacer el gesto de regalárselo. Resultó mala estrategia: no obtuvo de él sino un enorme —y nada disimulado— desprecio.
No podríamos fijar el motivo exacto por el que una especie de cadena de infortunios se abatió desde entonces sobre María Corina Machado. Cuando se produjo la “extracción” de Maduro, parecía que todo le iba a ser favorable; que a ella por fin le había llegado su hora. Pero, por razones supremamente pragmáticas, la administración Trump no escogió a María Corina sino a Delcy como presidenta interina. Las explicaciones aún resuenan con cinismo: luego de la caída de Maduro, dijeron, la oposición venezolana “no estaba suficientemente consolidada”. Y poco después, Trump empezó a reconocerle a Delcy un “liderazgo muy fuerte”.
Por eso no nos extrañan noticias como la titulada por EL TIEMPO, esta semana: “Delcy Rodríguez sonríe con Trump mientras María C. Machado sufre su séptimo bloqueo para volver a Venezuela”.
¿Bloqueo? ¿Y eso cómo? Sí. Delcy Rodríguez viajó a Nueva York con el permiso y las atenciones de EE. UU. (no se explican de otra manera los hechos) a dejarse ver en la Asamblea General de la ONU; mientras tanto, por tercera vez en 24 horas, a María Corina aparentemente le negaban salida de Panamá por ruta aérea o marítima, quizás con escala en Aruba. (Marco Rubio asegura que M.ª C. no está en Venezuela “porque no quiere”).
Los intérpretes del acontecer internacional no se ponen de acuerdo en qué fue primero: ¿el negocio del petróleo o la complicidad con el régimen? ¿Siempre se pensó que fueran a la vez? ¿O luego entendieron que lo uno no iba sin lo otro? El hecho es que María Corina intenta regresar a Venezuela para volverse a poner a tono con su rol político y explorar caminos democráticos. Pero no se podrá pronunciar en contra del negocio del siglo, claro, porque su eventual presidencia depende de Trump.
Y mientras tanto, Delcy Rodríguez se fue de vacaciones a Nueva York; alguien (¿el petróleo?) le pagó la bobadita de US$ 12.000 la noche en la ‘suite’ presidencial del Lotte Palace, en Manhattan (según J. Bayly). Y la vimos en un oso monumental atravesando el gran salón de la Asamblea para hacerle un guiño inoportuno al presidente español, Pedro Sánchez, a quien encontró un poquito ocupado. Fue más largo su paseo que el saludo entre los dos.
Pero se agita cada vez más el tema de la necesidad de las elecciones democráticas. A Trump no se le ve mucho afán por la transición. En alguna oportunidad (¿o se lo atribuyeron?) habló de 2031. O sea, ¿mínimo cinco años más de dictadura?
María Corina intenta regresar a Venezuela para volverse a poner a tono con su rol político y explorar caminos democráticos. Pero no se podrá pronunciar en contra del negocio del siglo
Lo interesante es lo que dijo la autócrata Delcy sobre esa fecha de elecciones, cuando intervino ante la ONU: “Será el pueblo el que determine el tiempo correcto”. Se nota que, a cambio del cargo, está amordazada, como buen títere del gobierno que la maneja. Parece un guion escrito para que no se le vaya a dañar a Trump el negocio del siglo (65.000 millones de barriles), por abrir la posibilidad de que ahora le pueda caer encima una democracia.
Y hay más: “Definitivamente —dijo— hay que abandonar el camino que permitió que el extremismo y la intolerancia se impusieran sobre la tolerancia pacífica”. ¡Pero, por favor, presidenta interina! ¿No completa ya 27 años ocupando distintos altos cargos en el régimen chavomadurista? Si quiere, se lo expreso en palabras que le gustarían: usted ha sido una obrera insigne del régimen.
Pero no se le olvide que los venezolanos saben y que el resto del mundo también… Y que cuando los negocios decanten, puede que los gringos se acuerden.
Entretanto… Valiente Santa Marta. Valiente todo el Magdalena. Los estamos acompañando.
MARÍA ISABEL RUEDA




































