Marcelo Morán: El cazador del relámpago

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Fray Jean Manuel Abreu alza la mano derecha en gesto de bendición mientras sostiene un crucifijo de madera con la izquierda. A su lado, dos marineros observan el acto en silencio, al tiempo que la tabla con el cuerpo amortajado se desliza por la borda y cae sobre el agua, dejando tras de sí un leve destello de espuma.

En 1869 nació en Paea, una localidad al suroeste de Papeete, capital de Tahití, un muchacho de rizos oscuros y mirada profunda. Su piel guardaba el tostado del sol y el misterio del mar. Portaba un nombre insular que el viento salado borraba de los registros parroquiales. Pero en su sangre ardía un secreto. Para el muchacho, el universo se resumía en dos presencias ineludibles: la del fraile Jean Manuel Abreu, sacerdote francés hijo de españoles que hacía las veces de cura y maestro en la aldea, y la abrumadora inmensidad del océano.

El religioso enseñaba a leer y escribir con una paciencia inquebrantable, guiando los trazos torpes de los chicos sobre pizarras de madera con la misma solemnidad que oficiaba misa. Pero lo que en verdad cautivaba al muchacho eran las tardes; aquellos momentos en que los pescadores más viejos regresaban del horizonte con las redes vibrantes de pesca  y se sentaban a fumar junto a las chozas, desgranando historias de abismos habitados por espectros de bruma.

Una tarde de 1882, mientras soplaba las velas rústicas de sus trece años, el niño se ocultó tras unos cajones para escuchar de cerca las conversaciones de los hombres mayores. Fue entonces cuando un viejo marino tahitiano, curtido por tempestades remotas, soltó una sentencia que se le grabó para siempre en la memoria, alterando el curso de su destino:

—Cuando trabajé como marino en un bergantín francés, visité al otro lado del mundo, más allá de los confines de este mar y del miedo, una tierra llamada Venezuela, donde conversé con su gente, pues hablaban de manera increíble una lengua idéntica a la nuestra. Y lo más asombroso… me contaron de un sitio donde el cielo arde todas las noches sin que truene, sin que caiga una sola gota de agua. Después lo comprobé con mis propios ojos en el lago de Maracaibo: un relámpago eterno que pinta de plata la noche y no descansa jamás —decía el marino con los ojos encendidos por la fiebre del recuerdo.

El niño contuvo la respiración, sintiendo que el aire se le congelaba en el pecho. Aquel relato le sacudió el alma, despertando una sed de horizontes que ninguna lección de historia podía calmar. Para agravar la zozobra, en el peor momento posible, los vientos de la misión trajeron una noticia lapidaria: fray Jean Manuel iba a ser trasladado de inmediato a las Antillas, a la bulliciosa Cuba de los ingenios azucareros. Sintiéndose abandonado a su suerte ante un futuro sin brújula, el muchacho ideó una empresa insensata: adaptó una vela improvisada con sacos de fibra a una canoa ligera, cargó unos cuantos cocos y se lanzó a la inmensidad del mar abierto rumbo al sur, resuelto a buscar por cuenta propia la tierra del relámpago eterno.

Dos días después de zarpar una súbita tormenta tropical desgarró el cielo y volcó su frágil embarcación como si fuera de corcho. Estaba a punto de ser engullido por las corrientes oscuras cuando la mole imponente de un bergantín francés, el mismo que conducía las órdenes de relevo hacia La Habana, lo arrancó de las fauces de la muerte, izándolo a bordo entre maldiciones marineras.

El capitán del barco vociferó contra el mocoso por haber retrasado la marcha con aquel rescate, pero fray Jean Manuel, al asomarse a cubierta y ver el rostro empapado del náufrago, sintió que las tablas bajo sus pies se desmoronaban. En la osadía de aquel muchacho, en el brillo desafiante de los ojos, reconoció una verdad que había intentado enterrar bajo sus votos de castidad. Eran los rasgos de su propia sangre.

Una vez completado el salvamento, el fraile plantó cara al capitán, y juró por los santos Evangelios asumir la responsabilidad del muchacho a bordo. Como el puesto de carpintero había quedado vacante tras la muerte de éste, a quien el propio fray Jean Manuel despidió un día antes con las honras fúnebres de alta mar, el sacerdote se ofreció de inmediato a ocupar el oficio. El capitán aceptó la propuesta sin vacilar, de modo que fray Jean Manuel se convirtió en el carpintero oficial del bergantín, guardando un pacto secreto con el destino y manteniendo al joven a su lado como ayudante para protegerlo.

Durante tres largos meses de travesía, entre el persistente olor a brea, leños húmedos y salitre, fray Jean Manuel cumplió su doble condena muda: cepillaba tablones con la devoción ciega de quien reza por las noches y se prohibía pronunciar siquiera una vez la palabra hijo, temiendo que su debilidad truncara el destino del  joven.

Después de atracar en el puerto de La Habana, el muchacho creció creyéndose un huérfano amparado por la caridad de la Iglesia. Las interminables horas de carpintería en alta mar le habían forjado una fortaleza física envidiable: heredó hombros anchos, una espalda esculpida a golpe de formón y manos duras y atezadas como el ébano.

Bajo la tutela de fray Jean Manuel, quien se consumía en silencio cumpliendo su penitencia de padre secreto, el muchacho demostró una mente ávida y una devoción firme. Los años transcurridos en el seminario fueron un ejercicio de metamorfosis. Aprendió el latín con la misma naturalidad con la que antes leía el oleaje del Pacífico, y su estampa isleña, acostumbrada al murmullo de las chozas y al francés administrativo de Papeete, se refinó bajo los hábitos monásticos.

Aquel proceso requirió largas estaciones de estudio bajo el calor del trópico y un constante ejercicio de contención para calmar el fuego oceánico que aún ardía en su sangre. El resultado fue la eclosión de un hombre de presencia magnética. La fusión de sus rasgos polinésicos —pómulos altivos y ojos de color  miel— con la sobriedad de la sotana creó un contraste fascinante. Cuando recibió la ordenación sacerdotal en 1897, los feligreses no tardaron en bautizarlo con un apodo inevitable: El Dorado.

Para un joven criado en la soledad del mar abierto, aquel desfile de poder, adulaciones y carruajes lujosos representó un laberinto invisible. Se sentía un extranjero perpetuo vistiendo una túnica que le quedaba grande al alma. Y fue aquella vulnerabilidad disfrazada de aplomo la que abrió la puerta a la perdición.

En los salones de la capitanía general, donde el bochorno de La Habana competía con las intrigas políticas, El Dorado comenzó a frecuentar los círculos de la élite. Allí conoció a la esposa del gobernador, una mujer atrapada en un matrimonio de conveniencia, marchita por la soledad y desatendida por las ambiciones de su esposo. Al principio, el coqueteo se movió en los linderos de lo imperceptible: miradas que se cruzaban con una intensidad peligrosa bajo los arcos de piedra durante los banquetes oficiales.

Pasaron meses entre tensiones contenidas, hasta que los silencios cómplices dieron paso a roces fugaces de manos en la penumbra de las galerías, y luego a los susurros de los criados, que vigilaron cada uno de sus movimientos. La atmósfera se tornó irrespirable, y cada encuentro clandestino en la alcoba privada se pagaba con el sudor del miedo, conscientes ambos de que un solo paso en falso equivalía a una sentencia de muerte.

El joven sacerdote descubrió que el amor prohibido azotaba con la misma fuerza devastadora que una tormenta en medio del océano.

Hasta que una noche, el hechizo se quebró con la brutalidad de un trueno. Un crujido seco de bisagras desgarró el silencio del aposento.

—¡Traición! ¡Hay un intruso en mi aposento! —retumbó la voz enfurecida del gobernador, empuñando con resolución un revólver.

Sin tiempo para calzar sus sandalias ni vestir los hábitos, el joven cura despertó el instinto feral de sus antepasados. Se precipitó desnudo por el balcón hacia la noche habanera. Voló por los callejones en dirección a los muelles, mientras a su espalda estallaban los retumbos secos de cinco disparos. Al divisar un mercante que soltaba amarras rumbo al sur, se arrojó a las aguas encrespadas, trepó por las redes de cáñamo con destreza  felina y se plantó de un salto en la cubierta.

Ante la tripulación atónita, el náufrago inventó la historia de que cuatro malhechores lo habían interceptado y despojado de su ropa con la amenaza de matarlo, pero en un descuido logró escapar. La tripulación tragó el cuento y el joven se ganó el pan durante toda la travesía a Trinidad reparando tablones como carpintero.

Allí esperó un mes hasta que la goleta zarpó hacia Maracaibo con las bodegas repletas de mercancías europeas. El viaje hasta la boca del gran lago duró una semana. Una noche, cuando ya estaba a punto de alcanzar las aguas del golfo, El Dorado contempló fascinado, desde la cubierta y hacia el sur, el relumbrar intermitente de aquel fenómeno que había guiado su destino.

Un día después, en la mañana, al bordear la isla Zapara y divisar un puñado de exóticos palafitos, le pidió al capitán que fondeara un instante y lo dejara desembarcar con la ayuda de un marino para que lo llevara en canoa hasta la costa. El patrón de la nave aceptó de buen grado, pues estaba tan complacido con su maestría como carpintero que decidió obsequiarle un juego de herramientas para que continuara ganándose el pan mediante su oficio en tierra firme.

Satisfecho con el presente, El Dorado se despidió desde la rada, agitando las manos con afecto para decirle adiós al solidario lobo de mar.

El Dorado supo con absoluta certeza que había cruzado los umbrales del mito. Al pisar tierra, con los harapos pegados al cuerpo y las manos marcadas por el oficio de la madera, comprendió que estaba en el justo epicentro de su obsesión infantil. El aire caliente del lago, impregnado de mangle y salitre, pesaba en sus pulmones.

A la sombra de los palafitos, un anciano adusto de la estirpe de los mojanes lo aguardaba con los brazos cruzados, como si lo esperara desde siempre. Estaba envuelto en un poncho de algodón púrpura y adornado con pesadas cuentas de coral. Sus ojos oscuros, arrugados por décadas de escrutar el lago, midieron al recién llegado de arriba a abajo, buscando el peso del misterio que traía consigo.

—Bienvenido —dijo con sequedad.

—¡Bendito sea el Señor! —pensó el extranjero, asombrado.

Se miraron sin añadir una palabra. Solo se escuchaba el chapoteo rítmico del agua contra los pilotes, un compás antiguo que parecía marcar el pulso del porvenir, hasta que El Dorado rompió el hechizo.

—¿Cómo es posible que usted hable mi lengua si el lugar de donde procedo nadie ha imaginado jamás la existencia de esta isla? No lo puedo creer. Vengo de un mundo muy lejano.

El anciano barrió con los ojos las manos marcadas por el formón y la ropa gastada de su visitante.

—Estás equivocado. El hombre que te inspiró a venir hasta acá conversó un día conmigo y me dijo las mismas palabras. En cuanto a lo otro, no hay distancia, tiempo, lengua ni mundos imposibles.

El forastero quedó en blanco y no comprendió el sentido de la última frase. Aun así, dio un paso al frente con el alma dividida entre el respeto y la urgencia, sintiendo el peso de su propia tensión en cada fibra del cuerpo.

—Venerable anciano… Como le he comentado, he venido de un mundo muy distante, de otro mar infinito, para conocer por fin la tierra del relámpago.

El tiempo pareció congelarse entre los dos mundos, y los labios del patriarca, que transmitían un extraño aire de beatitud, se curvaron al fin en una media sonrisa enigmática.

—Has cruzado demasiados abismos para llegar hasta aquí —respondió con voz ronca, como un crujido de ramas secas—.Trabaja con dedicación al lado de mis coterráneos… que ese momento llegará.

Con los días, tras ganarse la confianza del sabio, presenció un fenómeno insólito que lo dejó pasmado: una mañana, el puñado de palafitos que a su llegada se erguían en el extremo norte de la isla amaneció mudado hacia el sur. ¿Qué portento había hecho aquello posible?

El viejo Moján lo miró con una sonrisa burlona y le dijo:

—No busques los palafitos donde los dejaste ayer; ya no miran para ese lado.

—Pero si daban al norte y hoy amanecieron apuntando al sur —replicó El Dorado, perplejo.

El viejo sacudió la cabeza con paciencia:

—Esta isla era antes parte de la playa de San Carlos y las corrientes la empujaron hasta aquí. Es un sitio conocido por los criollos, que distorsionan todo, como Zapara. Pero su nombre real es Asapalaa: el lugar donde el mar bebe el agua del lago.

Aunque al principio creyó  que se trataba de un desliz de su memoria o de la caprichosa ilusión del agua, El Dorado sonrió, reconociendo que aquel mundo flotante no solo desafiaba las leyes de la física y del tiempo, sino las reglas de su propia travesía. Así que permaneció de pie en la orilla, mirando desconcertado cómo los rayos solares pintaban de oro el oleaje hacia el poniente.

La destreza de El Dorado con la madera habló por él, pero fue su  constante entrega la que derritió las distancias: se consagró codo a codo con los nativos y se convirtió en el artífice de las mejores canoas que surcaban el gran lago, talladas con troncos bajados desde las tierras altas del río Limón.

Indignado al presenciar la crueldad con la que los criollos y soldados de la capital esclavizaban a los nativos, descendientes orgullosos del gran cacique Nigale, el carpintero intercambió con otras comunidades sus mejores embarcaciones por finas telas traídas de Maracaibo. Con sus propias manos confeccionó una sotana perfecta, un manto que abrazaba tanto su antigua fe como su nueva hermandad con los hombres del agua.

El día prometido llegó en los albores de 1912, después de que El Dorado culminara aquellos quince años de aprendizaje iniciático. Ahora, con cuarenta y tres años a cuestas, el sabio Moján le abría las puertas de su secreto mejor guardado: el relámpago del Catatumbo no era un capricho del cielo, sino una grieta abierta hacia la eternidad y de la cual él era guardián. Para descubrirlo, El Dorado debía bogar hacia la costa más remota, en el sur del lago, e internarse sin miedo en el santuario prohibido de la tormenta.

Antes de partir, decidido a desafiar la tiranía, El Dorado vistió su sotana artesanal. Salió del refugio junto al anciano Moján y viajó a Maracaibo para entrevistarse con el obispo. El recibimiento fue una bofetada de desdén. Al comprobar que carecía de credenciales canónicas, el prelado lo miró con desprecio, lo tachó de farsante y lo expulsó del palacio episcopal a gritos, amenazándolo con la excomunión.

Mientras cruzaba las puertas bajo el peso de aquella humillación, El Dorado sintió que algo se quebraba muy dentro de su fe institucional. Contempló el lujo de los despachos eclesiásticos, comparándolos de inmediato con la austera sencillez del anciano Moján y la comunión sincera con los hombres del agua. En ese instante de revelación amarga, comprendió que la verdadera espiritualidad no habitaba en las bulas papales ni en las catedrales, sino en la vastedad de la naturaleza, en el fulgor eterno del relámpago y en la justicia terrenal que defendía a los humildes. Aquel rechazo no hizo más que liberarlo de una sotana que ya le pesaba como una cadena, empujándolo a fundar su propio camino al margen de Roma.

Aprovechando su estancia obligada en el puerto de Maracaibo, El Dorado acudió al muelle en busca de provisiones. El aliento se le cortó al reconocer, amarrada al malecón, la silueta de la goleta que lo había conducido desde Trinidad quince años atrás, luego de escapar de la alcoba del vejado gobernador cubano. Por caprichos del cabotaje caribeño, el mismo capitán que lo había rescatado seguía surcando aquellas rutas, ignorando que su antiguo carpintero vestía ahora los hábitos de un sacerdote renegado.

—¡Las vueltas que da la vida! —pensó el marino.

Pero la dicha duró apenas un suspiro: un subalterno del capitán irrumpió desesperado para avisar que una patrulla armada rastrillaba el muelle buscando a un falso fraile alborotador y subversivo.

El veterano comandante le advirtió del peligro inminente. El Dorado, conservando la calma, aprovechó el refugio del camarote para escribir un último pliego dirigido a su padre, fray Jean Manuel, quien servía como párroco en España desde que él propio joven había recibido los hábitos en 1897. En aquellas líneas le confesó lo que guardaba en el fondo de su alma: él conocía la verdad de su estirpe y sabía de sobra quién era el fraile. Sostuvo el papel entre los dedos por un instante, con la certeza de que aquel mensaje cruzaría medio mundo como una botella al mar. Se lo entregó al tripulante con la esperanza de que su padre leyera alguna vez aquella confesión de afinidad silenciada, aun sabiendo que el océano y la distancia quizás enterrarían sus palabras para siempre. Acto seguido, se deslizó por una ventana y se lanzó a las aguas para escapar y reencontrarse más adelante con el viejo Moján.

Dejando atrás la celada, la canoa se internó lago arriba durante doce jornadas bajo un toldo de palma, impulsada por una vela cuadrada que desafiaba la fuerza de la corriente gris. Al alcanzar el santuario austral en una noche cerrada, el viejo Moján detuvo la marcha frente a un palafito de uno de sus paisanos, le entregó el bastón a su discípulo y se despidió en silencio como si ya no hubiera equívocos sobre el plan a acometer. Con la mirada fija en las aguas negras y el bastón de mangle sujeto al cíngulo, El Dorado se desprendió de la orilla para adentrarse a punta de palanca en el laberinto de los caños. En ese instante, el cielo se desgarró con la violencia de un juicio final. La tormenta azotó el lago con rayos verticales que tejían muros de fuego. El aire, metálico, apestaba a ozono y El Dorado paró la canoa para serenarse. Más que el pavor, lo paralizaba la vibración de aquel cosmos antiguo: empuñó con fuerza el bastón y, en seguida, comenzó a zumbar en su palma, caliente como un hierro al rojo, absorbiendo los destellos hasta encenderse. Entonces, el espacio implosionó.

A continuación una pared de viento y electricidad lo arrebató. No hubo golpe, sino un vértigo sordo; la noche estalló en un blanco cegador que disolvió la embarcación, el agua y el cielo.

En ese segundo exacto, mientras su cuerpo físico comenzaba a desdibujarse en el torrente de los siglos, el tiempo interior de su reloj biológico se congeló en una pausa absoluta. Cuarenta y tres años de historia se comprimieron en un parpadeo de partículas luminosas, antes de arrojarlo sin piedad hacia la nada.

Dos niños pescadores que cruzaban frente a una cueva escucharon la tos persistente de un desconocido. La curiosidad los movió a inspeccionar el sitio, cuyo acceso se abría directo hacia el mar. Sobre el suelo yacía un hombre con una túnica andrajosa, con los pies flagelados por el vaivén de las olas y en total inconsciencia. Ambos muchachos corrieron espantados a la carretera para pedir auxilio. Al poco rato llegó una ambulancia con paramédicos para rescatarlo y llevarlo de urgencia a un hospital, donde se recuperó al cabo de dos días. Los médicos comprobaron con asombro que aquel desamparado hablaba la lengua nativa, el tahitiano con un tono arcaico, atribuyendo su estado a un profundo trauma provocado por un supuesto naufragio, mientras él ignoraba que ya se hallaba en 1970 y que bajo aquellos harapos de cura latía una leyenda viva y por contarse.

Al respirar de nuevo el aroma de la arena húmeda de su isla natal, El Dorado contempló atónito cómo los contornos familiares del paisaje insular se habían transformado en un manto moderno de antenas, cables tendidos y caminos asfaltados. El mundo había cambiado de era mientras él seguía atrapado en la inmutable memoria de las décadas.

Tras recuperarse y ser dado de alta, mandó buscar con cautela a los niños pescadores que lo habían descubierto días antes en la cueva para conversar a solas. Les preguntó si recordaban algún bastón de madera cerca de donde lo hallaron. Los muchachos negaron con la cabeza, asegurando que solo lo habían visto envuelto en un raro  halo de bruma.

 Días después, fue conducido por los mismos jóvenes hasta el fondo de la gruta. El Dorado examinó cada rincón de la roca y halló el portentoso bastón de Moján: estaba apoyado en un saliente natural, bañado por una extraña luz de tonalidad azulada que parpadeaba con suavidad. Al sujetarlo, el resplandor desapareció de inmediato; al volverlo a colocar, la luz regresó vigorosa. Comprendió entonces que nunca hubo tal estirpe de los mojanes. Solo había existido uno: aquel al que había conocido en la isla Zapara y el mismo que lo despidió con afecto desde el santuario del gran relámpago a través de un atajo del tiempo del que era guardián eterno.

El Dorado no quiso adentrarse de nuevo en la proyección luminosa, temiendo viajar otra vez por los abismos sin la certeza de poder regresar a los dominios de su tierra. Así que tomó el bastón con firmeza, dio media vuelta y salió de la cueva. En seguida, avanzó mar adentro hasta que el agua le cubrió el pecho. Tomó la túnica que llevaba comprimida entre sus ropas, la sujetó con fuerza y la dejó caer entre los pliegues oscilantes del oleaje para que el mar reclamara los restos de su largo viaje por las eras.

El Dorado había atravesado los siglos. Al asimilar que el calendario global marcaba ya el año 2026, comprendió que habían transcurrido cincuenta y seis años desde aquel día de 1970 en que emergió de la gruta. De esa manera supo que el destino lo había arrojado de regreso a su hogar con una demora larguísima. Aunque había partido de su isla siendo apenas un muchacho en el siglo XIX, conservaba intacta la vitalidad de los cuarenta y tres años que tenía al entrar al portal. Su entorno había cambiado de rostro: los tímidos puestos coloniales de su juventud se habían convertido en una administración moderna donde el francés, antes limitado a los despachos, gobernaba ya por completo las calles y las escuelas de Tahití.

A semejanza de su padre, aquel fray Jean Manuel enigmático del que jamás volvió a saber, El Dorado no tardó en echar raíces profundas en su tierra natal. Con las mismas manos duras y tostadas que un día cepillaron tablones en alta mar y tallaron canoas bajo el cielo de Zapara, volvió a trabajar la madera en su isla para levantar escuelas, mesas y refugios. Con los años, no solo tuvo un hijo, sino varios, desatando una estirpe silenciosa de ojos intensos y color miel que heredaron sin saberlo la memoria del océano, de la tormenta y del formón. Al romper para siempre con la rigidez de la Iglesia de los despachos —aquella que una vez lo expulsó en Maracaibo—, consagró su madurez como un predicador libre. Servía tanto de maestro de letras francesas y tahitianas como de guía espiritual de su aldea, enseñando a las nuevas generaciones con la misma paciencia que le prodigaba su padre décadas atrás.

 Hoy, bajo la sombra tupida de los almendrones en Paea, aquella tierra insular que el tiempo custodió con las virtudes secretas de un Edén, la historia parece haberse detenido en tan solo una mirada. El anciano predicador, pese al paso implacable de los tiempos, se sienta cada tarde a la puerta de la escuelita a respirar el aire tibio del mar. A su alrededor, un grupo de niños nativos se agolpa: no solo sostienen cuadernos de papel arrugado, sino que deslizan con agilidad los dedos sobre las pantallas luminosas de teléfonos inteligentes donde parpadean videos satelitales en tiempo real del planeta.  Pero los chicos jamás miran los aparatos electrónicos cuando el viejo comienza a hablar; guardan total silencio de asombro para escuchar su voz ronca, pausada y cargada de mundos imposibles.

—Abuelo… cuéntame, ¿de verdad vio un fuego que nunca se apaga en el cielo de otro mundo? —pregunta un niño pequeño, levantando por fin la vista desde su pantalla brillante.

El anciano esboza una sonrisa serena, acaricia con sus manos el bastón de mangle, marcado por el perfil de un rayo, y fija los ojos en el horizonte infinito del Pacífico. Sabe que, más allá de los mares embravecidos, el relámpago del Catatumbo no deja de arder en la noche eterna, esperando paciente al próximo viajero.

@marcelomoran