Donald Trump dejó caer la idea de que Venezuela podría convertirse en el estado 51 de Estados Unidos, pero el mundo lo que escucha es un rugido.
Un ruido diseñado para sacudir titulares, para tensar la atmósfera, para medir el pulso de un conflicto que ya no se libra solo en fronteras, ni en Ormuz, sino en narrativas.
Pero un rugido no es un mapa de ruta, y esta frase, por más estruendo que haga, no tiene camino, ni tiempo, ni votos. Porque Venezuela no es un territorio esperando turno. Es una república con casi 200 años de historia, con una Constitución propia, con una épica fundacional que atraviesa generaciones, con una cultura que no cabe en un formulario federal y una lucha de 27 años contra un cartel de mafias que aún no ha llegado a su final.
Este estruendo, por más decibelios que alcance en las redes sociales, carece de ruta jurídica, de cronograma real y de los votos necesarios para convertirse en algo real.
Suponer que una nación con asiento en la ONU y soberanía internacional puede ser anexada en meses es, en el mejor de los casos, un desconocimiento craso de la historia. Los casos de Hawái o Puerto Rico no son espejos, sino contrastes: Fueron piezas del tablero de Washington mucho antes de cualquier debate sobre su admisión.
Hawái y Puerto Rico eran territorios ocupados, administrados por Washington, gobernados bajo leyes federales, integrados en la estructura jurídica estadounidense mucho antes de ser considerados para la admisión. No eran repúblicas. No tenían soberanía internacional. No tenían asiento en la ONU.
Eran piezas del tablero estadounidense desde finales del siglo XIX. Venezuela no. Canadá tampoco.
Ninguna república moderna podría desmantelar su Estado y entregarse a otra potencia sin referéndums vinculantes, tratados internacionales y procesos legislativos que durarían décadas, no simples ciclos electorales de 4 años.
Pero en la geopolítica actual las palabras son armas, una herramienta de campaña para alimentar diatribas, fuegos artificiales para agitar pasiones y mostrar músculo sin mover un solo soldado, y Trump ha demostrado ser un estratega único en esta materia de conflictos globales.
La provocadora publicación de un mapa de Venezuela con los colores de la bandera estadounidense y el título arriba de «51 State» sin más comentarios, fue difundida mientras Trump se dirigía a China para una cumbre de alto nivel. Llega un día después de que la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, (señalada por sus propios adeptos de traición) dijera que Venezuela “nunca” había considerado convertirse en estado número 51 de Estados Unidos, ni siquiera después de que fuerzas de ese país capturaran al depuesto dictador Nicolás Maduro, de quien era su vicepresidente, el pasado 3 de enero.
Una publicación que sin lugar a dudas generó reacciones y que funciona para su campaña para las elecciones de medio término, porque alimenta debates, empodera “influencers” y al fin y al cabo todos hablan -para bien o para mal- de su existencia, que es la verdadera intención de cualquier marketing político.
La realidad, siempre más sobria y menos estridente, ha demostrado escenarios atrás, que en EEUU no existe la voluntad interna ni el marco legal para tal absorción, ni en esta administración ni bajo las reglas de este siglo.
Tengan por seguro que en una semana la frase será otra.
Sin embargo, mientras se discute esta fantasía de «estadidad» estadounidense, se ignora una tragedia consumada que si existió, que es una realidad aún dolorosa: Se trata de la entrega voluntaria de la soberanía nacional a una isla quebrada. Venezuela, que hoy se erige orgullosa desde los golpes de pecho de muchos compatriotas en las redes, funcionó durante 23 años como la «Provincia número 16» de la Cuba castrista, una anomalía histórica donde el colonizado financió con su petróleo al colonizador.
Esta simbiosis no fue un pacto de hermandad, sino una operación de contrainteligencia masiva. La Habana no necesitó un referéndum ni la aprobación de un Congreso para penetrar los registros civiles, los puertos y los cuarteles venezolanos; le bastó con la anuencia de una cúpula que canjeó la nación por su permanencia en el poder.
La verdadera «cubanización» fue el desmantelamiento silencioso de la república desde adentro. Mientras el discurso oficial hablaba de antiimperialismo, el G2 cubano dictaba las pautas de represión y control social, convirtiendo a la otrora potencia energética en un satélite extractivo cuya única función era sostener el anacronismo dictatorial de la isla.
Al final, la idea de Venezuela como el estado 51 es simplemente una estrategia de campaña, pero la cicatriz de haber sido una provincia satélite de Cuba es real, profunda y severa. Un recordatorio de que la soberanía no se pierde con rugidos ajenos, sino con la claudicación de quienes, desde adentro, decidieron entregar las llaves de la casa al vecino más déspota y tirano para convertir a Venezuela en colonia de una isla en estado de deshaucio. Todo se discutía en la Habana, hasta que el pasado 3 de enero Trump sacó al parasitaje castrista del territorio venezolano. Así fueron los hechos para un territorio que aún no es libre porque quienes destruyeron el país aún se encuentran en el poder.
@damasojimenez



































