La nación venezolana está fracturada, partiendo del concepto básico entendido como el conjunto de personas unidas por lazos históricos, culturales y lingüísticos o identidad, que comparten un territorio y una historia común, regidos por un gobierno; varios de estos componentes están vulnerados en la actualidad por una realidad construida por el chavismo que entregó su soberanía, de acuerdo con sus intereses, primero a Cuba y ahora Estados Unidos de América.
Esta percepción la expresó recientemente Pedro Mario Burrelli cuando analizó la realidad que vive Venezuela. Según su apreciación el país perdió su brújula de nación soberana, con el petróleo acentuó su dependencia hacia los vaivenes de los mercados internacionales, dejando poco espació para construir una sociedad diversificada y con intereses propios.
Pero no es fácil cambiar a un país marcado por la influencia de la cultura petrolera que se remonta a poco más de un siglo, que ha generado una estructura de Nación-Estado dependiente totalmente de la influencia de la riqueza generada por el hidrocarburo y del comportamiento de los mercados internacionales. No hay discusión de su impacto positivo en muchos aspectos de la vida nacional, pero también se ha convertido en la daga para su propio cuello.
Antes de la llegada de Hugo Chávez al poder en diciembre de 1999, Venezuela sentía el peso de la crisis provocada precisamente por esa cultura petrolera; la pobreza, la corrupción, el derroche y el nuevo riquismo se desmoronó, acentuando la desigualdad y exclusión, caldo de cultivo para la pesadilla que justificó la llegada del inepto y corrupto autócrata, cuyo legado controla el poder en las últimas tres décadas.
El petróleo esta vez acentuó su trágico rol de ser el centro del poder, quien lo controla domina a Venezuela, eso lo entendieron claramente Chávez y ahora Donald Trump. Empresarios sanguijuelas, ciudadanos irresponsables dependientes de la dádiva pública, políticos que operan como hordas detrás del botín, han logrado el saqueo multimillonario más grande de su historia nacional, difícil de recuperar, en complicidad con banqueros expertos en finanzas y en lavar dineros en paraísos fiscales, y dirigentes sin escrúpulo alguno que sumieron al país en su peor crisis económica y moral.
Esta nomenclatura creada por Chávez aprendió a mutar con el tiempo. Pasaron de pregonar un socialismo del siglo XXI a ser los aliados del imperialismo Norteamericano, entregando el más preciado botín nacional: el petróleo, que ahora hunde sus garras en el futuro de Venezuela, caminando en la órbita de los intereses de EUA.
El 3 de enero de 2026, comandos élites de EUA extrajeron al presidente ilegítimo, Nicolás Maduro. Lógicamente luego de las elecciones del 28 de julio de 2024 se demostró el fraude perpetrado por un régimen que durante décadas afino un aparato de Estado totalmente diseñado para mantenerse en el poder a través del control de elecciones, un régimen de terror soportado por los poderes judicial, legislativo y ejecutivo; sus organismos policiales y de seguridad; y sobre todo de los recursos petroleros.
Ese control no desapareció con el arresto de Maduro, mutó hacia otro aparato controlado por sus cómplices, los hermanos Delcy (vicepresidenta) y Jorge Rodríguez (presidente de la Asamblea Nacional) y la cúpula militar responsable de instrumentar el Estado de terror que paraliza a la sociedad venezolana y se mantiene vigente.
Por eso los cambios y las confrontaciones entre grupos de intereses políticos, militares, económicos y de narcotráfico, solo existen en las redes y en las falsas informaciones; en la realidad todo sigue igual, con la diferencia que en los últimos días el gobierno de Donald Trump ya mostró su verdadera factura por la captura de Maduro.
El despliegue militar previo al 3 de enero de 2026, tiene un costo político y económico, y eso lo cobró Trump con el contrato petrolero firmado entre el gobierno ilegítimo de Delcy Rodríguez, con la empresa del corrupto, Alejandro Betancourt (protagonista del escándalo de los bolichicos) y la venia de EUA.
Un acuerdo avalado por gobernantes ilegítimos, que presagia un futuro opaco, por el origen de los protagonistas de un gobierno que luego de 2015 cuando la Asamblea Nacional con “legitimidad de origen” ganada por la oposición, la eliminó con un Tribunal Superior de Justicia írrito. A partir de ese episodio toda acción del régimen es ilegal.
El oscurantismo del acuerdo y la administración de 13 mil millones de dólares por concepto de ventas petroleras, respaldado por el gobierno de EUA es advertido por el economista y profesor de la Universidad de Harvard, Ricardo Hausman, y el experto Francisco Monaldi de la Universidad de Rice.
Mientras, la mayoría de los venezolanos siguen esperanzados en “la solución Trump”, se cruzan de brazos y esperan que les resuelvan sus problemas con su lema “algo va a pasar”. Una pasividad generada por una cultura petrolera que los condujo a vivir en una burbuja que estalló y demostró las debilidades de un sociedad con una falso sueño de riqueza, que ocultó los verdaderos problemas del país.
Venezuela fue conquistada no liberada luego del 3 de enero de 2026, dice Hausman, EUA actuó para garantizar un flujo mínimo de petróleo para su economía, tal como lo están haciendo Ecuador, Perú y Colombia; reduciendo así los problemas causados por el conflicto en el medio oriente.
La nación está desdibujada por los intereses externos que están dirigiendo su futuro, ya Chávez lo había hecho con el control que tenía el régimen de la Cuba de Fidel y Raúl Castro. 27 años después, Venezuela solo muestra un éxodo de más de 8 millones de ciudadanos, una inflación anualizada superior al 700%, represión, asesinatos políticos, un Estado de terror conducido por la nomenclatura chavista, que hábilmente mantiene el control de las estructuras formales y del territorio.
La mayoría de los venezolanos apuestan por las soluciones mágicas para recuperar su infraestructura, su economía y sus servicios públicos, confía en el “somos un país rico y tenemos mucho petróleo”, pero en su esencia las sociedad muestra escasa capacidad para pensar en la Venezuela como nación, advertida por Burelli, que maneje su destino y no dependa de los vaivenes de los intereses foráneos y del mercado petrolero.
@hdelgado10




































