La expectativa de una nueva etapa petrolera en Venezuela, impulsada por la política de Estados Unidos, vuelve a colocar al Zulia y al Lago de Maracaibo en el centro del tablero energético. Sin embargo, la realidad técnica todavía está lejos del escenario de recuperación y prosperidad anunciado desde el ámbito político.
Hernán Mendoza, presidente del Centro de Ingenieros del Estado Zulia (CIDEZ), advierte una profunda brecha entre la capacidad instalada y la producción efectiva. Años de falta de mantenimiento, deterioro de sistemas y obsolescencia de equipos en estaciones de flujo y baterías de separación limitan la capacidad operativa de los campos.
La flexibilización política tampoco se ha traducido en una mejora sustancial de las condiciones de producción. Persisten dificultades para conseguir válvulas, tuberías, químicos y otros insumos esenciales, mientras la logística interna continúa siendo un cuello de botella para las operaciones.
A ello se suma la falta de liquidez de contratistas y proveedores, provocada por retrasos en los pagos, que reduce su capacidad para intervenir los campos. Tampoco se observan inversiones estructurales suficientes en sistemas eléctricos, oleoductos y estaciones de flujo, mientras el sector pierde personal técnico especializado.
La pregunta central para la nueva política petrolera estadounidense es, por tanto, cuánto tiempo tardarán los anuncios y acuerdos políticos en convertirse en capacidad productiva real. El potencial del Lago de Maracaibo sigue siendo enorme, pero su recuperación exige capital, tecnología, infraestructura, proveedores solventes y talento técnico.
La contradicción se vuelve más evidente cuando Washington habla de hasta US$100.000 millones de inversión potencial, mientras reportes internacionales describen nuevos negocios petroleros y una mayor presencia de compañías privadas. En el territorio, sin embargo, la actividad económica y operativa continúa siendo limitada.
El principal obstáculo es la electricidad. Reuters ha reportado que Venezuela dispone de menos de 13.000 MW de capacidad eléctrica disponible frente a unos 36.000 MW instalados, mientras cerca del 90% de la capacidad termoeléctrica permanece fuera de servicio. Para una industria petrolera altamente dependiente de energía estable, el problema resulta estructural.
En el Zulia, la paradoja es todavía más visible. Comunidades petroleras como Cabimas enfrentan cortes eléctricos diarios de cinco, seis y hasta ocho horas, problemas de agua e infraestructura deteriorada, mientras los equipos de extracción funcionan de manera limitada. La industria intenta producir en un territorio donde los servicios básicos continúan colapsados.
El deterioro también alcanza al sector privado. La Cámara de Comercio de Maracaibo reporta que alrededor del 40% de las empresas zulianas permanecen cerradas desde 2025, después de que los cierres alcanzaran cerca del 60% en 2022. La falta de electricidad y la contracción económica terminan afectando tanto a la población como a la cadena de servicios necesaria para producir petróleo.
Esta realidad plantea una interrogante mayor: ¿puede existir una nueva bonanza petrolera sin una recuperación económica paralela? Si el Lago produce, las compañías reciben inversión y los barriles llegan a las refinerías estadounidenses, pero Maracaibo, Cabimas, Lagunillas y Bachaquero continúan padeciendo apagones, servicios deficientes y negocios cerrados, el nuevo modelo corre el riesgo de reproducir la vieja enfermedad venezolana: exportar petróleo sin transformar las condiciones de vida del territorio productor.
La dimensión política agrega otra contradicción. Alejandro Betancourt, cuya trayectoria empresarial venezolana estuvo vinculada a los contratos de emergencia eléctrica durante el gobierno de Hugo Chávez, aparece ahora como una figura considerada útil para facilitar nuevos negocios estadounidenses en Venezuela. Derwick obtuvo al menos 11 contratos durante aquella emergencia, mientras investigaciones cuestionaron costos y funcionamiento de algunas plantas; Betancourt y sus socios han rechazado las acusaciones.
El problema de fondo es que el petróleo no puede despegar de manera sostenida si la electricidad continúa colapsada. Análisis sectoriales y empresarios petroleros han señalado que el déficit energético limita la expansión de petróleo, gas y minería. Si Estados Unidos consigue atraer capital para sumar 100.000, 200.000 o más barriles diarios, pero no se recuperan generación, transmisión, distribución, agua industrial, carreteras y servicios en el Zulia, la expansión tendrá un techo físico. La verdadera prueba de la nueva política petrolera no serán los anuncios de inversión, sino su capacidad para convertir capital en infraestructura, producción, empleo y recuperación económica en los territorios donde se viene extrayendo el petróleo.
@damasojimenez




































