La captura de Nicolás Maduro a comienzos de enero no solo alteró el tablero político venezolano; rompió la arquitectura del miedo que sostuvo al régimen durante más de dos décadas. En ese nuevo escenario, Diosdado Cabello —el principal ejecutor de la represión— emerge como la figura más vulnerable del antiguo núcleo duro del chavismo.
Las declaraciones de Cabello el 4 de febrero, vestido de militar y advirtiendo que “nos van a comer uno a uno”, marcan un punto de inflexión. En los sistemas autoritarios, el miedo es eficaz solo cuando no se verbaliza. Cuando quien lo administraba comienza a hablar de él, el poder deja de mandar y empieza a defenderse.
Justo cuando transmitiamos en vivo nuestro podcast conocimos la excarcelación del líder opositor venezolano Juan Pablo Guanipa, luego de más de ocho meses de prisión, según informó su hijo en redes sociales.
El interinato acata una medida cuidadosamente calibrada por los EEUU que puede beneficiar a sectores específicos (detenidos por delitos políticos, presos civiles sin violencia grave, exiliados) y no amparar a quienes hayan cometido graves violaciones de derechos humanos o corrupción sistemática. Hoy, Cabello ya no opera desde la impunidad sino desde el vértigo.
Cercado judicialmente por Estados Unidos, con enemigos internos y dependiendo de actores que negocian su propia supervivencia con Washington, su figura se transforma en un problema a resolver dentro del proceso de transición forzada que atraviesa Venezuela.
Sin embargo sigue siendo un mal necesario para mantener el control de las grupos violentos mientras se ordena la casa.







































