Antonio de la Cruz: El último poder de Diosdado Cabello

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Washington podría conseguir la salida del hombre más temido del chavismo. Pero la verdadera prueba de la transición venezolana no será dónde termine Cabello, sino quién controle las armas, los servicios de inteligencia y las instituciones después de su partida.

Hay una diferencia fundamental entre derribar a un gobernante y desmantelar el sistema que lo sostuvo. La historia está llena de dictadores derrocados cuyos aparatos de seguridad sobrevivieron intactos. También de revoluciones que terminaron restaurando las jerarquías que decían combatir. Venezuela está a punto de averiguar a cuál de esas dos historias pertenece.

Desde la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, el 3 de enero de 2026, Diosdado Cabello se ha convertido en una incógnita estratégica para Washington y para el gobierno interino de Delcy Rodríguez. Informaciones del periodista David Alandete plantean una posible salida negociada hacia Turquía o Catar. Ninguna demuestra que exista un acuerdo definitivo.

La pregunta no es si Cabello tiene las maletas listas, sino si Estados Unidos desmontará las estructuras coercitivas que podrían sobrevivirle.

El hombre que dejó de ser indispensable

En las dictaduras hay personajes que mandan no por el cargo sino por sus contactos en cuarteles y servicios. Su influencia es una red, no un organigrama.

Lavrenti Beria, jefe de la policía política soviética, parecía indispensable para el sistema de Stalin. Cuatro meses después de la muerte del dictador, sus propios compañeros lo arrestaron. El hombre que había administrado el miedo terminó convertido en una amenaza para quienes heredaron el poder.

Cabello podría enfrentar una paradoja semejante.

Durante décadas fue el “mazo” del chavismo. Pero Delcy Rodríguez necesita cooperación de Washington, inversiones y estabilidad: todo lo que Cabello no representa.

Lo que antes fortalecía al régimen hoy dificulta su supervivencia. Pero perder utilidad política no es perder capacidad de daño. La cuestión es cuántas lealtades conserva y qué harían esas estructuras si su salida amenazara sus intereses.

Turquía: el exilio no elimina el poder

Turquía tiene el perfil de destino: está en la OTAN, se pelea con Washington cuando le conviene y se entiende con los enemigos de Washington cuando le conviene más.

Pero deja preguntas incómodas: ¿Quién garantizaría que Turquía sea el destino final y no una escala? Los procesos judiciales abiertos en Estados Unidos no se archivan con un boleto de avión. Y nadie ha explicado qué le impediría seguir dando instrucciones por teléfono desde Estambul.

El exilio no garantiza la irrelevancia.

Perón influyó en Argentina durante años desde Madrid; Jomeini dirigió una revolución desde el extranjero. Cabello quizá no tenga ese arrastre, pero la distancia no desmonta redes por sí sola.

El verdadero indicio de una salida efectiva no sería un avión rumbo a Estambul. Sería la pérdida verificable de su capacidad para impartir instrucciones dentro del Estado venezolano.

La batalla por las armas

Más importante que el destino personal de Cabello es lo que pase en el Ministerio de Defensa.

Suena el nombre de un oficial identificado como primero de su promoción para la conducción militar, sin confirmación. Pero el criterio es revelador: Washington quiere un ministro que la tropa respete y que garantice la cadena de mando.

La historia demuestra por qué.

En Portugal, la fractura del aparato militar abrió las puertas a la democratización en 1974. En Egipto, la caída de Hosni Mubarak en 2011 no eliminó la capacidad de las fuerzas armadas para determinar el futuro político. La diferencia estuvo en la relación entre el poder militar y la soberanía civil.

Venezuela no necesita otro ministro de Defensa: necesita unas fuerzas armadas que dejen de ser patrimonio de un partido.

Cambiar al general sin modificar las reglas de obediencia sería sustituir una lealtad personal por otra.

Douglas Rico y los colectivos

Otro nombre sobre la mesa: Douglas Rico, años al frente del CICPC.

La hipótesis: el CICPC acumuló información sobre los colectivos armados que podría servir para desarticularlos.

El desafío es institucional.

No todos los colectivos son lo mismo, y una democracia tiene que distinguir: una cosa es la organización comunitaria y otra el grupo que intimida a punta de pistola.

Recuperar el monopolio de la fuerza exige investigaciones que no dependan del gobierno de turno, testigos protegidos y jueces que no reciban llamadas.

La transición debe terminar con la intimidación política, no cambiar a sus administradores.

La tentación de Washington

Washington enfrenta una contradicción vieja. Necesita que Venezuela se estabilice, que el petróleo fluya y que haya algo que mostrar. Pero si solo persigue eso, puede terminar consolidando un autoritarismo más eficiente.

En la Guerra Fría, Washington respaldó gobiernos «útiles»: estabilidad inmediata, crisis mayores después.

Venezuela presenta esa misma tentación: un interinato que suba la producción petrolera y baje la confrontación es un socio conveniente. La salida de Cabello reforzaría esa narrativa. Pero la recuperación económica no equivale a legitimidad democrática.

Un gabinete técnico puede administrar mejor sin convocar elecciones. La policía puede profesionalizarse contra el delito común mientras la disidencia sigue vigilada. Y el petróleo puede dar ingresos sin contralor independiente.

El riesgo es que Washington termine patrocinando una modernización del rodriguismo en lugar de una transición democrática. Y el 3 de noviembre mete presión: sin el Congreso, los acuerdos de Trump con Delcy pasarán por un escrutinio que hoy no existe.

La administración Trump tiene incentivos para mostrar victorias. El interinato necesita instituciones que sobrevivan a esas victorias.

El reloj de la democracia

Cada actor vive en su tiempo: Delcy quiere aguantar, Rubio mostrar resultados, Trump llegar al 3 de noviembre, los demócratas convertir las urnas en instituciones. Esos tiempos chocan.

Su salida puede acelerar las reformas, o servir de victoria simbólica para justificar que todo lo demás espere.

Con la reconstrucción judicial y electoral aplazada, sin Supremo independiente ni CNE confiable, el 24 de julio de 2027 no vale nada.

El petróleo financia, Washington facilita, Delcy administra. Ninguno de los tres vota.

La verdadera prueba

Cabello puede terminar en Turquía, quedarse en Caracas o sentarse en un banquillo en Nueva York. Nada de eso está decidido.

La pregunta es qué pasará con las instituciones que sostuvieron su influencia: si la inteligencia sigue siendo de un partido, si los colectivos conservan la calle y si las elecciones las arbitra quien gobierna, su salida será un relevo, no una transición.

La historia no mide las transiciones por el destino de los hombres fuertes, sino por las instituciones que quedan cuando se van.

Washington puede anotarse su salida, Delcy presentar un gabinete renovado, los inversionistas celebrar el petróleo. Pero la democracia se juega en lo menos espectacular: un juez que falla contra el gobierno y sigue en su puesto, un militar que rechaza una orden ilegal, unos ciudadanos que cambian de gobernantes sin que nadie dispare.

Yo no estaría pendiente de los aviones hacia Turquía. Estaría pendiente de los cuarteles, de los servicios y del CNE.

El último poder de Cabello no está en las órdenes que aún pueda dar. Está en que sus estructuras sobrevivan sin él.

Venezuela no necesita un chavismo sin Cabello. Necesita un Estado en el que ningún nuevo Cabello pueda acumular semejante poder. Porque una cosa es sacar a Cabello del poder. Otra, muy distinta, es sacar su poder de las instituciones.

@antdelacruz_

Director Ejecutivo Inter América Trends