Hay historias que nunca terminan porque, en realidad, hablan de todas las épocas. La Odisea es una de ellas. Acabo de salir de la adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, un despliegue visual y narrativo que ha dividido a la crítica, pero que conserva intacta la pregunta que Homero formuló hace más de dos mil quinientos años: ¿qué significa regresar a casa? Mientras abandonaba la sala comprendí que aquella no era solo la historia de Odiseo volviendo a Ítaca. Era, también, una metáfora inesperada de Venezuela.
Este articulo nace de esa intuición. No pretende identificar personajes históricos con los héroes de Homero, sino explorar un paralelismo más profundo: el de un país que ha librado sus propias guerras, que ha conocido el exilio, la espera y la incertidumbre, y que aún busca el camino de regreso a su legitimidad. Como Odiseo, Venezuela ha demostrado que conquistar una victoria no es lo mismo que alcanzar el hogar. Y quizá María Corina Machado, cuyo eventual retorno a Caracas concentra hoy tantas expectativas, forme parte de ese largo nostos: el viaje hacia una Ítaca que todavía no ha reaparecido en el horizonte.
La Odisea es un libro que parece escrito para narrar un solo acontecimiento y, sin embargo, termina describiendo todos los acontecimientos posibles. Recordamos la caída de Troya, el Caballo de madera, el incendio de la ciudad y el triunfo de los aqueos. Homero, en cambio, decide comenzar la Odisea cuando todo eso ha terminado. La guerra ya pertenece al pasado. Lo verdaderamente difícil será regresar.
Quizá esa sea la clave más útil para comprender la reciente entrevista de María Corina Machado con Luis Alfredo Olavarrieta. No porque Venezuela sea Grecia ni porque sus protagonistas puedan identificarse con los héroes homéricos, sino porque la estructura del relato es sorprendentemente semejante. La conversación no gira alrededor de cómo conquistar el poder. Gira alrededor de cómo regresar a una legitimidad que, según la entrevistada, ya fue otorgada por los ciudadanos, pero aún no se ha traducido en un nuevo orden político.
Toda revolución imagina que la batalla decisiva resolverá el destino de una nación. Homero pensó lo contrario. La guerra de Troya dura diez años; el regreso de Odiseo, otros diez. La victoria es un episodio. El retorno constituye la verdadera historia.
Ese desplazamiento resulta revelador. Durante décadas, la política venezolana estuvo dominada por la obsesión de la confrontación: quién vencería, quién caería, quién ocuparía el palacio. La entrevista propone otra temporalidad. El problema ya no consiste únicamente en ganar. Consiste en reconstruir aquello que hizo posible la convivencia antes de que el conflicto la destruyera.
Los griegos llamaban nostos al regreso. La palabra no significaba únicamente volver a casa. Implicaba regresar convertido en otra persona. Nadie atravesaba el Mediterráneo sin transformarse. Nadie volvía siendo idéntico a quien había partido.
Quizá tampoco Venezuela pueda regresar a la República que perdió hace décadas. Las naciones, como los hombres, conservan la memoria de sus heridas. La experiencia modifica incluso aquello que parece inmóvil. El país que emerge de la migración masiva, de la persecución política, de la crisis económica y, más recientemente, de la devastación provocada por los terremotos, difícilmente podrá reproducir el orden anterior. El regreso, si llega, será necesariamente distinto del pasado que pretende recuperar.
Existe otra diferencia fundamental entre Aquiles y Odiseo. El primero representa la gloria inmediata. El segundo encarna la inteligencia paciente. Aquiles conquista el honor muriendo joven. Odiseo conquista el futuro sobreviviendo.
La entrevista parece apoyarse sobre esa segunda tradición. El liderazgo que allí se describe no se define por la fuerza ni por el sacrificio heroico, sino por la capacidad de administrar el tiempo. La clandestinidad, el exilio, la espera y la prudencia dejan de ser simples circunstancias biográficas para convertirse en parte de una estrategia narrativa donde resistir también constituye una forma de actuar.
No es casual que uno de los episodios más recordados de La Odisea sea el encuentro con el Cíclope. Odiseo consigue escapar porque renuncia momentáneamente a su identidad y se llama «Nadie». Solo fracasa cuando necesita proclamar su verdadero nombre. El orgullo convoca la venganza de Poseidón y prolonga su sufrimiento.
Toda política contiene esa tentación. El deseo de reconocimiento puede ser tan peligroso como la derrota. Por eso resulta significativo que, durante la conversación, el énfasis se desplace repetidamente del liderazgo individual hacia el mandato ciudadano. El protagonista intenta convertirse en un portavoz más que en un propietario del proceso. Si esa operación narrativa logra sostenerse en el tiempo pertenece al futuro; pero su intención resulta evidente.
También merece atención la figura de Penélope. Durante siglos fue reducida al símbolo de la espera. Sin embargo, Homero describe algo más complejo. Penélope mantiene vivo el reino mientras el rey está ausente. Conserva el orden sin disponer plenamente del poder.
Quizá la ciudadanía venezolana ocupe un lugar semejante en esta lectura simbólica. Las actas preservadas, la memoria electoral y la insistencia en la legitimidad funcionan como el tejido que Penélope construye de día y deshace de noche para impedir que el tiempo consagre una usurpación definitiva. La espera deja de ser pasividad. Se convierte en una forma de resistencia.
Los monstruos homéricos tampoco son simples criaturas fantásticas. Cada uno representa una prueba moral. Las Sirenas ofrecen el conocimiento absoluto al precio del naufragio. Circe transforma a los hombres en aquello que ya eran en secreto. Calipso propone la inmortalidad a cambio del olvido de Ítaca.
Toda transición política conoce tentaciones parecidas. Existe la seducción de las soluciones inmediatas, la comodidad del acomodo y el cansancio que invita a abandonar el propósito inicial. Ningún viaje prolongado se pierde únicamente por culpa de los enemigos. A veces basta olvidar el destino.
La bolsa de los vientos resume esa tragedia con una sencillez admirable. Odiseo había llegado casi a las costas de Ítaca. Sus marineros, creyendo descubrir un tesoro escondido, abrieron la bolsa entregada por Eolo y liberaron la tormenta que los devolvió al principio del viaje. La victoria estaba asegurada; la desconfianza la destruyó.
Toda transición contiene ese riesgo. Los procesos políticos suelen fracasar menos por la fuerza de sus adversarios que por la incapacidad de preservar la confianza entre quienes comparten un mismo horizonte. No es casual que la palabra «confianza» aparezca una y otra vez en la entrevista. Más que una virtud privada, se presenta como un recurso estratégico.
Hay, finalmente, una escena que suele pasar inadvertida. La Odisea no comienza con Odiseo. Comienza con Telémaco. El hijo inicia su propio viaje antes de reencontrarse con el padre. Mientras el héroe intenta volver, la siguiente generación aprende a sostener el hogar.
Tal vez esa sea la enseñanza más profunda para Venezuela. Ninguna reconstrucción dependerá únicamente del regreso de un dirigente o de la sustitución de un gobierno. Dependerá de la madurez alcanzada por una ciudadanía que, durante años, ha debido aprender a organizarse, desconfiar de las soluciones fáciles y asumir responsabilidades que antes delegaba.
Borges escribió alguna vez que cada lectura crea un libro distinto. Quizá también cada nación escriba su propia Odisea. No repite la de Homero; dialoga con ella.
La entrevista no anuncia el final del viaje. Apenas confirma que el viaje continúa. Y acaso ese sea el verdadero legado del viejo poeta ciego: enseñarnos que las guerras pueden terminar en un día, pero que el regreso a casa siempre exige una paciencia infinitamente mayor que la necesaria para conquistar una ciudad.
Porque Troya puede caer por la astucia de un caballo de madera. Pero Ítaca solo vuelve a existir cuando quienes regresan han aprendido, al fin, quiénes son.
@antdelacruz_




































