Hermano,
te nombro y el aire se llena de distancia.
Tu nombre cae despacio,
como una hoja grande en una tarde sin viento,
y algo en mí recuerda
el peso exacto de tu sombra.
Fuiste alto en la memoria,
aunque el cuerpo fuera delgado como una pregunta.
Fuiste silencio que sabía encestar la luz,
mano abierta,
respiración larga.
Yo te recuerdo así:
inclinado sobre la noche,
golpeando palabras
como quien llama a una puerta que solo el tiempo abre.
La máquina de escribir era un animal dormido
que despertabas con cuidado,
para no herir al mundo.
Hermano,
qué lejos están ahora las ciudades que compartimos,
los trenes mojados,
las canchas donde el suelo temblaba bajo tus pasos.
Qué lejos y qué dentro.
El tiempo nos fue separando
como se separan los ríos del mar
cuando ya no preguntan por su origen.
La muerte de los padres,
los países rotos,
el cansancio de los cuerpos
hicieron su trabajo lento.
Y aun así,
cuando digo tu nombre,
algo vuelve a su sitio.
Hoy te has ido
—dicen—,
pero yo no lo creo del todo.
Porque no se va quien deja
una forma de mirar,
una manera de estar sin ruido,
una dignidad que no se explica.
Te imagino ligero ahora,
sin la dureza del cuerpo,
sin la lentitud impuesta.
Te imagino escribiendo
con una caligrafía que no tiembla,
encestando el día
en una canasta sin tiempo.
Hermano,
si alguna vez fui casa,
fue porque tú estabas.
Si alguna vez el mundo fue menos áspero,
fue porque te sabía en él.
Hoy te dejo ir
como se deja ir a la noche:
con dolor,
con gratitud,
con la certeza
de que seguirás entrando
cuando abra la memoria.
Antonio de la Cruz
Chevy Chase, Maryland
Enero 2, 2026




































