“La acción transcurre en un país oprimido y tenaz…” Así comienza Borges a relatar la historia de Fergus Kilpatrick en su cuento “Tema del traidor y del héroe” y así mismo comenzó la madrugada del 3 de enero en Caracas que termino con la captura de Nicolás Maduro.
El país entero que hoy se extiende por el mundo con los casi 9 millones de venezolanos que estamos afuera sintió, qué duda cabe, una gran alegría y la sensación que había recuperado lo que se había perdido en dos décadas y que había costado un siglo en ganar: la democracia.
Pero, la alegría, digamos que la mía, por no molestar a aquellos que en su mensajería gritan: “que bueno sería que fuéramos el estado 51 de EEUU”. Entonces corrijo, mí alegría, duró justamente hasta el mediodía cuando todos escuchamos la conferencia de prensa del siempre impredecible y narcisista Donald Trump, que habló como si se tratara de Bolívar entrando a Caracas con una corona de laurel, como el nuevo Libertador del país y nos volvió a meter en el mismo hueco de donde todos habíamos soñado haber salido esa madrugada.
Con las palabras de Trump, erigido en el “nuevo amo” del país, reapareció el reino de la incertidumbre, la inseguridad y el desasosiego donde todos hemos vivido en los últimos tiempos. Y de paso produjo una enorme tristeza, pues al final del día, el país, como dice Barrera Tyszka, Venezuela: “No es un salón de fiestas. Tampoco es un territorio de luchas y de resistencia. (Y) Ahora nos gobierna el desconcierto”
Claro, como el mismo autor señala es difícil hablar del futuro que nos espera, pues este es abierto e impredecible y lejos de lo que cree el feroz Trump y su administración, esa imprevisibilidad es irreductible y no siempre es factible de ser controlada ex -ante.
Delcy Rodríguez ya ha asomado que solo Dios gobierna su destino. Y Trump sigue afirmando que él es, precisamente, Dios.
En todo caso, son los hechos lo que han demostrado que ahora si, como nunca, el cuento de Monterroso tiene perfecta vigencia, solo que le agregaría el plural: “Cuando (todos despertamos), el dinosaurio todavía estaba allí”, no otra sentencia cabe para su decisión de imponer a Delcy Rodríguez como la jefa de la transición.
Esa decisión la cubre una hipótesis sombría, pues, Delcy Rodríguez y su hermano (como cambian las cosas, hubo un tiempo en que se decía Jorge Rodríguez y su hermana) son señalado como quienes entregaron a Maduro.
Delcy Rodríguez a la cabeza deja, por un lado, intacta toda la siniestra maquinaria del poder chavista, como si ella no fuera cómplice de la corrupción, corresponsable de los delitos de lesa humanidad cometidos por el régimen y, en fin, en parte fundamental de la estructura criminal que, Trump, decía combatir y, por el otro lado, tal imposición es una nueva versión de lo que Chávez y Maduro habían iniciado, esto es la entrega del país a los rusos , a los chinos, a los iraníes y a los cubanos, etc. Esta vez la entrega se le hace a un actor que está en las antípodas ideológicas de los primeros, aun cuando tienen en común el signo del autoritarismo.
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Trump ha hablado claro, él que no es amigo de la democracia, palabra que jamás se le ha escuchado en toda su jerga intervencionista, tampoco se le ha percibido ningún afecto por los venezolanos a quien ha echado de su país, literalmente, a patadas, cuestiones que no le importan para nada; dice que será él y Marco Rubio quienes dirigirán esto que se llama “transición”, que nadie sabe hacia donde transita y se harán cargo del país que ahora es una “ex nación”, pues las decisiones que ahora se tomen, en los aspectos centrales de su política, fundamentalmente económicas y dentro de estas, la producción petrolera, serán tomadas fuera de sus fronteras y en el seno de un poder extranjero, esta vez, en los EEUU.
Trump, en esencia, anuncia la construcción política de un protectorado, todo ello a espaldas del liderazgo político opositor más significativo y de los ciudadanos. La ironía de este proceso es que Delcy Rodríguez se ha convertido en la “verdadera lacaya” del Imperio cancelando en la práctica lo que se había construido desde el ascenso de los andinos al poder: el Estado-nación
Claro, hay sectores que se han erigido en apologistas de Trump (nunca faltan) que justifican “la verdadera intervención que vendrá”. Están los que dicen que es preferible servir a los Estados Unidos que, a los rusos, a los chinos , cubanos e iraníes e igual que sucedió cuando Chavez llegó al poder profesan un raro culto a Trump, se les agrega un sector de comunicadores, analistas, opinadores e intelectuales muy acreditados que terminan siendo raros traductores de lo que Trump dice pero, que no quiso decir, que le dan giros a sus argumentos en la medida que Trump le produce giros, algunos inesperados, a los suyos. De esta manera señalan que su discurso es una estrategia porque su objetivo es la “defensa del pueblo venezolano” y cuando dice que MCM “es una buena persona, pero no tiene apoyo ni respeto dentro de su país” no es que él haya deslegitimado brutalmente el liderazgo de esta, desvalorizando la calidad y la cuantía de su liderazgo sino que lo hace para protegerla, pero, continúan: ya vendrán “nuevas elecciones” y ella podrá ser elegida, porque todo este proceso tiene fecha de término: treinta o sesenta o noventa días o, mucho más tiempo, si Delcy Rodríguez resulta más útil de lo que ella misma cree.
Los que han justificado la posición de Trump privilegian su pragmatismo que me gustaría resumirlo en líneas generales:
1.- Trump se asume como “El Actor” (este por lo general siempre piensa que el único actuante es él) y su punto de vista es el que pretende prevalecer para producir efectos en la sociedad que él asume como una realidad que es exterior a él. Dada, no faltaba más, su personalidad, patológicamente narcisista tiene una imagen egocéntrica de la sociedad.
2.- El modelo de interacción política que, Trump impone, no solo en caso de Venezuela sino en el mundo (¡“Ay! Groenlandia espera que te pego), es el poder, es decir, la imposición intencional de efectos sobre el mundo sociopolítico, haciendo énfasis en las categorías: conflicto, victoria y enemistad. El ideal, para Trump, es que se produzcan los efectos que él ha preasignado y no otros.
3.- Este paradigma de “realismo político” le atribuye a él la posibilidad de formular juicios racionalmente fundados ex – ante.
Trump no entiende, no tiene por qué entenderlo (Martín Caparros lo describe como: un señor primitivo, semianalfabeto, vengativo, violento, despectivo (que) maneja el mayor ejército que el mundo ha conocido) que en situaciones de incertidumbre nadie puede calcular y medir con certeza la actuación de los otros actores, que también juegan. Por supuesto, algunos dirán que Delcy y Co. tiene la pistola de Trump en la sien, pero, hay siempre factores que una vez que se ponen en movimiento no pueden ser adecuada y racionalmente leídos aun cuando se tenga al ejército más poderoso del mundo. Múltiples ejemplos hay en la historia de como la presencia de lo azaroso y de lo impredecible modifican resultados no esperados y sobrevienen los desastres. Si el azar y lo impredecible no intervinieran, por ejemplo, la caída de Bizancio y la derrota de Napoleón en Waterloo.
Durante más de veinte años el chavismo se ha comportado más como un zorro que como la perdiz, siempre se ha camuflajeado, propone diálogos (ya Delcy Rodríguez se lo ha propuesto a Trump y su hermano el jefe del otro poder, el legislativo, lo negocia) ha propuesto acuerdos, pactos y compromisos, todos violados una vez que logra sus objetivos sustrayéndose de cumplir los mismos. Ahora con los hermanos Rodríguez jefaturando el gobierno, maestros de la simulación y el disimulo, estos orientaran su acción política en hacerse de un recurso que por ahora lo tienen escaso: El tiempo. Y apostaran todo para ampliar lo más posible el suyo para permanencia en el poder, digamos, solo por decir algo: 2031 y tal vez más allá.
En estos momentos en las que Trump en medio de la vaguedad y ligereza con la que suele hablar para mostrarse como “el salvador del país” y que ha dejado intacto al chavismo sin Maduro en Miraflores (con seguridad se convertirá en un clásico su lapsus de llamar a Maduro “un dictador ilegal” hasta donde sabemos desde nuestras lecciones de Moral y Cívica no hay “dictadores legales”) recuerdo un concepto que el jurista zuliano Manuel Delgado Ocando, “un intelectual orgánico del chavismo”: “La transición infinita”, conferido al régimen que recién comenzaba Chávez y conociendo de Trump su naturaleza mercantil e imperial, esa vieja palabra que nuevamente asoma sus narices, bien pudiera permitirle a Delcy Rodríguez, una vez que le rinda tributo y tributos de todo tipo y que ”haga lo que nosotros queramos que haga” Trump dixit) quedarse en Miraflores por más tiempo del que el país quiere. Pues un barril de petróleo vale más que un Premio Nobel de la Paz, como sentencia Milagros Socorro.
@enderarenas





































