Marcelo Morán: Una flor de taparo para Nemesio

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Conocí a Nemesio Montiel Fernández a mediados de los setenta en el Hato San Francisco en Las Parcelas de Mara. Era una granja propiedad del profesor Renato Montiel Polanco (hermano del primero) y limitaba con nuestro fundo por el lado oriental.

 Renato era mi tío materno y acostumbraba pasar allí los fines de semana para librarse un poco del estrés de la bulliciosa Maracaibo donde se oficiaba de docente. Aquel día, en la mañana, llegó acompañado del joven que hacía un año se había graduado de antropólogo —con honores— en la Universidad Central de Venezuela. Una profesión rara en ese tiempo y sobre todo para un adolescente como yo, que apenas se iniciaba en el bachillerato.

Nemesio tenía treinta años. Era blanco, bajito y de contextura delgada.  Exhibía un vistoso bigote de charro y desde entonces ya destellaba en él una clara aureola de erudición.

 En aquel momento, él y mi tío se mecían en coloridos chinchorros de doble cara mientras eran atendidos por la simpática abuela María Francisca Polanco, Mamá Francisca, como le decíamos en ese tiempo.

En 1984, después de transcurrir once años de su visita al Hato San Francisco lo volví a ver en Alitasía, su terruño, su Parnaso, cuando acompañé a Lenín Pulgar y su grupo Amor y Gaita a los actos programados para conmemorar el 12 de octubre. Alitasía era una explosión de artesanías, colores, ruidos, vehículos, visitantes, turistas venidos de distintos rincones de Venezuela y del extranjero, animados por  la estampa de un pueblo que ha mantenido incólume su identidad a pesar del paso del tiempo y el infortunio de soportar con paciencia la desidia histórica de dos países.

 Allí estaba presente Nemesio, como un maestro de la Grecia Antigua, enseñando mientras caminaba seguido de un ansioso grupo de visitantes alrededor de la Laguna de Ulerí, y la casita blanca donde pernoctó don Rómulo Gallegos junto con su esposa Teotiste en 1941, cuando recolectaba información para colgar dos años después en la cartelera de la literatura universal Sobre la misma tierra, su última novela de tema venezolanista.

Los viajes con Lenín Pulgar se hicieron recurrentes los fines de semana a Alitasía para armar parrandas en los bohíos de doña Rina Fernández de Montiel, hija del gran Torito y madre de Nemesio y, de esa manera, fui cultivando amistad con este valioso juglar de conocimiento inagotable.

Nemesio nació para enseñar. Virtud que heredó de sus abuelos, el viejo Torito Fernández y doña Celmira González quienes cosechaban todos los sueños, las palabras, las poesías y las atesoraban en un flamante Parnaso donde yacen matas de taparo o tapara como le dice el común, pero cuya nombre científico es Crescienta Cujete, una identificación fea como la mayoría de las enrevesadas nomenclaturas de la ciencia. Pero el mejor nombre que pudieron inventarle los ancestros wayuu fue: Aliita. Más adelante ese vocablo, fusionado con Así, producto de un soplo de inspiración de la pareja Fernández González daría lugar a la palabra Alitasía. Un vocablo hermoso, sonoro, poético. La Flor del Taparo.

Nemesio no solo enseñaba en la universidad, en conferencias, en libros, ensayos, sino en su columna semanal Kasachiki, publicada por casi medio siglo en el diario Panorama de Maracaibo. Sin temor a equivocarme, era la columna de opinión de más larga data en la prensa de nuestro país después de Pizarrón, delilustre Arturo Uslar Pietri, que se mantuvo sin interrupción por cincuenta años en el diario El Nacional de Caracas.

Kasachiki (noticia) era esperada cada lunes en la mañana por estudiantes, maestros, académicos, curiosos y gente de a pie para zambullirse en el maravilloso universo wayuu. Todos hallaban en cada publicación la respuesta buscada. Nemesio como buen estudioso del comportamiento de su pueblo captó la necesidad de la comunicación y, a través de esa columna semanal lo consiguió. Internet y las nuevas herramientas para poner el mundo en nuestras manos y que hoy usamos como necesidad vital estaban todavía a años luz.

 En Kasachiki se reseñaban los eventos que involucraban a las comunidades indígenas desde la Alta Guajira hasta el Sur del Lago de Maracaibo: como la caída de las primeras lluvias, los atropellos por parte de la fuerza pública, la resolución de un conflicto familiar, quién había sido honrado con el segundo velorio, el logro de una meta académica y tantos temas de interés para un pueblo olvidado y ávido de información. Era un privilegio leer esas noticias en una edición impresa del diario Panorama viajando en un autobús de Guana o Los Filúos o bajo  la sombra de un cují en la plácida Guarero.

En mi infancia, a principios  de los sesenta, cada lunes solía acompañar a mi madre al mercado de Los Filúos a comprar chivos o algunos insumos provenientes de Maicao. Era como una excusa para enterarse de las noticias que llegaban desde la Alta Guajira traídas en camiones de largas cabinas de madera, similares a las diligencias del Viejo Oeste y llamadas “Chivas”. Alrededor de esos singulares transportes se reunía un aluvión de familiares a fin de conocer las últimas nuevas. Los pasajeros, que venían aturdidos por efectos de los incómodos asientos de tablas luego de soportar largas horas de viaje, se encargaban de desgranarle a los expectantes todo el acontecer de esa  tierra lejana y difícil de transitar. La vía que comunicaba Los Filúos con Castilletes era todavía para esa época un sendero hollado por cascos de burros y caballos. Así era como los wayuu nos informábamos en el pasado antes de que saliera Kasachiki en el diario Panorama.

La mañana del 26 de abril de 2021, cuando escuchaba la radio en mi casa de Ciudad Ojeda, un locutor hizo un paréntesis para leer un mensaje que se hacía tendencia en las redes a esa hora. Provenía de la cuenta en Twitter del jefe de posgrado de la Facultad de Medicina de LUZ, doctor Freddy Pachano:

«Lamento informar el fallecimiento por Covid-19 del Profesor Emeritus de LUZ Nemesio Montiel Fernández, Antropólogo, Presidente del Observatorio Wayuu Colombo Venezolano. Fiel defensor de los derechos de los indígenas de la Guajira. Paz a su alma y consuelo a su familia.»

La noticia me sacudió y en seguida busqué el teléfono para corroborarlo en la cuenta Twitter. Allí estaba colgado. Todas las redes sociales lo registraban. En ese momento recordé todos los pasajes en que interactuamos y en los campos académicos, políticos y culturales en que participó Nemesio con luminoso prestigio.

Una semana antes había muerto mi tío Renato Montiel Polanco, hermano mayor de Nemesio a quien no pude despedir por falta de efectivo,  gasolina y transporte; carencias que se volvieron tan nefastas como los estragos de la pandemia en ese momento.

En agosto de 2020 hablé con Nemesio por teléfono. Me dijo que estaba trabajando en la revisión de su libro Linajes (Editorial Ediluz, 2001). Y más adelante, a modo de despedida agregó: “A lo que pase la pandemia nos reunimos aquí en Maracaibo. Cuídate mucho”. Sin dudas, fue un adiós adelantado, porque no volví a tener comunicación con él.

Con la desaparición de Nemesio se perdió un caudal de conocimiento, de sabiduría en Venezuela. Tenía muchas batallas por librar en favor de los indígenas y de la cultura zuliana. Mucho aún por enseñar en las aulas universitarias y en las tertulias inagotables frente a La Laguna de Ulerí.

Voló hacia Jepirra, el Cielo de los wayuu de donde regresará un día convertido en lluvia. Como el aguacero que cayó en vísperas del 26 de abril e hizo reverdecer en un parpadeo el semblante terroso de la planicie guajirera. Ese maravilloso torrente hizo brotar también la primera flor del taparo, que honra el nombre Alitasía, cual si fuera una ofrenda de la sabana  al primer año de su partida.

@marcelomoran