Esta mañana —igual a tantas otras—
la patria se despertó
sin desfile,
sin aplausos,
sin fanfarria.
Sólo el ruido suave
de un ventilador roto
en el pasillo de un cuartel.
Te escribo sin gritar.
Sin exigirte que salves nada.
Sólo te pido que escuches.
Tal vez estás sentado
en una silla de metal,
el uniforme arrugado,
un café frío entre tus dedos.
Quizás afuera llueve,
como si hasta el cielo dudara.
No quiero hablarte de traición ni de gloria,
de la cúpula podrida,
de las banderas robadas por los ladrones del miedo.
Tú ya sabes eso.
Has vivido suficiente para distinguir
entre una orden
y una trampa.
Hoy no vengo a recordarte lo que juraste,
sino a susurrarte lo que aún puedes ser.
Piensa en Bolívar, sí,
pero también en tu madre.
En tu hijo,
en la mujer que una vez te abrazó
cuando aún no pesaba tanto
el silencio en los hombros.
Hay una puerta,
invisible pero real,
que solo se abre hacia adelante.
Una puerta que no lleva a una revolución,
sino al reencuentro con lo que alguna vez fuiste.
Tú que sabes distinguir el estruendo
de la verdad.
Tú que has sentido miedo
y no te has rendido.
Tú que eres más que el arma que cargas
o el rango que firmas.
Aún estás a tiempo.
No se trata de alzarse,
sino de recordar
que estás hecho del mismo barro
que este pueblo obstinado.
La historia —te lo juro—
no es una estatua en mármol,
es una hoja en blanco que espera
tu letra,
tu paso,
tu decisión.
Y cuando llegue el momento
(de eso puedes estar seguro),
será tan sencillo como respirar.
Un gesto,
una palabra,
una mirada a otro soldado
que también ha esperado este día
para no sentirse solo.
Hoy no vengo a exigirte.
Vengo a decirte
que te estamos esperando.
Con las ventanas abiertas
y el corazón sin rencor.
@antdelacruz_




































