Las ruinas de Gaza no son producto de una simple guerra, es el tráiler de lo que el «catire» Trump está dispuesto a ejecutar para imponer su nuevo orden mundial.
Mientras en la Franja se arrasan edificios a punta de bombardeos para cimentar una futura «Riviera» de lujo sobre un cementerio de extremistas y de una población civil indefensa, en Venezuela la mira está puesta en el subsuelo: el petróleo, el coltán y el uranio que el chavismo le hipotecó a los rusos, chinos, iraníes pero sobre todo a sus estimados amigos cubanos.
Para Donald Trump, la diplomacia de salón ha muerto en el caso de Venezuela. Se cansó de fanfarronear y de amenazar, ya no busca la paz, ni la democracia y mucho menos negociar; busca la propiedad. El paralelo es exacto y aterrador para quienes aún ostentan el poder en Miraflores: así como en Gaza no hubo piedad para los que atacaron a Israel, en Venezuela la «intervención quirúrgica» que ya descabezó a Maduro es solo el inicio.
El mensaje para la «Medusa» de varias cabezas que aún sobrevive en el PSUV, con Diosdado Cabello como último reducto, es claro: mírense en el espejo de Gaza. Allí, el costo en ladrillos fue total; pero aquí, en Venezuela Trump quiere la infraestructura entera, pero no dudará en aplicar la misma receta de aniquilación si la transición no se entrega en bandeja de plata y con todos los utensilios.
Durante años, muchos consideraron a Donald Trump simplemente como un narcisista ególatra al que se le otorgó la facultad de gobernar el país más poderoso del mundo. Su estilo confrontativo y su obsesión por presentarse como dueño absoluto de la verdad reforzaban esa percepción. Sin embargo, su paso por la política internacional ha demostrado que es algo más que eso: un actor que encarna los poderes más pragmáticos de Estados Unidos y sus aliados internacionales.
Gaza: la evidencia del poder
La guerra en Gaza se convirtió en un escenario donde Trump mostró con claridad su alineamiento con Israel y los sectores más radicales del sionismo. El apoyo incondicional a las operaciones militares derivó en una tragedia humanitaria: más de 67,000 civiles muertos, en su mayoría mujeres y niños, según cifras de organismos internacionales.
Lejos de condenar la devastación, Trump declaró que Estados Unidos debía “tomar el control de la Franja de Gaza” y transformarla en “la Riviera de Oriente Medio”, lo que implicaba el reasentamiento forzoso de sus habitantes. La propuesta, más que una solución, evidenció una visión de dominio territorial y económico disfrazada de reconstrucción.
Venezuela: el patio trasero disputado
En paralelo, Venezuela se convirtió en otro tablero de confrontación. Desde hace casi tres décadas, el país ha estado bajo el control de un grupo que, bajo el discurso socialista, consolidó un sistema marcado por el narcotráfico, la corrupción y el deterioro institucional. El resultado ha sido devastador: más de 8 millones de venezolanos emigraron, mientras quienes permanecen enfrentan pobreza y represión.
Trump, al asumir la presidencia, advirtió a Nicolás Maduro que debía abandonar el poder por haber manipulado las elecciones. Como muestra de fuerza, desplegó un poderío militar frente a las costas venezolanas, en una acción sin precedentes en Latinoamérica. La cual produjo la sustracción de Maduro y su esposa para acusarlos de narcotráfico y terroristas en tribunales estadounidenses. Sin embargo, el chavismo se niega a desplomarse. Su arquitectura de mando cambió tras la muerte de Chávez hacia una estructura segmentada: una ‘medusa’ de múltiples cabezas que le permite regenerarse. En este esquema, la cabeza de Diosdado Cabello se erige como el verdadero centro de gravedad del régimen.
El cruce de intereses
La comparación con Gaza no es casual. En Venezuela, Trump no busca levantar una riviera paradisíaca: su interés está en los recursos estratégicos —petróleo, coltán, uranio, oro, diamantes y tierras raras—. La diferencia es que, en este caso, la población venezolana muestra un rechazo masivo al chavismo, lo que facilita cualquier intento de transición política.
María Corina Machado, tras la salida de Maduro, pidió calma y planteó un plazo de 100 días para negociar con Delcy Rodríguez. Ese margen, sin embargo, enfrenta un obstáculo central: Diosdado Cabello. Su control sobre grupos paramilitares y bandas organizadas lo convierte en el verdadero núcleo de resistencia del chavismo.
Conclusión
La historia reciente muestra que, tanto en Gaza como en Venezuela, Trump ha actuado bajo una lógica de poder que combina intereses geopolíticos y económicos con una narrativa de fuerza. En Venezuela, el desenlace parece más cercano: el chavismo tambalea, y la figura de Cabello se erige como el último gran obstáculo para una transición.
A pesar de que controla grupos paramilitares y ciertas bandas organizadas, su desaparición del escenario político convertiría a esas estructuras en una horda de delincuentes sin orden ni disciplina. Por ello, la historia del chavismo parece estar muy cerca de su fin.
El precio que pagaría Venezuela en términos de vidas sería relativamente bajo, pues Trump no busca un país fragmentado ni destruido: lo quiere completo, con todos sus recursos intactos. En este sentido, los seguidores de Cabello deberían mirarse en el espejo de Gaza, donde quedó demostrado que no hay espacio para la piedad.
Siglic Gutiérrez





































