Dámaso Jiménez: La banalidad del New Yorker: Cuando la portada oculta la noticia

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La reciente portada de The New Yorker pretende ser una crítica mordaz al futuro de la política energética estadounidense, pero termina siendo un monumento a la banalidad del mal. En su afán por complacer a una audiencia cautiva del dogma ideológico, la revista ha preferido proyectar una «amenaza» hipotética antes que registrar el hecho histórico y liberador que marcó el inicio del 2026: la captura del dictador y torturador Nicolás Maduro.

La imagen original: Una caricatura del presidente Trump tragando desesperado un barril de petróleo es una pieza de diseño impecable, pero éticamente vacía.

Ignora que mientras sus ilustradores trazaban el boceto con líneas elegantes, el ejército estadounidense ejecutaba una operación brillante contra el narcotráfico en el Caribe que ponía fin a décadas de opresión.

Para The New Yorker, el petróleo es una metáfora sobre la conveniencia de los intereses mundiales desde EEUU; para el venezolano, ha sido el botín de un saqueo sistemático que la icónica y centenaria revista con un documental en Netflix ha decidido no ver.

Por eso brindamos nuestra versión, generada por IA, para los buenos entendedores. Qué tal si parodiamos la imagen al terreno de la verdad histórica. En ella, no es Trump quienes bebe del barril, sino Fidel y Raúl Castro, los verdaderos artífices de la tragedia venezolana, que no solo han chupado millones de barriles en la alianza criminal más silenciada de la historia con Chávez como pionero de la gran traición a nuestra soberanía, sino que han invadido, marginado, empobrecido, esclavizado, torturado, destruido la espina espiritual desde cada una de nuestras protestas, cerrado medios e impuesto la más feroz de las dictaduras con su pupilo Nicolás Maduro.

Cuba no solo succionó el crudo venezolano durante 27 años «de a gratis», sino que implantó un sistema de espionaje y control total.

Esta parodia de la portada de la revista The New Yorker deja ver la miseria de millones de venezolanos que fuimns obligados a automarginarnos en un exilio obligado, el negocio del hambre con las cajas Clap, el control sobre nuestra soberanía, los que deciden resultados electorales desde el CNE y los que tocan a tu puerta para criminalizarte por un post.

El uso y usufructo de lasa oficinas de documentos de identidad y pasaportes venezolanos para dar identidad a grupos como ELN, Farc, Guardia Imperial iraní, Hezbollah y Hamas, una realidad que los «intelectuales de izquierda» prefieren omitir en sus editoriales.

La sombra de Xi Jinping y Putin, quienes junto a los Castro, convirtieron a Venezuela en un peón geopolítico mientras el pueblo caía en la miseria.

Es triste ver a una revista de análisis sucumbir al odio político local, prefiriendo una caricatura panfletaria antes que celebrar la caída de un tirano. Al ignorar el dolor de un país —visibles al fondo de nuestra parodia—, The New Yorker se hace cómplice de esa narrativa que prefiere el estilo sobre la justicia.

Por suerte existe Nano Banana y la democratización del internet.

@damasojimenez