Muchas veces esa expresión ha sido pronunciada por la cúpula chavista, especialmente ante el evento electoral del 28 de julio y justamente, desconociendo la voluntad del pueblo, que es el único que legítimamente puede “fabricar” soberanía, se quedaron, por ahora, por las malas.
Un año después las mismas palabras han sido pronunciadas por Donald Trump, pero esta vez dirigida contra la cúpula chavista quien protesta por que la intervención que, según la cúpula de la dictadura dice que es inminente, atenta contra la soberanía y autonomía del país, es decir, reivindican lo que ellos mismos han violado sistemáticamente.
Ambas expresiones han sido pronunciadas desde centros de autoridad, es decir, desde el poder. Son estas estructuras de poder, las que le dan fuerza de ser realizadas. En efecto, el régimen chavista, quien tiene el monopolio de las armas y dirige los organismos de poder autoritario, movilizó una represión brutal jamás vista en el país, mientras las pronunciadas por Trump, están respaldadas por el poder militar más grande del mundo con miras a ser utilizadas, porque si no, que hacen allí estacionadas ejercitándose a diario, como los boxeadores que competirán por un campeonato mundial, durante casi cuatro meses.
Las dichas por Diosdado, Maduro y compañía carecen de legitimidad, pues su “liderazgo” no es reconocido por los ciudadanos que gobierna, las dichas por Trump, aun cuando son reconocidas por una población que clama por el cambio de régimen, su legalidad ha sido impugnada por una parte importante de la comunidad internacional e instituciones que defienden los derechos humanos, por los asesinatos extrajudiciales de más de ochenta personas.
Pero ambas son dichas desde las estructuras del poder, que es quien ordena y organiza y le confiere la fuerza de ser realizadas. Si, por ejemplo, Uds. o yo, quienes no estamos dentro de una estructura institucional de poder las esgrimiéramos su alcance sería nula, pues no seríamos locutores institucionalmente autorizados.
En este contexto crítico la oposición se encuentra dividida: por un lado, un sector vuelve a trajinar la salida dialogada y negociada que dé como resultado una transición pactada. Para que ello culmine en un resultado exitoso, es necesario la superación del radicalismo y reclama que se debe ser políticamente realista dado el contexto político. Ser realista en esta narrativa remite a tener un comportamiento político prudente que, a la larga, según esta propuesta, garantizaría una salida exitosa para la recuperación de la democracia
Hago un paréntesis para señalar que, cuando escucho a este sector, que la semana pasada se reunión de manera ampliada en la Universidad Central de Venezuela, con el mantra de la prudencia y el realismo clásico para emprender la lucha contra la dictadura y garantizar una salida pacífica hacia una transición democrática, no puedo evitar recordar a Eduardo Fernández, la madrugada y la mañana que cambio la vida del país, el 4 de febrero de 1992 durante las reacciones posteriores a la intentona golpista dirigida por Chávez y compañía.
Eduardo Fernández, que todas las encuestas le daban como el eventual presidente del país en las elecciones futuras, realistamente fue prudente para garantizarse el éxito en las próximas elecciones y, como era natural defendió a Pérez. Creo que, por convicción democrática, pero también, porque quien le garantizaba materializar su sueño de toda la vida: gobernar a Venezuela, era que Pérez terminara su gobierno.
De allí que su ecuación fue: “Ser realista para tener éxito y para lograr el éxito tenía que ser realísticamente prudente” para garantizar su victoria electoral del 93. El resultado fue todo lo contrario y sobre el cayó una maldición gitana (nadie volvió a creerle nada de lo que decía) que ha borrado su protagonismo en política hasta el día de hoy. Es lo mismo lo que han sufrido otros actores políticos, antiguos lideres sobre los cuales había recaído el fervor de la gente, hoy están más o menos excluido de los afectos de la gente.
Por el contrario, en el contexto del atribulado golpe del 4 de febrero, el que tuvo éxito fue el discurso imprudente de Caldera. ES decir, siendo imprudente (defendiendo y legitimando la acción de los golpistas) obtuvo éxito y las encuestas que esos días le daban un misero 6% del electorado contra el 36 % de Fernández, en la noche de ese 4 de febrero, las encuestas flash, daban cuenta que los números se habían invertido, el 36% fue a parar a Caldera y el 6% a Fernández y en diciembre del 93, Caldera, fue electo presidente.
Este sector juega con las reglas establecidas por la dictadura, donde la situación se define como de “política politizada”, disculpen mi apego a mi profesión, así que adelanto una definición un poco laxa, “política politizada” es una situación política donde la reglas dentro de la cual actúan los diferentes actores políticos, están previamente establecidas e impuestas por el régimen que define los límites de lo que es políticamente posible de lo que es políticamente imposible. Ese es el paradigma con la que hoy un sector importante, pero no mayoritario, de actores que dicen orientarse por la recuperación de la democracia plantean volver a una mesa de diálogo y negociación con el régimen.
El otro sector, se apoya en primer lugar en el movimiento popular que ha sido articulado desde las primarias por el liderazgo de MCM, en segundo lugar, por la actividad de EE. UU en el Caribe y, en tercer lugar, por las eventuales fracturas que puede estar viviendo el régimen interiormente y cuya ruptura será un factor decisivo para la recuperación de la democracia.
Este sector se desempeña dentro de un proceso de “política que politiza”, esto es, una acción política que no está gobernada por reglas políticas prestablecidas haciendo caso omiso de ellas y no se ajusta a las rutinas previamente definidas por las reglas oficiales de la política. Hay un desempeño creativo de la política y esa creatividad no está gobernada por las regularidades oficialistas.
Claro, en un eventual, nuevo régimen para que este alcance una situación de gobernabilidad, estable y duradero, tiene que refundar nuevas rutinas y una nueva gramática que se convierta en una nueva “política politizada” en la que los diferentes actores actúen conforma a las nuevas reglas establecidas. De allí que la pregunta que los lideres del nuevo proceso democrático debe hacerse, es si se puede confiar en los otros que dicen conducirse democráticamente, pero que ha renegado sistemáticamente de quien ha conducido exitosamente, hasta ahora, la lucha por la recuperación de la democracia.
La repuesta es que sí. Hay que rescatar un nuevo realismo político, no el clásico con la que se desempeñó la dictadura y que los actores democráticos jugaron durante bastante tiempo. Este nuevo realismo es lo que analistas políticos han llamado “el realismo confiando” hacer del otro un actor corresponsable del futuro democrático que esta por construirse.
Por supuesto es un riesgo, pues, no puede controlarse la imprevisibilidad de la acción de los otros y eso hace imposible reducir la inseguridad del futuro. De allí la importancia de la confianza en el otro en la construcción del futuro democrático. Obviamente, la confianza es una anticipación arriesgada y el liderazgo sobre el que recaiga la transición debe correr el riesgo, no tratando de reducir la incertidumbre a 0 que es imposible dado la imprevisibilidad irreductible de los otros (y qué otros que más de una vez se ha comportado como una molienda de cada liderazgo que ha emergido), pero si incrementando la incertidumbre que el nuevo régimen pueda manejar aceptablemente, pues estableciendo una “relación de confianza con los otros los obliga recíprocamente”.
Ahora de no actuar con sentido común los actores sociales y políticos podría producirse un escenario parecido a abril de 2002, pero, con mayor facciosidad, donde las pugnas y las agendas de poder de los diferentes actores que promovían el cambio dieron al traste con lo que había sido el movimiento de masas más importantes registrada en la historia del país.
De volver a suceder esto, entonces no serán los historiadores, los economistas, los sociólogos, los psicólogos sociales, los antropólogos los que analizaran la situación resultante, habrá que acudir a los paleoescátologos (¿existirá tal cosa?) para que analicen lo que habrán puesto de no acordarse en una alianza para gobernar.
En cuanto a la amenaza de Trump de presionar a la dictadura ”Por las buenas o las malas” habrá que cantarle la canción de Carlos Varela: “Una palabra, no dice nada/Y al mismo tiempo, lo esconde todo”.
@enderarenas





































