No llegó con bandas de música,
ni con fuegos artificiales sobre la autopista Caracas–La Guaira.
Nadie gritó “¡ahora sí!” en cadena nacional,
ni se detuvo el tráfico en Sabana Grande.
El país que ya empezó
no pidió permiso ni calendario.
Simplemente se coló,
como la luz que se filtra por la rendija del blackout.
Empezó una mañana cualquiera,
cuando una profesora de biología
dictó su clase por WhatsApp
porque el micro se accidentó,
pero igual llegaron la señal… y la fe.
Empezó cuando un tipo en Valencia
plantó tomates en el techo de su casa
y le puso nombre a cada mata:
Mariana, Teresa, Aurora…
como si fueran nietas que aún no nacen.
O cuando una señora en Barquisimeto
vendió jugo de patilla sin azúcar
porque “así está la cosa”, dijo,
“pero igual refresca”.
El país que ya empezó
no sale en los editoriales
ni en los discursos de hombres que usan flux (flus)
en salones con aire acondicionado.
Está en las plazas donde el teatro sigue
aunque haya más apagones que funciones.
En la biblioteca donde un niño
lee a Benedetti bajo un bombillo de emergencia
y subraya con lápiz porque los marcadores son caros.
Está en el susurro de un padre en Paraguachón que dice:
«Hijo, aquí no empieza Venezuela,
pero tampoco termina.»
Nadie lo celebra con desfiles.
Nadie le levanta estatuas.
Pero cada día alguien barre la acera,
alguien enseña a dividir sin electricidad,
alguien cose una bandera sin saber si la podrá izar.
Y ese alguien —
con su pequeño gesto útil, imperfecto,
rotundamente vivo—
es más fundador de país
que todo un gabinete.
El país que ya empezó
es ese que se nombra en voz baja,
como quien cuida un secreto precioso.
Y si me preguntan por él,
no les doy mapas ni slogans.
Les digo:
esperen a que alguien les ofrezca café
aunque no tenga azúcar.
Ahí está.
Ahí empezó.
Ahí sigue.
Chevy Chase
Agosto 4, 2025




































