Dicen que a veces basta
una sola palabra
para que todo cambie.
Como si al pronunciarla
se abriera una rendija
en la piedra más dura,
y por ahí entrara el aire.
Yo no hablo de palabras grandiosas,
de esas que se alzan en discursos
o se imprimen en mármol.
Hablo de una palabra
dicha con el cuerpo entero,
con la espalda recta,
y el corazón haciendo ruido
detrás del esternón.
Libertad.
No susurrada,
ni mendigada,
sino dicha como quien recuerda su nombre
después de años de silencio.
Dicha aquí,
en una tierra donde los muros tienen oídos,
y las plazas,
cicatrices.
Donde un régimen que trafica muerte
reparte miedo
como quien riega veneno en los patios.
Pero aún así,
la palabra se sostiene.
Se dice como quien lanza una piedra
al cielo más cerrado.
Se dice como quien no tiene nada,
pero tiene
eso.
Libertad.
Y no esperes fuegos artificiales,
ni titulares.
A veces lo primero que ocurre
es que lo falso se desmorona,
los cómplices se inquietan,
y la noche parece más espesa.
Pero si se dijo con verdad,
si se dijo sin temblar,
entonces algo comienza a ceder
muy dentro del miedo.
Una grieta.
Una fisura.
Un respiro.
Porque no se trata de decirla muchas veces,
sino de decirla una vez,
desde el lugar donde ya no cabe la mentira.
Y cuando eso pasa,
cuando esa palabra sale
como sale la sangre de una herida antigua,
entonces sí,
aunque el tirano no lo sepa aún,
la realidad ya ha empezado
a cambiar.
Libertad.
Una sola palabra.
Pero dicha por un pueblo
que ha recordado su voz,
es más que un grito.
Es el comienzo del final.
Antonio de la Cruz
Chevy Chase, MD Julio 26, 2025




































